miércoles, 24 de diciembre de 2008

Like right now

Vienen mis amigas y pasamos la tarde trabajando y bobeando.  Ahora que el pasado llega todo el tiempo - no a pisarme los talones, a ocuparme los zapatos - se agradece que el presente esté tan mezclado de lo que fuimos. Qué cosa habernos hecho amigas a esas edades misteriosas que vienen antes del entendimiento. Qué cosa seguir siéndolo ahora que nos parecemos tanto a nuestro futuro. Son buenas, mis amigas. Y fáciles y distintas. Y brillantes y absolutamente dueñas de sí mismas. 

Envidiable su capacidad de mirarse y  entenderse y ser felices con lo que encuentran. Y preciosas sus sonrisas y sus manitas y sus dudas. Cargan guerra y paz  en el centro del cuerpo.

Ayer veía en la tele a dos amigos de ficción. Hablaban con nostalgias bien actuadas del buen pasado que les habían escrito.

- Those were good times, then… - le dice el joven al viejo.

- Like right now – contesta él.

Buen tiempo el pasado y entrañable el presente. Buen tiempo el que nos puso juntas y grande el que nos sigue permitiendo tantas buenas tardes. 

Qué cosa increíble tenerlas a todas, tan extraodinarias y tan cerca. Qué cosa fantástica haber sido como somos, seguir siendo.

Good times, right now. 

 


martes, 23 de diciembre de 2008

Un balcón de infancia: Último recurso

Es un barbaridad que llevo casi un mes de no dejar nada aquí. Y como no se ve para cuando, les dejo un refrito - refritero - isimísimo. Una carta de amor vieja - viejísima - isimísima.  

Es un ejemplo perfecto de la pubertad ilustrada (porque yo era una puberta ilustre, banda, nada más para que lo vayan sabiendo). Noten por favor la falta absoluta de acentos o coherencia gramatical.

Cómo la armábamos de pedo a los 16 ¿verdad? Tan padre... 

Tienen permiso de abandonarla en cuanto se les atore el aburrimiento. Pero tiene su encantín y la economía está derrumbada y nos embarga la aridez mental... así que ahí va un balcón de infancia: 


Hay gente que paga por amor. Me gustaria estarte pagando para poder reclamarte, para que tuvieras que quererme a fuerza y asi yo te quisiera tambien.

A veces me gusta querete, y entonces odio que no me quieras, siempre quiero quererte y que me quieras.

Me gustan tus labios cuando estan sobre los mios, me gustan tus ojos cerrados y tus manos indecisas. Me gustan tus pestañas cortas y tus pasos tontos.

Me gusta que me gustes y no saber por que.

No quiero y quiero decirte las cosas. Quiero que sepas que te necesito, que te quiero aqui malvestido y mio.

Pero quiero que te vayas cuando yo llegue, quiero que me abraces con la guerra de tu risa y firmes tratados de paz con mis uñas y con mis muñecas, para que me digan que no eres tan buen guerrero, para dejar de tenerte miedo.

Le caes mal a mi pelo, a mi ombligo y a mis pies, les das desconfianza. Mi piel les dice que ella te quiere, pero no les importa. A ellos no les gustan las ansias que les provocas. Ellos no te quieren y si pudieran te odiarían, ellos son amigos de esa nada que me dice que estoy sola cuando estoy contigo.

Te quiero aqui en este instante, para decirte lo importante que eres y para dormir contigo, pero sobre todo para que mañana se te olvide que me interesa conocerte.

Quiero que necesites conocerme para saber quien soy, siento que sabes de más...

Quiero que seas el niño de mis sueños y que nunca te canses de visitarme en las noches. Quiero que seas mi hada, mi duende y mi muerto para llorar que te pierdo o que no existes, para querete siempre porque a lo real le pierdo la ilusion.

Tu tienes la culpa de la angustia que tengo, tu tienes la culpa de mis ganas de llorar, porque no entiendes lo que yo no entiendo y no me lo puedes explicar.

