jueves, 5 de febrero de 2009

Es animada, la gente.

Van por avenida Chapultepec dos hombres muertos de risa. Pero muertos de risa. Son las dos de la tarde, hace un calor y un tráfico infernal. Ellos van en un ridículo cochecito eléctrico, repartidor de refrescos Jarritos,  que apenas contiene sus voluminosas figuras. Vienen sudando, inundados en humo y camiones, a cero de velocidad, desbordados de horror. Y están muertos de risa. Pero muertos de risa.

 

Sobre la avenida once sur, siniestro lugar poblano, hay una tiendecita azul cuya fachada lee “Novedades Lucy”. Sobre su pequeñísima cortina de metal alguien (suponemos Lucy) se dió la misión de pintar un Winnie Pooh: completo con su overol rojo  y su camisetita azul, sonriente y en posición de avance hacia un tarrito que desborda miel. Está rodeada de mugre, por todos lados la ataca una fealdad sin nombre. Todas las paredes que la rodean están grafiteadas con mucho rencor y muy poco arte. Un teporocho ha decidido hacer hogar en el escalón de enfrente. Es prácticamente seguro que dentro haya muchas cosas, pero ninguna novedosa. Y alguien (suponemos Lucy) pintó un Winnie Pooh, sonriente y al ataque.

 

Mi amiga se levanta a las siete de la mañana para llegar a una oficina que no la dejará salir antes de la media noche. Frente a su compu trabaja como los mejores. Frente al sin número de hombres que trabajan junto a ella, se carcajea y avienta  albures que asustarían a un marinero. Como los mejores. Un perfecto hijo de la chingada acaba de partirle el corazón en diez. Le quitó a su amigo, a su marido, a su cuerpo. Y mi amiga se para y trabaja y alburea a sus compañeros de banca. Como los mejores.


Visito el rincón luminoso donde vivía mi abu. Beso a su perro, veo la tele, cocino y sonrío. Mi abu no vive ahí más. Y yo lo visito todavía. 

 

La gente aguanta unas cosas… es animada. 

martes, 3 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre otros tipos de gente

Yo soy el tipo de gente que disfruta riéndose de sí misma.  Dado que no faltan cosas de las que reírse y dada la convicción cómica que aqueja a casi todas las personas que me rodean, tiendo a burlarme de mis miserias antes de que se burle alguien más. 

Hay cierta ventaja en la autegradación: un intenso conocimiento de causa, por ejemplo. Cuando se trata con la cantidad de manías, fobias, prejuicios y autoconvencimientos de los que soy capaz, el conocimiento minucioso de mi neurosis se vuelve vital. Todo esto para contarles, queridos,  que mi mayor problema es que soy de ideas. Soy de ideas y permítanme aclarar que esto no involucra inteligencia ni pensamiento trascendental. No.  El ser de ideas consiste más bien en la disección de la neurosis crónica y la paranoia intelectual (no necesariamente inteligente) que me caracteriza. Que soy de ideas significa que convierto todas mis ocurrencias en verdades inapelables y en acciones sociales desastrozas. 

El ser de ideas me permite,  por ejemplo, inventarle intensas vidas interiores a la bola de hombres con expresión idiota y mirada perdida de los que decido (de nuevo, por que soy de ideas) estar, de súbito, profundamente enamorada. Miro su pelito grasiento y sus uñas negras y me imagino alguna razón de brillantez y un espíritu herido que nos les permite pasarse un cepilllo por la cabeza (o por los dientes). Caigo a sus pies de inmediato. Soy de ideas. 

Del mismo modo, ser de ideas me impide  relacionarme con lo que considero otro tipo de gente. Y antes de que se aloquen, aclaro que el calificativo otro tipo no está influenciado por clase social social, religión, raza o cualquier otro rubro políticamente incorrecto. No, no. Otro tipo de gente se refiere al grupo de individuos que con una sola acción, en apariencia menor y poco trascendental, me da elementos para citar diferencias irreconciliables con absolutamente toda su  estampa. Es otro tipo de gente, ni mejor ni peor. Pero sin duda distinta e innegociable. 

