viernes, 29 de mayo de 2009

Little rushes (día tres)

Se lee más padrísimo empezando por el DÍA UNO


DÍA TRES

Despertar con ganas de ir al teatro y lanzarme a Times Square. Toparme con una marquesina con el nombre de David Hyde Pierce. Entrar de inmediato.  Ver una obra de los treintas, sonsa, divertida, libre de turistas. Ser la única persona menor de cuarenta años en la audiencia. Esperar a Hyde Pierce afuera media hora, como una groupie despreciable. Sentir burbujas en el centro del cuerpo sin que él haga nada más impresionante que firmar mi programita. Pensar en lo arbitrario que es que yo sea tan estúpidamente  fan de este tipín que casi nadie conoce.

Verlo así, posando junto a la gordita de Iowa, tan viejecito y tan guapo. Querer llevármelo a mi casa y darle de comer uvas sin cáscara el resto de mi vida. (Gerontofílica a morir, soy. Daddy issues, perhaps)

Asumir que -por triste que sea- soy presa fácil de cierto tipo de celebridad. Recordar que Manhattan me la ha aplicado varias veces: cuando me dí un tope (literalmente) con un muy apurado John Leguizamo; cuando paré a decirle a Abraham Murray que Salieri me enloquecía y me dijo que estaba demasiado chica para saber quién era; cuando seguí a  Gerard Depardieu diez minutos por el aeropuerto; cuando seguimos a Edward Norton diez cuadras por Soho; cuando vi a Brad Pitt, andrajoso y peludo como el tío cosa, rodeado de señoritas que le querían vender pantalones; y a Drew Barrymore, despintada y divina, comprando aspirinas con su muy impresionante Amex Centurion.

Pensar que la fama otorga un aura extraña que debe provocar gran ansiedad.

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