Tu tienes la culpa de que yo sea tan feliz y este tan triste. Tu tienes la culpa de no entender que hay que quererme siempre y bendecir cuando me voy.

Tu tienes la culpa del miedo que me da decirte que te quiero. Tu tienes la culpa de que te quiero y de quererme tu.

Tu tienes la culpa y por eso me gustas, porque eres todo lo que no quiero, te quiero porque no me quieres y no te quiero porque eres lo que siempre he querido.

Te quiero con todo el egoismo que me cabe entre los ojos y pienso que mas te vale quereme a mi manera.

Me gustaría poder querte como yo quiera sin pedir tu opinión, me gustaría que fueras tu como eres, pero otro, cercano y ajeno.

Quiero que me quieras sin democracia y sin compasión. Quiereme con la cabeza y con toda la idiferencia que tengas entre los dedos.

Quiereme como quieras, cuando quieras y mientras puedas. Hasta que no quiera pelear por nada que no seas tu.

Para que te quiera, quiéreme como se te de la gana, con más contradicciones, olvidos y besos de los que seas capaz. Como yo te quiero a ti: sin saber cuánto ni por qué.

Me gustaría pagarte para que me quieras como yo quiero.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Alan, el circo y el monstruo.

Me presenté la semana antepasada al foro del show de los sueños.  

Para los que, como yo, no tienen la costumbre de tratar con el Canal de las Estrellas, les explico que el Show de los Sueños es una alucinación  televisiva en la que la gente canta y baila haciendo un show, para que (a ellos, a sus hermanos, hijos o vecinos) les hagan realidad un sueño.  Ergo (muy apropiadamente): El show de los sueños.

Ahí fuimos,  Lumi y yo, a ver a Alan. Alan que hace casi un año tuvo la generosidad de venir a Tabacotla a  actuar en mi corto de titulación y  volverlo una maravilla. Alan al que durante largo rato fuimos a ver cantar Mecano para salir admiradas y eufóricas. Alan que llevaba no sé cuántos domingos   teniendo la amabilidad y la disciplina de hacer un show para cumplir un sueño. 

Tuvo también  la ocurrencia de invitarnos a verlo.  Y fuimos.

Solamente Televisa. Solamente ese monstruo abarcador puede tener un foro al que le quepan tal cantidad de aberraciones y maravillas.  Son  tantas y tan  disparejas que no se prestan a una descripción cabal. Toleran mejor (más o menos) una enumeración: 

1. Entran en ese foro los  inabarcables pechos de Ninel Conde y su aún más expansivo trasero. La mujer es un fenómeno de la naturaleza y el cuchillo: de frente su cintura mide un  máximo de veinte centímetros. pero cuando se voltea, el perfil de sus mamaceables protuberancias no parecen caber por una puerta regular. 

2. Entra ahí la enorme cabellera-casa-de-pájaros que reina sobre la cabeza  de Amanda Miguel; y la amargura que Emma Pulido debe llevar entre esas sus piernas chonchas que alguna vez fueron tan preciosas. 

3. Entra en ese foro la impresionante parlanchinería de  Adal Ramones, su pequeñísima figura y su estulta eficacia. 

4. Entra la carita triangular y redentora de una tal Priscila a la que yo nunca había visto pero que, me dicen, tiene unas balas de plata que gozan de fama internacional.  

5. Entran también una cantidad imposible de broches dorados,  rufles y olanes, tules corrientes, licras amarillas, ombligos desnudos, escotes firmes o móviles,  pantalones brillantes, bandós y  lentejuelas; entran una bola de intrigas poco sofisticadas y de intenciones ambivalentes; entran dos o tres trampas y actos de manipulación; entran varias buenas vibras e intenciones; entran todo tipo de lágrimas: falsas, negras, sentidas o moquientas; Y de vez en cuando ¿cómo no? Entra algún número espectacular.

6. En mitad de semejante sobre-exposición sensorial, entran también en ese foro (como agua limpia) el terciopelo  de la voz de Alan y la transparencia de su buen ánimo.  Entran su estampa fuerte y su nariz recta. Entran su sonrisa fácil, su falta de miedo y sus ganas de alegría.

