lunes, 13 de abril de 2009
Un autoplagio
domingo, 5 de abril de 2009
Escribir
Llevo algunos meses ocupada en la tarea de aplicar a un sin número de escuelas en las que habrán de enseñarme a escribir. Entre sus múltiples requisitos de entrada está la exigencia de que yo demuestre que tengo formas elocuentes, de preferencia elocuentísimas, de reseñar mi relación con el trabajo del escritor, la responsabilidad de mis letras y demás cosas padres. Me dicen que tengo que demostrar mi intensa pasión por la escritura para que me dejen poner pie en sus aulas. Aulas que aparentemente estarán plagadas de gente que tiene reverencia por el sujeto y el predicado. Me he encargado de construir ensayos, cuentos y entrevistas para convencer a una bola de extraños de que tengo una relación armoniosa con eso de poner una palabra frente a otra. Bajo semejante presión me he lanzado de manera inconsciente a hacer toda clase de discursos en torno a mi relación con la escritura: que si disfruto el proceso; que si la fantástica náusea de la página en blanco me persigue y me llama; que si paso tardes enteras reflexionando en torno al frencuente uso de la letra E. Puros choros.
Si he de decir la verdad, me cuesta trabajo hablar de la escritura. Me queda demasiado cerca. Mis padres se han hecho con ella quienes son y con su ayuda han hecho la parte de nosotros que les tocaba hacer. Mis familiares son capaces de citar la mala ortografía como un defecto de carácter. Mis novios han sido expertos en mandar correos desgarrados o desgarradores, llenos de cosas que jamás dirían en voz alta. Mis amigos escriben cartas largas y bien pensadas cuando mandan un mensaje por facebook. Es irremediable: en mi entorno la escritura es la forma más precisa y bienvenida de relacionarse con el mundo.
El asunto no se trata de mi relación con la escritura tanto como se trata de su relación conmigo. Me informa el paso siguiente: a veces hago cosas nada más para ver si me dan algo que contar; me ha dado por enamorarme de alguien por que tiene un gesto que sería un reto poner por escrito. Imaginarme cómo quedarían escritas es un vicio que pasa por todas mis interacciones.
lunes, 9 de marzo de 2009
Huir de Banamex
lunes, 2 de marzo de 2009
Escuincles fantásticos
Tengo dos sobrinos que desde hace dos años comparten padres, abuelos y fecha de nacimiento. Distintos, inseparables y adictivos, como dos tazas de buen café.
Él es largo y payaso. Tiene la cabeza gobernada por unos chinos tan suaves e histriónicos como el resto de su cuerpo. Platica y canta todo el tiempo en una lengua de su invención, cosa que no le inhibe el showmanship en lo más mínimo.
Ayer dio en cantar “Los pollitos dicen pío pío pío” mientras pegaba en un banco con dos batacas y un ritmo que el mismísimo John Bonham le hubiera envidiado. Yo nunca había escuchado la segunda estrofa de "Los pollitos dicen" pero mi hermana es una rocola que tararea de inmediato cualquier cosa, desde Timbiriche hasta Brahams, y se la sabe completa. La cantó con su niño, siguiendo el tempo subdividido y preciso de sus batacas. Todo esto para decirles que la segunda estrofa de “los pollitos” empieza diciendo “la gallina busca…bla bla ” – algo busca para que se callen los famosos pollitos.
Mi sobrino escucha la canción una vez y decide llevar la voz. Va cantando muy coqueto:
–“ Os pollitos icen ío ío ío, pando enen ame, ando enen ío” – y todos sus paleros lo aplaudimos como a Pavarotti.
Mi sobrino se crece con la audiencia, decide arrojar un poderoso falsete en el principio de la segunda estrofa y dice con toda claridad y decibel:
– “¡La gallina puta! ea í e ío” – y su tía Catalina suelta unas carcajadas indignas de su edad.
Mi sobrino vive del público agradecido y vuelve a falsetear "la gallina puta" otras cuarenta veces en el transcurso de la tarde. Las cuarenta su tía Catalina enloquece de felicidad, mientras él echa unas sonrisas como de Paul Newman y levanta la mirada al cielo diciendo: ya que los tengo aquí ¿Qué será que hago con ustedes?
Mientras su hermana lo observa con condescendencia y devoción.
Ella tiene la cara cuadrada y los ojos rasgados como dos almendras. De repente mira al frente y me recuerda a mi novio de la infancia.
Ayer dio en correr por el jardín y aventarse a mis brazos:
- ¡Hace frío, frío! – decía con la dicción de una reina. Y entonces su tía Catalina la hacía bola entre sus piernas para recetarle un calorón.
Levantó los ojos y se topó con la luna transparente de las seis de la tarde. La señaló aplaudiendo y su tía Catalina sintió adrenalina vieja en las puntas de los dedos. Cuando algo bueno sorprende a mi sobrina su carita destila una euforia que exige apropiación.
Me enternece tocarla porque en su piel siento al mundo y a su madre y a mí misma a esa edad limpia. En un acto de presunción supremo veo en mi edad y mis mañas de ahora, una versión (sin duda menos luminosa) de su futuro.
