Me llegó un mail de un tipín con el que salí hace mil doscientos años que decía muchas sonsadas y culminaba con una sentencia que es encabronante y divina al mismo tiempo:
"Espero que la próxima vez te des la oportunidad y dejes que te quieran como no me dejaste a mí" - eso escribió, el pobre, no es broma.
Los hombres son entes fantásticos, de verdad, se les ocurren unas cosas... A unos se les nota que van a salir con ese tipo de ondas y entonces es cosa de no acercarse, pero hay otros más peligrosos (como éste que escribió) que se ven normales de pinta, vamos, hasta estilo tienen y luego salen con que no te dejaste querer.
- "Siendo yo tan maravilloso y generoso que hasta la quiero, ella no me quiere a mí, ergo, algo anda mal con ella" - Esta forma de lidiar con que no te hagan caso es una mezcla tan pura de arrogancia y desprecio hacia el otro que sólo puede escaparse de las víceras de un ser masculino.
Cuando un hombre no le hace caso a una chica, el consejo tiende a ser - "Ni modo, no quiere contigo, no te claves, pasa a otra cosa" - A veces, en casos muy desesperados, hay mujeres que apelan al mentiroso - "él se lo pierde" - que saca de apuros aunque no alivie las ansias frustradas.
Pero los hombres aplican el - "Es que no se dio la oportunidad. Es que está cerrada al amor. No es que no me quiera, es que no se deja querer".
Escribiéndolo me doy cuenta de que estoy siendo injusta. Con un tono distinto, de más lamento y menos orgullo, pero también abundan mujeres que aplican la versión femenina de este funesto modo de pensamiento que se resume en que cuando alguien no se enamora de ellas se debe a que "le tiene miedo al compromiso y a la intimidad". No, no. La realidad es que le tienen miedo al compromiso y a la intimidad con ellas, de manera concreta y específica.
La escuela del "date una oportunidad" trabaja de cerca con la del "lucha por ella" y la del "dile que no para que se clave contigo". Siniestras clases se imparten en estas aulas, llenas de juegos, rosas, "pensamientos" escritos con plumas de colores y muchos, muchos delirios de grandeza.
La realidad es que cuando dos personas se topan y se quieren, se quieren y ya está. Todo el resto: el sobre-análisis de llamadas, los mensajes sin contestar, las largas horas de plática sobre intenciones ocultas, traumas de infancia y miedos arraigados; todas estas cosas terribles que llegan por mail y arruinan una mañana perfectamente agradable nacen solamente de la falta de correspondencia.
Existen sólo en las manos de ese ogro asqueroso que yo denomino científicamente como deseo dispar.
Todo el mundo quiere dejarse querer, la parte buena viene con la difícil: encontrar por quién.