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jueves, 22 de julio de 2010

Y tú ¿Quién eres?

Hace unas semanas en una entrevista de trabajo me preguntaron quién era. Así, como slogan de revista noventera, con la facilidad y la inconsciencia de quien no conoce la neurosis. ¿Quién eres? Qué pegunta nimia y horrenda. Mi respuesta fue un decidido "no tengo la menor idea". Y había en esa respuesta, absolutamente irresponsable considerando el contexto, una declaración de quién es una parte de mí.

Por que tengo suerte y vivo rodeada de gente inteligente que se hace estas preguntas y que a veces vive de responderlas, escucho toda el tiempo teorías y declaraciones, unas más oficiales que otras, sobre quién es cada quien. Vienen a perorar a mi colegio toda clase de escritores y cineastas de éxito; voy a coloquios con mis célebres familiares y escucho a una bola de seres útiles hablar de lo que un escritor debe ser, lo que un artista debe ser, y debe ser, según cada quién va decidiendo y declarando con absoluta (si a veces impuesta) seguridad, puras contradicciones. Un artista debe ser desordenado, desorbitado, consistente, memorioso, útil, simpático. Trabajador o inspirado, misántropo y sufridor, alegre y dispuesto a comerse la vida. Terribles, locos, ordinarios, inconscientes. Los pongo todos juntos y concluyo (brillantemente) que hablan de lo que cualquier persona puede ser para ser cualquier cosa: guionista, paparazzo, ingeniero o albañil. Es claro (supongo que incluso para ellos) que cuando los notables declaran sobre estos asuntos no revelan lo que opinan de su oficio y quienes se dedican a él sino de su propia personalidad, la que tienen o la quisieran adoptar. Por que gran parte de la respuesta al insoportable - ¿Quién eres?- está en nuestra aspiraciones mucho más que en nuestra realidad.

Cada quien es la historia que se cuenta. Ayer en la farmacia un cajero vio mi bolsa y supo decirme en qué tienda la había comprado y que era de hace dos años. "Soy diseñador" - me dijo con una certeza que invalidaba por completo su delantal del CVS y la sentencia que colgaba de su pecho: Hello my name is... I'm here to make you one very satisfied costumer today. Hola, mi nombre es el futuro Christian Dior. Voy a la escuela con un texano menso que porque es escritor y le parece lo correcto, vive diciendo que está loco y que no piensa como los demás. El hombre es el más ordinario ser humano del planeta, no hay nadie más centrado y menos lunático en la superficie del globo. Sin embargo de tanto decirlo quienes no lo conocen han empezado a repetir que el tipo está loco; y si sigue así eventualmente convencerá a sus amigos casuales del hecho, luego a sus seres queridos, por fin a sí mismo. Y será entonces un loco.

Dicen todo el tiempo: sé quien eres. El texano cuando esté loco ¿será quien era o se habrá fingido tan bien por tanto tiempo que su falsedad lo habrá hecho sincero? Te dicen que seas tú mismo, que no finjas para quedar bien, pero ¿que tal que lo que eres es un falso? ¿O un individuo cableado desde el nacimiento para doblarte hacia el lado que convenga para quedar bien con los otros? Y quedando bien eres más tú que en el rincón más obscuro y solitario de tu cama. ¿Cuál es la actitud correcta? ¿Cuál de los dos eres? Alguna vez alguien digno de impresionar ha hecho una broma con una referencia que desconozco. Y yo me he reído como si en efecto tuviera un entendimiento de su obscuro término tan cerca y tan claro que me vino casi en la leche materna. ¿Ser yo misma hubiera sido decir: "perdóname no sé qué es eso"? No. Yo misma es un ser orgulloso que prefiere sonreír y mover la cabeza con coquetería antes que aceptar que no sabe de algo.

Espero que yo misma sea también otras cosas: valiente, generosa, trabajadora, divertida; interesante, misteriosa, buena, genuinamente lista. Todas las cosas que se debe querer ser. Todas las cosas que se desean en un amigo admirable. Ese deseo será acaso la única parte cierta de mi personalidad. Ese deseo y sus múltiples dudas. Un yo mismo fluído y adaptable al humor que convenga. No porque vive miedoso del juicio de los otros, sino porque vive miedoso del propio.

¿Qué será bueno querer ser? Será bueno encaminarse a ser ¿quién? ¿Un diseñador o un loco? ¿Qué historia será bueno contarse? Me lo pregunto porque asumo que los veinticinco años tienen todavía pase amarillo a este tipo de reflexiones inconsecuentes. Todas las edades han de tenerlo, porque no va quedando más remedio que adaptar la historia de quién somos un poco al vuelo.

Qué reflexión más molesta y cambiante. Es el lugar más común preguntarte quién eres. Aunque sea inevitable me provoca gran desdén. Desdén que sin duda, porque así es la ironía, ilustra una parte de quien soy.

Y así sucesivamente, todos vamos siendo alguien.

sábado, 17 de abril de 2010

Carol quiere con Dani

Me he enterado de que Carol quiere con Dani. Y la pobre se ha enterado de que Dani quiere conmigo.