Algunos ejemplos:

La gente que a las once de la noche junta sus manitas con ilusión pueril y dice “como que se me antoja un huevito estrellado pa la cena”. Otro tipo de gente. 

La gente que usa expresiones como “voy a hacer del baño”, o el clásico inolvidable “me anda de la pipí”. Otro tipo de gente. 

Las mujeres que lloran por asuntos de trabajo en públlico, cual plañideras inermes. Otro tipo de gente. 

La gente que de chavita comía duvalín de fresa y no de chocolate.  Otro tipo de gente. 

La gente que canta Thriller en lugar de La chica de humo en un cantabar. Otro tipo de gente. 

Yo soy de ideas. Esa gente no es mi gente. Les sobra paz interior; les falta mugre y autocomplacencia. El resultado de mis fobias es que mi círculo social es más bien un punto, en cuyo centro resido, mirando a los lados con compasión y terror. 

Cuando uno es de ideas tiene 13 años de resistencia y 70 de acidez. No queda más que reirse de uno mismo. Aunque sea en defensa propia. Aunque uno no sea ese tipo de gente.

miércoles, 28 de enero de 2009

Home

Se me acercó despacio. Lo sentí pegarse a mi espalda con tal cuidado, que me despertó todo el cuerpo.  Estábamos haciendo fila para entrar a clase y había tanta gente en el pasillo que quedamos todos cerca, irremediablemente. Di la vuelta para verlo y de golpe perdí la emoción. Era un tipo como cualquier otro, peor que cualquier otro, porque éste era chaparrito, poco agraciado y tenía los pies envueltos en unos tennis altos, negros,  circa 1996,  en los que ni Will Smith logró verse bien nunca.

Le sonreí, tratado de ser amable. Él separó su cara del pelo que me caía sobre la espalda y asintió a medias, reclamando espacio hacia atrás para alejarse de mí. Sus ojos me recorrieron un segundo, azules, brillantes y tristes como todo en él. Tenía canas a los 24 años. Y no pocas. El cuerpo robusto y vencido al mismo tiempo. Las manos cortas y apretadas. La sonrisa contenida. Para todo efecto práctico era un anciano infantil.

Entramos al salón  y lo vi caminar con fuerza hacia el rincón más lejano.  Yo me quedé cerca de la puerta. Era el primer día de clases y tocaba presentarse. Por la mitad, la fila de adolescentes diciendo su nombre y su vicio le cedió el turno:

 “I´m Yaron” – dijo en un inglés terso y sofisticado – “I´m from Israel and ah… ”- sonrió un sonrisa intranquila y no dijo más.

 La siguiente clase su computadora colapsó y el maestro lo sentó junto a mí. Le pareció que los dos extranjeros encontrarían algo de qué hablar. Yaron arrastró su silla hasta mi lado del salón,   había algo tan intrínsecamente incómodo en ese movimiento que el maestro decidió ayudar y hacerle plática mientras llegaba. Se acomodó junto a mí justo cuando terminaban de hablar del tiempo que Yaron había pasado en el ejército israelí. Me apenó pensar que a los 19 años yo no tenía muy claro lo que significaba semejante servicio.  Ayudó que el maestro tampoco,  y preguntó con toda tranquilidad cómo era aquello. Yaron sonrió con un atisbo de hartazgo.

 “Have you ever had an awful job you dreaded every morning?” –dijo.  El maestro asintió. -“You know how even that job´s made better because you know if you really can´t stand it anymore, you can just leave, anytime?”- El maestro soltó un desparpajado “yeah”“Well…" -dijo Yaron -"The army is not like that” –  y se permitió una risa que el maestro compartió.

 Lo demás no lo contó entonces. No contó de sus amigos  muriéndose en Gaza; ni de cómo se rompió un dedo con el marco de una ventana para escapar de tres días de trabajo de guardia; ni de cuando amanecía viendo que su ejército había bombardeado territorios palestinos cuyas coordenadas era su trabajo fotografiar. Nada de eso contó hasta mucho tiempo después, cuando yo me había cansado de pronunciar mal su nombre y había decidido (de modo completamente arbitrario) decirle Jerónimo, como el indio y el grito de guerra, como todo lo que él no era. Nada de eso contó hasta mucho tiempo después, cuando me tuvo a mí en un cuarto, atenta y sola.  Ese día  no contó más. Sólo se sentó frente a mi teclado, lejos.