"Pobrecito" - le dije a Lumi, mientras lo mirábamos bailar desde un balcón.

Ella sonrió porque es parte de mi esquizofrenia familiar y entiende que cuando yo pobreo a alguien lo que estoy haciendo es admirarlo.  (No sé de donde nos vendrá esa mala maña, pero a estas alturas es inexorable. "Pobrecito" – decimos cuando alguien se gana un premio impresionante, se ve guapo en la mañana,  o hace cualquier cosa muy muy bien).

Y pobrecito dije yo viendo al actor girar,  cargar y pisar como un bendito.  

Me provoca una ternura inexplicable ese niño que es más grande que yo, y tan guapo que francamente debería provocarme cualquier otra cosa. Pero no.  Me enternece, Alan. Me enternecen su talento y su bondad colocados en el centro de ese monstruo. Me enternece como un niño de brazos a su abuela chocha. 

Eventualmente se acabaron los bailes y antes de irnos fuimos a buscarlo.

"¡Directora! ¿Qué tal el circo?"  - nos dijo, ya envuelto en su décimo atuendo brillante de la noche. 

"Estás padrísimo" – le contestamos.

Y sí está. Pobrecito.  

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El general Iturbide

Estoy cansada. 

Me sacaron las muelas del juicio. Las cuatro. Sólo se inflamó una, de un sólo lado. Lo cual suena bien pero resulta en que en lugar de verme como una chica parejamente cachetona que igual y así es, me veo como De Niro después de la última pelea de raging bull. Como si fuera poco no se puede comer nada que tenga que ser masticado, lo cual significa que hace días que no me como un pan. Es una desgracia. 

Al mismo tiempo tengo que manejar a Puebla mañana para ver si edito la peli de alguien más; y a Morelos el lunes para ver como alguien edita la mía. 

Al mismo tiempo tengo que aplicar a todas las escuelas padres a las que estoy aplicando, para ver si me enseñan a hacer lo que se supone que ya estoy haciendo. Ha resultado un trabajo de tiempo completo este asunto de pedir entrada a las honorables instituciones: hay que hacer ejercicios dramáticos; escribir ensayos sobre lo que la vida depara o debe deparar; pedir la expedición de oficialísimos papeles que te recuerdan que sacaste un seis hace cuatro años; aguantarse la pena de pedirle a un sin número de gente que escriba sobre lo brillante que eres; y sobre todo, sobre todo, adivinarle el pensamiento a quién sabe qué decano y rogarle al destino que su mujer no lo haya dejado la noche anterior a que lea tu guión, ese que se trata de cómo el amor es la pura buena onda. 

Al mismo tiempo tengo que escribir un cortometraje sobre Agustín de Iturbide. Como lo oyen. Agustín I de México será canalizado a mi horrorizante página vacía de screenwriter. Por lo menos eso es lo que pasará en teoría. Un día. 

Hay que inmortalizar a Don Agus, como si le hiciera falta. Y mi problema es simple: Don Agus me cae gordo. Y no por haberse coronado emperador, ni por haber sido miembro del ejército realista, ni por ninguna otra de esas cosas por las que Agus le cae mal a la historia oficial y a las maestras de primaria.  No, no. A mí me cae mal, porque el hombre era un pinche flan. Así.

Háganme el bendito favor: 

Consumó la independencia de un país sin hacer guerra. 

Y se coronó Emperador sin darle golpe de estado a nadie. 

Y cuando lo corrieron dijo - "sí cómo no" - y se embarcó a Italia a los tres días. 

Y cuando lo iban a matar,  los soldados del pelotón rehusaron la orden de fuego y en lugar de tratar de salir corriendo, los regañó por su falta de disciplina militar -"Su comandante les dio una orden, banda.  Mátenme." Así. 

