viernes, 29 de mayo de 2009

Little rushes (día uno)

Quería hacer un recuento digno de mi estancia en Nueva York y decidí que no era una historia lineal, así que la iré dejando en pedazos por aquí. 

Nueva York pasa tan desordenadamente que se cuenta mejor en  atisbos, porque así se va sintiendo, como pequeños golpes de euforia: little rushes.  

DÍA UNO

Bajarse del avión y respirar aire que no lleva cinco horas viciándose. Que te sonría el hombrecito de la aduana mientras te toma huellas y fotos como a un criminal. Subirse a un taxi sucio y amplio, manejado por un hombre que habla español por el teléfono asumiendo que no lo entiendes– “Bueno niña, pero ¡me cago en la pinga del hombre que te tiene así! ¡En su pinga me cago, princesa! ¿Me oíste?”- Salir del blanquísimo puente  Lincon,  que deslumbra como caminar por un tubo de halógeno, regresar a la noche y estar de pronto en mitad de Manhattan.

Toparse con ella: con sus muros de piedra gris, sus ventanas amarillas y brillantes. Ver cómo se abre un balcón en el West Village, esperar que aparezca un publicista fachento y que en lugar de eso aparezca una niña de pelo largo y delgado, cargando una muñeca, asomándose a ésas que son sus calles. Pensar que te hubiera encantado ser ella y haber crecido en ese balcón de puertas altas en la punta de esa isla. Entrar a un deli para comprar agua y platicar con una mujer oaxaqueña que te dice que le hubiera encantado nacer en el DF.  Bendecir esa -tan necesaria- dosis de realidad.

Llegar a la puerta de Gabriel mi amigo, entrañable boricua de wall street, loco de la guerra, mujeriego y fan de Celine Dione. Abrazarlo, interrogarlo, tropezarme con una columa de cajas llenas de productos de baño, diseño y ropa. Preguntarle qué pasa con eso – “Nada, Cati, research para unos clientes” -  Preguntarle cuarenta y ocho veces clientes de qué carajos. Saber casi todo del otro: familia, amores, mañas, gustos en pasta de dientes, color de sábanas; y que se rehúse a decirme con claridad a qué se dedica. Tratar de sacarle por lo menos el nombre de su compañía y obtener a cambio sólo una críptica tarjeta que dice: Gabriel Álvarez. CEO.

En la mañana darle un beso y echarme a la calle sin saber bien a dónde voy. 

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