“What kind of films do you like?” –dijo de pronto, como quien hace la gran pregunta. 

Estudiábamos cine y éramos unos babosos. ¿Qué más iba a preguntar?

“Mostly romantic comedies” –dije yo, que con todo y que era babosa, ya había aprendido a decir la verdad.

 “Really? Like which one?” –dijo él, siendo tan condescendiente como mi respuesta lo obligaba a ser.

 “Annie Hall” –dije yo, agregándole un giro inesperado a mi frivolidad.

 “Annie Hall is not a romantic comedy. It is one of the most influential and successful explorations made  of men and women in american film history.” –dijo él. 

Entre otras muchas  cosas era un mamón siniestro, Jerónimo. 

 “Is it not a comedy?”  -dije yo.  Él concedió la obviedad de que sí.

 “Is it not about people falling in and out of love?”  -seguí.  Él sonrió, anticipando su inminente derrota.

 “So there: a romantic comedy. The fact that it is also one of the greatest films ever made doesn´t speak to it´s lack of genre, it speaks only to my incredibly good taste in films.” – Eso dije.  No es broma.

 Había algo en Jerónimo y en sus labios y en sus terribles atuendos, que me hacía hablar como si  leyera líneas en un guión.  Nunca había derivado tanto placer de ganar una discusión idiota, menos habiéndola ganado con tanta facilidad. Pero Jerónimo me miró como un niño al que acababan de liberar del colegio; como si hubiera encontrado en mí  el aire limpio y la receta para la euforia.

De ahí, el mundo: caminamos por Brooklyn muertos de frío; vimos películas malas en el cine y películas  brillantes en su tele; hicimos siempre dos paradas por café, la mía en Starbucks, la suya en algún changarro sin denominación;  nos quedamos dormidos hablando de nada, cabeceando como títeres que no querían perderse del otro; y nos reímos todo el tiempo,  todo el tiempo, como si hubiera sido respirar.

Nos despedíamos en las noches, melancólicos y desprendidos: una mezcla incomprensible entre dos hermanos que se verían en el desayuno y dos amantes que se alejaban para siempre. Yo me recargaba en su hombro, como un perro de casa se recarga en un sillón. Y él me abrazaba temblando, como quien se atrevía a lo imposible.

 Después cambió el aire y comenzamos a reclamar cosas distintas. Pasé tanto tiempo tratando de enamorare de él, que para cuando lo conseguí ya no importaba.  Nos hicimos familia un segundo y quemamos la casa el siguiente.

Alguna vez me contó su versión del día que lo conocí en la fila – “They pushed me near you and my face fell into your hair.” –dijo, despacio – “It smelled like home. It made me wanna cry.”

-“Then what happened?” –dije yo, enterrando su cara en mis inmensos chinos mal peinados.

-“Then you became this royal pain in my ass” –dijo él, recorriéndolos con las palmas de las manos - "Still... like home."


miércoles, 24 de diciembre de 2008

Like right now

Vienen mis amigas y pasamos la tarde trabajando y bobeando.  Ahora que el pasado llega todo el tiempo - no a pisarme los talones, a ocuparme los zapatos - se agradece que el presente esté tan mezclado de lo que fuimos. Qué cosa habernos hecho amigas a esas edades misteriosas que vienen antes del entendimiento. Qué cosa seguir siéndolo ahora que nos parecemos tanto a nuestro futuro. Son buenas, mis amigas. Y fáciles y distintas. Y brillantes y absolutamente dueñas de sí mismas. 

Envidiable su capacidad de mirarse y  entenderse y ser felices con lo que encuentran. Y preciosas sus sonrisas y sus manitas y sus dudas. Cargan guerra y paz  en el centro del cuerpo.

Ayer veía en la tele a dos amigos de ficción. Hablaban con nostalgias bien actuadas del buen pasado que les habían escrito.