De la carta que le escribió a su esposa dos horas antes de morirse es mejor ni hablar. Su esposa que llevaba cinco meses de embarazo en un barco mugroso. Su esposa que le había aguantado toda la campaña militar y luego la corte y luego el exilio, mientras paría sin cesar a sus ocho hijitos. Todo para que la última carta que le escribe,  palabras más o menos, diga: "Cielo, me matan en dos horas. Crece a nuestros hijos en la religión católica, que es la verdadera. Y te cuidas. Agustín".  Así.

Es de una disciplina y de una eficacia que enferma, el señor. Seguía órdenes como un desvalido y las daba como un jefazo. Se las ingenió toda su vida para quedar bien con dios y con el diablo. Y en la muerte, aguanta con todo los múltiples intentos de satanización que le han  recetado. Nada. Qué por más que en su infame juventud  haya perseguido al ilustre  curita Hidalgo, la firma de la independencia dice Agustín y no Miguel. 

No, no. Es un tipo innegociable, este Agus. Estoy segura de que nunca se quejó de que estaba cansado porque le sacaron las muelas del juicio y tenía tantísimas nimiedades que atender. Con gente así no se puede tratar. 

Estaba hecho de otra cosa, el general Iturbide. Y ahora es mi trabajo (me quejo amargamente, como él jamás) entender de qué cosa. 

Estoy cansada. 

jueves, 30 de octubre de 2008

Tocar a Bunbury

No toqué a Bunbury. Estaba frente a mí y no lo toqué.  Cuando me di cuenta se había ido. Y perdí el tacto de ese extraño sin tenerlo, como se pierden las cosas más fundamentales. 

Apenas ayer me enteré de que quizá podría tocarlo.  Y casi me desmoroné de angustia. Estaba comiendo en mi casa un amigo de mi madre que hace música. Y es un genio que hace música. Música de esa que te reconoce el instinto y te cambia el cuerpo y te descubre el paso. Se ha burlado de mí porque quiero tocar a Bunbury…Como si no hubiera mañana. Me miraba como si dijera (con toda cordura) - “Me estás tocando a mí y ahora quieres bajar de liga”.  Y tenía razón.

El problema es que Bunbury no es una elección racional. Yo no lo admiro. Yo soy su fan. Y como buena fan no puedo sentir su trabajo con la cabeza, sólo puedo sentirlo a él  con las comisuras. Como buena fan,  vuelvo todos sus actos el mismo y me emociona igual cuando se mueve y se sienta que cuando escribe algo brillante. 

Confieso sin mucha pena que llegué tarde a la adoración que ahora me es tan inmediata. Mi novio de la infancia tuvo que arrastrarme a un concierto de Bunbury  en contra de mi voluntad, sin que tuviera yo registrada ni a la sirena, ni a la chispa; del club de los imposibles mejor ni hablar.  Entré a ser condescendiente y salí flotando; presa de una euforia de esas que ya no se quitan.

Y de ahí yo, que admirando a tanta gente no soy fan de casi nadie, fui poniendo en los brazos de Bunbury toda clase de absolutos. Poco a poco y sin que tuviera nada que ver con él, tocar a Bunbury se me volvió un ideal transformador. 

Tocar a Bunbury para tocar la infancia y la posibilidad. Para tocar todo, absolutamente todo lo poco que he perdido.  Tocar a Bunbury para recuperar alguna certeza, para tener junto al mundo, para no dejarme atrás.

Tocar a Bunbury que se paró en el escenario del auditorio que Chabela Vargas acababa de reclamar. Chabela que no se parece a mi abu en nada y que me la recordó: tiene las mismas curvas en el cuello y el mismo fervor general. Tocar a Bunbury que se paró en el escenario cinco minutos después que Alisse. Alisse que tiene las  piernas preciosas que mi abu tuvo, idénticas, pero más largas. Tocar a Bunbury que no tuvo el lujo de ver a mi abu. Mi abu que se fue antes de tiempo. Mi abu que no hubiera entendido el poder de una pasión tan abstracta como querer tocarlo.

Pero si tocando a Bunbury tocaría el agua tibia, tocaría un jardín viejo o una cama interminable; tocando a Bunbury hasta podría tocarla a ella. A ella que no supo quién era  y no hubiera querido saber.