Se entretiene sola, ocupada en las varias maravillas que deben caberle entre las coletas: a los dos años es dueña de sí misma. A veces cuando está sentada en su papá y su hermano corre a su alrededor y su mamá está cerca, ella mira a ninguna parte y suspira. Le toma el gesto una concentración de paz que parece decir: entiendo al universo.
Yo no le tengo culto a los niños. En general me parecen entes difíciles de tratar. Pero estos dos podrían volver a Maléfica una idiota balbuceante.
Estos dos van a conquistar al mundo.
Escuincles fantásticos.
lunes, 23 de febrero de 2009
Tengo que escribir un guión.
Tengo que escribir un guión pero mi computadora abre Facebook y me descontrola. Pero todas las vidas que podría tener se me van apareciendo. Pero Ximena y Nuria y Andrea changed their profile pictures y son divinas y me dan miedo.
Tengo que escribir un guión pero no he activado mi tarjeta y mi chequera y me gasté mi saldo mínimo. Pero hablo con una señorita que me pide números y números sin secuencia que no podré recordar nunca. Pero me pone nerviosa y conoce mi magro ahorro y me tiene en sus manos. Pero otro número por favor y -“Ayúdeme señorita de Ixe. Tengo mucho miedo y tengo que escribir un guión”.
Tengo que escribir un guión pero Carlitos que vive en un cubículo afuera de mi oficina pone a Bunbury, bajito y en mi oreja. Pero “sabemos agradecer a pesar de lo vivido” y ¿quién quiere escribir un guión cuando hay quien vive de escribir música? Y aunque “de todo comience a hacer ya mucho tiempo” se me agolpa el pasado entre los dedos y el teclado.
Tengo que escribir un guión pero leo de la familia de Bambi y pienso que las familias son arbitrarias y mi familia es tan buena. Pero mi madre es tan brillante y tan fácil. Pero mi papá tan preciso y tan inmenso. Pero mi hermano tan terso y tan fuerte. Pero el resto de los que se han vuelto mi familia ¿qué estarán haciendo? Pero Lumi ¿qué traza? y Adriana ¿qué cuenta? y Javier ¿qué imagina?
Tengo que escribir un guión pero se me olvida por dónde empezar y tengo mucho miedo y me quiero esconder en la cama de Arrache. Pero quiero ver negro debajo de sus cobijas y hasta el último rincón, donde duermen sus pies. Pero quiero ver si ahí se me paga su fe y su dios escribe mi guión mientras él está en la oficina dibujando gente buena.
Tengo que escribir un guión pero no me lavé el pelo y me hace estornudar cuando se mueve sobre mis hombros. Pero tengo las rodillas frías y las medias rotas y la uña del dedo índice mal pintada. Pero algo raro me duele en el pecho y tengo que ir a la clínica Lomas Altas que está tan arriba y tan blanca y tan lejos.
Tengo que escribir un guión pero extraño a Yaron, que era mi hermano y mi marido y que no es nada ya. Pero vi esa película de monitos que hizo su gente, de conciencia tan siniestra y tan sofisticada, que no ganó el oscar y me deshizo de tal modo.
Tengo que escribir un guión y se me atraviesa el día, que se parece tanto a todos los días, bueno y limpio y nuevo. Pero no puedo pensar y se me complica unir el verbo con el sujeto y el complemento. Pero tengo un vacío negro en el centro del cuerpo y no me curo de mi Abu y tengo miedo.
Tengo que escribir un guión.
Tengo que escribir un guión.
Tengo que escribir un guión.
Pero. Y. Pero.
sábado, 21 de febrero de 2009
Un descubrimiento sobre el autosabotaje
Vagando por mi computadora me encontré esta muestra botonera y antigua de mi esquizofrenia. Pobre de mí, carajo. El puro autosabotaje se me da desde hace un rato. Ahí va:
10 razones para que no me guste el niño que me gusta.
(AKA – Snap out of it!)
- Es calvo y blanco como un huevo.
- Cuando me pongo tacones me llega al cuello.
- Cuando se emociona se le pone la voz aguda, como una ancianita checoslovaca.
- Usa expresiones (mentiras) como “me han lastimado mucho” y “tengo miedo a enamorarme de tí”.
- En los noventas tenía una barbita de candado. Como Horacio Villalobos.
- Conoció a su ex novia en una iglesia.
- Tarda media hora en contestar un mensaje y contesta puras incoherencias que no tienen que ver con lo que yo mandé.
- Frecuenta antros a los veintitantos años. Antros fresas a los que hay que ir de camisa.
- Lloró cuando vimos “La princesita”.
- Cuando me vio en un vestido de noche soltó una carcajada.
Bonus (como si hiciera falta): Me toca con cuidado y miedo, como si pudiera romperme. Es como un adolescente tembloroso e infantil.
El hombre es un horror.
Y me encanta. Me encanta. Me encanta.
Así es esto de la enfermedad.