- Those were good times, then… - le dice el joven al viejo.

- Like right now – contesta él.

Buen tiempo el pasado y entrañable el presente. Buen tiempo el que nos puso juntas y grande el que nos sigue permitiendo tantas buenas tardes. 

Qué cosa increíble tenerlas a todas, tan extraodinarias y tan cerca. Qué cosa fantástica haber sido como somos, seguir siendo.

Good times, right now. 

 


martes, 23 de diciembre de 2008

Un balcón de infancia: Último recurso

Es un barbaridad que llevo casi un mes de no dejar nada aquí. Y como no se ve para cuando, les dejo un refrito - refritero - isimísimo. Una carta de amor vieja - viejísima - isimísima.  

Es un ejemplo perfecto de la pubertad ilustrada (porque yo era una puberta ilustre, banda, nada más para que lo vayan sabiendo). Noten por favor la falta absoluta de acentos o coherencia gramatical.

Cómo la armábamos de pedo a los 16 ¿verdad? Tan padre... 

Tienen permiso de abandonarla en cuanto se les atore el aburrimiento. Pero tiene su encantín y la economía está derrumbada y nos embarga la aridez mental... así que ahí va un balcón de infancia: 


Hay gente que paga por amor. Me gustaria estarte pagando para poder reclamarte, para que tuvieras que quererme a fuerza y asi yo te quisiera tambien.

A veces me gusta querete, y entonces odio que no me quieras, siempre quiero quererte y que me quieras.

Me gustan tus labios cuando estan sobre los mios, me gustan tus ojos cerrados y tus manos indecisas. Me gustan tus pestañas cortas y tus pasos tontos.

Me gusta que me gustes y no saber por que.

No quiero y quiero decirte las cosas. Quiero que sepas que te necesito, que te quiero aqui malvestido y mio.

Pero quiero que te vayas cuando yo llegue, quiero que me abraces con la guerra de tu risa y firmes tratados de paz con mis uñas y con mis muñecas, para que me digan que no eres tan buen guerrero, para dejar de tenerte miedo.

Le caes mal a mi pelo, a mi ombligo y a mis pies, les das desconfianza. Mi piel les dice que ella te quiere, pero no les importa. A ellos no les gustan las ansias que les provocas. Ellos no te quieren y si pudieran te odiarían, ellos son amigos de esa nada que me dice que estoy sola cuando estoy contigo.

Te quiero aqui en este instante, para decirte lo importante que eres y para dormir contigo, pero sobre todo para que mañana se te olvide que me interesa conocerte.

Quiero que necesites conocerme para saber quien soy, siento que sabes de más...

Quiero que seas el niño de mis sueños y que nunca te canses de visitarme en las noches. Quiero que seas mi hada, mi duende y mi muerto para llorar que te pierdo o que no existes, para querete siempre porque a lo real le pierdo la ilusion.

Tu tienes la culpa de la angustia que tengo, tu tienes la culpa de mis ganas de llorar, porque no entiendes lo que yo no entiendo y no me lo puedes explicar.

Tu tienes la culpa de que yo sea tan feliz y este tan triste. Tu tienes la culpa de no entender que hay que quererme siempre y bendecir cuando me voy.

Tu tienes la culpa del miedo que me da decirte que te quiero. Tu tienes la culpa de que te quiero y de quererme tu.

Tu tienes la culpa y por eso me gustas, porque eres todo lo que no quiero, te quiero porque no me quieres y no te quiero porque eres lo que siempre he querido.

Te quiero con todo el egoismo que me cabe entre los ojos y pienso que mas te vale quereme a mi manera.

Me gustaría poder querte como yo quiera sin pedir tu opinión, me gustaría que fueras tu como eres, pero otro, cercano y ajeno.

Quiero que me quieras sin democracia y sin compasión. Quiereme con la cabeza y con toda la idiferencia que tengas entre los dedos.

Quiereme como quieras, cuando quieras y mientras puedas. Hasta que no quiera pelear por nada que no seas tu.

Para que te quiera, quiéreme como se te de la gana, con más contradicciones, olvidos y besos de los que seas capaz. Como yo te quiero a ti: sin saber cuánto ni por qué.