Porque tocar a Bunbury no es tocarlo a él. No es tocar a un señor español que tiene primer nombre, oficio y voluntad.  Tocar a Bunbury es tocar una pieza de ficción, tocar a un hombre de otro tiempo, tocar las esquinas de una esfera.

Cuando me di cuenta se había ido, Bunbury, como todo lo que se va. 

Y no lo toqué. 

domingo, 26 de octubre de 2008

Tres escenas

La tele, queridos, se ha vuelto un mundo muy complejo.  Es el mundo  responsable de  Atínale al precio y de Bailando por un sueño y de los comerciales de Pinol. Es responsable de la segunda temporada de Heroes y la cuarta de House y cualquier capítulo de Gossip Girl.

Pero la Tele... tres canales adelante o atrás de toda esa decadencia, la tele se ha vuelto capaz de una sofisticación sin nombre. La tele es un paisaje minado. Pero a últimas fechas, es un paisaje de Turner. 

Les dejo aquí las tres joyas que la cajita balbuceante me entregó el fin de semana:

1) En Dirty Sexy Money, el abogado de la familia más rica y esquizofrénica de Nueva York se detiene frente a la mamá de los pollitos. Es una mujer hechiza; falsa desde la punta de la nariz hasta la curva de los labios. De cualquier modo es la mamá que el abogado no tuvo. El abogado que es parte de la familia y no. El abogado que es el hijo pobre y postizo de ese mundo de locos. Le entrega a la mujer una noticia seca  y se dispone a irse. La mujer lo detiene.

- I know I´m not your mother. But I tried to be.

- I never asked you to. 

La mujer le da la mano.

- But if you had seen yourself at six. Walking around this house. All alone. So full of need.  

Los ojos de la mujer tiemblan. El abogado la mira como por primera vez. 

- I loved you. I still do. Can't you feel that Nicky? Can't you?

Habla despacio y bajo. El abogado no contesta. La mujer lo mira con avidéz, vulnerable y limpia. Se deja caer en sus brazos, con una mezcla extraña de inermidad  y control absoluto. Le acaricia el pelo como a un niño. El abogado se deja abrazar y se deja abrazar hasta que abraza también. 

Frente a una premisa de melodrama tirador, se hace una imagen frágil y desgarradora. 

2. En Skins, la serie de pubertos inglesa que ha recogido todos los premios que hay que recoger, Cassie se recarga sobre un barandal.  Usa calcetines verdes hasta la rodilla, un vestido blanco y unos zapatitos rojos. Tiene el cuerpo de una niña de cinco años, flaca y larga como un palillo. Absolutamente delicada. El pelo amarillo y desordenado de una inglesa que sabe serlo.

Está enamorada del niño más menso y chimple del planeta. Desde la escalera del segundo piso, lo mira pasar por el pasillo de abajo. Entrelaza sus manos y las pone sobre el barandal. Recarga su preciosa carita en ellas. Los ojos vivos y las mejillas transparentes: mira al baboso que le quita el sueño caminar bajo sus pies. 

- Look up if you like me - suplica en voz baja. 

El baboso sigue caminando.

- Look up if you  like me. Look up. Look...

El baboso pasa de largo. 

Cassie cierra los ojos y vuelve a abrirlos, inmensos. Pisa uno de sus pies con el otro y acuesta su cara sobre el barandal. 

Se acabó. 

3. En In Treatment, Rodrigo García  (genio) rompe todas las reglas y nos da en diálogos las imágenes más puras que han pasado por una pantalla. 

Un psicólogo (que en las manos de Gabriel Byrnes es EL psicólogo)  está tratando de explicarle a su paciente que no está enamorada de él. Ella lo está. Y él de ella, por supuesto. De cualquier modo él está racionalizando. Y empieza por decirle que  ella sólo cree que está enamorada de él porque  representa todo lo que su novio no es. 

Ella lo mira con toda la condescendencia que debería estar reservada para el psicólogo. Él no se inmuta.  Le recuerda una historia larguísima que ella le había contado sobre un hombre que conoció cuando tenía quince años. Pasó un verano con él y quería que la adoptara.

- Your father was controlling, needy. And you met a man who was independent, intelligent. He was the opposite of  your father and so you were drawn to him. Perhaps it is the same way with me. You see in me everything Andrew is not and so you think you love me.

Ella lo mira sin parpadear. Sus labios empiezan a partirse en una sonrisa cínica, pero se detienen. 

- The difference is: I wanted him to adopt me. I want you to fuck me. 

Ella lo dice como quien declara un hecho. No hay un ápice de coquetería, ni de arrogancia. Todas sus perfectísimas facciones están puestas en decir la verdad y esperar un milagro.  Él la mira como si fuera a concedérselo. Ninguno cede. El aire está cargado. Es la escena de sexo más efectiva del mundo. El viejo, precioso, perdiendo el estilo sin perderlo. Y ella, puesta en él, ganándole un pleito que debería estar perdido. 

Yo que soy gerontofílica y Rodrigo García (genio) que me hace esas cosas.  

Por cierto ¿Qué carajos hacen aquí? Dejen de leer y vean la tele, que hace bien. 




lunes, 20 de octubre de 2008

Perdón que amanecí fina. Pero estoy encabronada.

Para titularse en la Ibero hay que pagar veinte mil pesos. Así. De huevos.

- ¿Por qué cuesta veinte mil pesos el trámite de titulación? - le pregunté a la amabilísima seño de servicios escolares.

- Le incluye su revisión de estudios y su expedición - me contestó.  Ignorando el tema real de la pregunta.  

¿Mi expedición a dónde, cabroncitos?  A precio Ibero,   de menos  al parque acuático Tepetongo.

Yo sí aprendí en la Ibero, contra todas las predicciones. O sea que los muchos pesos que cuesta la hora de clase, los siento desquitados. Es cosa de repartir las horas que te parecieron un robo entre las que te parecieron un regalo y la verdad es que la cuenta metafórica sí sale.  No soy de la escuela de gente que asegura haber pasado por ahí en blanco. 

Tampoco soy de la escuela de gente  que asegura que alguien se roba la mayor parte de lo que pagamos. Creo en la honestidad intrínseca de los miembros de la administración iberita ¿Cómo no? (Aunque sí haya que hacerse la pregunta: Si no se lo roban ¿en qué carajos se lo gastan? Pero esa es otra discusión.) Por lo pronto  yo les creo ¡Chingá! 

Peso sobre peso he justificado sus ladronas prácticas desde que empecé a tratar con ellos. Peso sobre peso, como la mismísima Bartola. Y ahora me salen con esto, los muy hijitos de la fregada.

No tienen suficiente con la vida que nos quitaron haciéndonos cursar ocho materias al semestre. Incluyendo teoría de la comunicación uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Incluyendo también esas mamadas que ellos llaman integraciones y que titulan de manera elocuentísima:  Introducción al problema del hombre; Pareja, Matrimonio y Familia; Análisis histórico de la vida de Jesús de Nazareth; y mi all time favourite: Relación hombre-mujer.  De un ejercicio de esa clase sacó mi amiga Lumi la forma más guarra de llamar al pene que alguien ha podido invocar (taco de vena, por si se lo preguntaron). Y también por si se lo preguntaron, fue un ejercicio formal, no una plática de banca. Encontraron como 35 maneras de nombrar al órgano sexual masculino en esa, tan productiva, sesión académica. 
Lo único que integramos en clase de integración fueron  nuestros horarios chimuelos y   las arcas administrativas.

Mismas arcas que tras habernos sangrado durante cuatro años, exigen un pilón de veinte mil pesitos, na mas pa expedir un papel. (Te lo envuelven en un foldercito muy organizado, eso sí). 

 ¿Tras entregarles la vida nos cobran  a lo chino para entregarnos un título? Son chingaderas. Se titulará su madre, pero lo es yo, no.