Me gustaría pagarte para que me quieras como yo quiero.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Alan, el circo y el monstruo.

Me presenté la semana antepasada al foro del show de los sueños.  

Para los que, como yo, no tienen la costumbre de tratar con el Canal de las Estrellas, les explico que el Show de los Sueños es una alucinación  televisiva en la que la gente canta y baila haciendo un show, para que (a ellos, a sus hermanos, hijos o vecinos) les hagan realidad un sueño.  Ergo (muy apropiadamente): El show de los sueños.

Ahí fuimos,  Lumi y yo, a ver a Alan. Alan que hace casi un año tuvo la generosidad de venir a Tabacotla a  actuar en mi corto de titulación y  volverlo una maravilla. Alan al que durante largo rato fuimos a ver cantar Mecano para salir admiradas y eufóricas. Alan que llevaba no sé cuántos domingos   teniendo la amabilidad y la disciplina de hacer un show para cumplir un sueño. 

Tuvo también  la ocurrencia de invitarnos a verlo.  Y fuimos.

Solamente Televisa. Solamente ese monstruo abarcador puede tener un foro al que le quepan tal cantidad de aberraciones y maravillas.  Son  tantas y tan  disparejas que no se prestan a una descripción cabal. Toleran mejor (más o menos) una enumeración: 

1. Entran en ese foro los  inabarcables pechos de Ninel Conde y su aún más expansivo trasero. La mujer es un fenómeno de la naturaleza y el cuchillo: de frente su cintura mide un  máximo de veinte centímetros. pero cuando se voltea, el perfil de sus mamaceables protuberancias no parecen caber por una puerta regular. 

2. Entra ahí la enorme cabellera-casa-de-pájaros que reina sobre la cabeza  de Amanda Miguel; y la amargura que Emma Pulido debe llevar entre esas sus piernas chonchas que alguna vez fueron tan preciosas. 

3. Entra en ese foro la impresionante parlanchinería de  Adal Ramones, su pequeñísima figura y su estulta eficacia. 

4. Entra la carita triangular y redentora de una tal Priscila a la que yo nunca había visto pero que, me dicen, tiene unas balas de plata que gozan de fama internacional.  

5. Entran también una cantidad imposible de broches dorados,  rufles y olanes, tules corrientes, licras amarillas, ombligos desnudos, escotes firmes o móviles,  pantalones brillantes, bandós y  lentejuelas; entran una bola de intrigas poco sofisticadas y de intenciones ambivalentes; entran dos o tres trampas y actos de manipulación; entran varias buenas vibras e intenciones; entran todo tipo de lágrimas: falsas, negras, sentidas o moquientas; Y de vez en cuando ¿cómo no? Entra algún número espectacular.

6. En mitad de semejante sobre-exposición sensorial, entran también en ese foro (como agua limpia) el terciopelo  de la voz de Alan y la transparencia de su buen ánimo.  Entran su estampa fuerte y su nariz recta. Entran su sonrisa fácil, su falta de miedo y sus ganas de alegría.

"Pobrecito" - le dije a Lumi, mientras lo mirábamos bailar desde un balcón.

Ella sonrió porque es parte de mi esquizofrenia familiar y entiende que cuando yo pobreo a alguien lo que estoy haciendo es admirarlo.  (No sé de donde nos vendrá esa mala maña, pero a estas alturas es inexorable. "Pobrecito" – decimos cuando alguien se gana un premio impresionante, se ve guapo en la mañana,  o hace cualquier cosa muy muy bien).

Y pobrecito dije yo viendo al actor girar,  cargar y pisar como un bendito.  

Me provoca una ternura inexplicable ese niño que es más grande que yo, y tan guapo que francamente debería provocarme cualquier otra cosa. Pero no.  Me enternece, Alan. Me enternecen su talento y su bondad colocados en el centro de ese monstruo. Me enternece como un niño de brazos a su abuela chocha. 

Eventualmente se acabaron los bailes y antes de irnos fuimos a buscarlo.

"¡Directora! ¿Qué tal el circo?"  - nos dijo, ya envuelto en su décimo atuendo brillante de la noche. 

"Estás padrísimo" – le contestamos.

Y sí está. Pobrecito.  

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El general Iturbide

Estoy cansada. 

Me sacaron las muelas del juicio. Las cuatro. Sólo se inflamó una, de un sólo lado. Lo cual suena bien pero resulta en que en lugar de verme como una chica parejamente cachetona que igual y así es, me veo como De Niro después de la última pelea de raging bull. Como si fuera poco no se puede comer nada que tenga que ser masticado, lo cual significa que hace días que no me como un pan. Es una desgracia. 

Al mismo tiempo tengo que manejar a Puebla mañana para ver si edito la peli de alguien más; y a Morelos el lunes para ver como alguien edita la mía. 

Al mismo tiempo tengo que aplicar a todas las escuelas padres a las que estoy aplicando, para ver si me enseñan a hacer lo que se supone que ya estoy haciendo. Ha resultado un trabajo de tiempo completo este asunto de pedir entrada a las honorables instituciones: hay que hacer ejercicios dramáticos; escribir ensayos sobre lo que la vida depara o debe deparar; pedir la expedición de oficialísimos papeles que te recuerdan que sacaste un seis hace cuatro años; aguantarse la pena de pedirle a un sin número de gente que escriba sobre lo brillante que eres; y sobre todo, sobre todo, adivinarle el pensamiento a quién sabe qué decano y rogarle al destino que su mujer no lo haya dejado la noche anterior a que lea tu guión, ese que se trata de cómo el amor es la pura buena onda. 

Al mismo tiempo tengo que escribir un cortometraje sobre Agustín de Iturbide. Como lo oyen. Agustín I de México será canalizado a mi horrorizante página vacía de screenwriter. Por lo menos eso es lo que pasará en teoría. Un día. 

Hay que inmortalizar a Don Agus, como si le hiciera falta. Y mi problema es simple: Don Agus me cae gordo. Y no por haberse coronado emperador, ni por haber sido miembro del ejército realista, ni por ninguna otra de esas cosas por las que Agus le cae mal a la historia oficial y a las maestras de primaria.  No, no. A mí me cae mal, porque el hombre era un pinche flan. Así.

Háganme el bendito favor: 

Consumó la independencia de un país sin hacer guerra. 

Y se coronó Emperador sin darle golpe de estado a nadie. 

Y cuando lo corrieron dijo - "sí cómo no" - y se embarcó a Italia a los tres días. 

Y cuando lo iban a matar,  los soldados del pelotón rehusaron la orden de fuego y en lugar de tratar de salir corriendo, los regañó por su falta de disciplina militar -"Su comandante les dio una orden, banda.  Mátenme." Así. 

De la carta que le escribió a su esposa dos horas antes de morirse es mejor ni hablar. Su esposa que llevaba cinco meses de embarazo en un barco mugroso. Su esposa que le había aguantado toda la campaña militar y luego la corte y luego el exilio, mientras paría sin cesar a sus ocho hijitos. Todo para que la última carta que le escribe,  palabras más o menos, diga: "Cielo, me matan en dos horas. Crece a nuestros hijos en la religión católica, que es la verdadera. Y te cuidas. Agustín".  Así.

Es de una disciplina y de una eficacia que enferma, el señor. Seguía órdenes como un desvalido y las daba como un jefazo. Se las ingenió toda su vida para quedar bien con dios y con el diablo. Y en la muerte, aguanta con todo los múltiples intentos de satanización que le han  recetado. Nada. Qué por más que en su infame juventud  haya perseguido al ilustre  curita Hidalgo, la firma de la independencia dice Agustín y no Miguel. 

No, no. Es un tipo innegociable, este Agus. Estoy segura de que nunca se quejó de que estaba cansado porque le sacaron las muelas del juicio y tenía tantísimas nimiedades que atender. Con gente así no se puede tratar. 

Estaba hecho de otra cosa, el general Iturbide. Y ahora es mi trabajo (me quejo amargamente, como él jamás) entender de qué cosa. 

Estoy cansada.