Vamos todos juntos en esta escuela donde las clases son de maestría pero las interacciones de secundaria. Somos cien pelados viéndonos las caras todo el día, el resultado menos grave es el corredero de chismes en el que vivimos. Corredero por el que pasamos Dani y yo hace poco, sin importarle a nadie, más que a la pobre de Carol.

Carol tiene un pelito rectangular y pesado, perfecto; es chiquita y linda como las niñas que iban a la escuela con Sailor Moon. Es una productora de aspecto eficaz y simpático con la que nunca he cruzado una palabra. Con Dani ha cruzado varias. Aparentemente suficientes para llamarse a engaño cuando la pobre enteróse, hace dos o tres días, de que Dani no sólo no quiere con ella, sino que anda conmigo.

Además de lo que puedo inventarme viéndola, sé de Carol cuatro cosas que me cuentan: no sale mucho, trabaja con una disciplina callada y útil, pasó Navidad sola en su casa y se le considera en general un encanto. Eso y que quiere con Dani. Que quiere a Dani. Mucho.

¿No es de lo más triste que han oído? No la conozco de nada y me las he ingeniado para romperle el corazón.

La pienso lloriqueando por los rincones con mi cara en la cabeza, moqueando su almohada porque mi novio no la quiere. Mi novio que siempre tiene las manos tibias; y que compra palomitas cuando vamos al cine saliendo de cenar; y que encoge los hombros como infante cuando algo le da risa; y que la semana pasada que se quedó solo en mi casa, tendió mi cama como de hotel, colgó mi vestido en una silla y enrrolló el cable de mis audífonos sobre sí mismos.

La pobre llora de por sí, imagínense si supiera de lo que se pierde.

Es injusto, el cariño. Tiene reglas muy siniestras. La cantidad de veces que yo he sido Carol... quisiera como hacerle un tecito y pedirle perdón.

Uno anda contento haciendo a otro infeliz ¿Qué se hace -en la vida- con tanto deseo dispar?

viernes, 22 de enero de 2010

Sabines en español

Me ha entrado una nostalgia idiota por el idioma español. Digo idiota porque el idioma no se ha ido a ningún lado y no hay nada que extrañarle. Lo uso todo el tiempo, en LA si no fuera a la escuela no hablaría inglés nunca, e incluso en la escuela la banda se ha descarado y lo habla frente a los gringos como si fuera su deber entendernos.

Como sea me la paso encontrando momentos en los que el idioma sería la perfección y no viene al caso. Ayer un gringo dijo una estupidez y yo dije entre risas - "What a moron" - y pensé, tirándome al drama loco, lo bonito que hubiera sido llamarlo "mentecato". En Navidad me contaron que la mamá de una amiga vio su tanga asomarse por encima de sus jeans y dijo - "¡Hija, eso ya no es ropa interior, eso es un elástico!" - semanas después sigo soltando carcajadas fuera de contexto y lamentando no poder poner eso en el guión gringo que no termino y no termino.

Total que estoy de pinche dramas, buscándome piedras en los zapatos. Y ayer que me enfermé y no estaba mi mamá, decidí ponerme pendejísima y regodearme en el extrañamiento: me acosté en mi camita cual paciente del psiquiátrico, le di play a Jaime Sabines y a llorar calladita se ha dicho.

Lo tengo leyendo sus poemas en una grabación que se hizo en Bellas Artes cuando cumplió setenta años. Su voz se quiebra en los momentos justos y el auditorio le aplaude como si fuera Tom Yorke. Leer a Sabines es bueno, pero escucharlo es demasiado para soportarse.

Jaimito... es políticamente incorrecto que a uno le guste Jaimito. Ni siquiera eso, es predecible y evidente y por lo tanto, para la banda académica cool we... despreciable. Me vale. Yo me rindo frente a su voz tersa, frente a sus frases limpias que se clavan en el centro del cuerpo como si ahí hubieran estado siempre y sólo encontraran su lugar. Se quedan sonando todo el tiempo, se recuerdan en desorden.

"Uno es el agua de la sed que tiene." / "Si yo tuviera un perro podría acariciarlo, si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato o le diría un cuento que no dijera nada, pero que fuera largo" / "Uno es el hombre que en el duro saberlo de este mundo halla el milagro en actitud primera" / "Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente."/ "Cantar es derramarse en gotas de aire, en hilos de aire, temblar" / "Este cielo de México es obscuro, lleno de gatos, con estrellas miedosas y con el aire apretado." / "Cuando estés madura, te vas a desprender de ti misma; y lo que seas de fruta se alegrará y lo que seas de rama quedará temblando" / "Algo he de andar buscando en ti. Algo mio que tú eres y que no has de darme nunca" / "¡Qué claridad tu rostro! ¡Qué ternura de luz ensimismada!" / "¿Ya ves? ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mio?" / "Nos morimos amor y nada hacemos ya sino morirnos. Y ecribirnos. Y hablarnos. Y morirnos." / "Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad verídicamente, de las que creen en el amor como en un lámpara de inagotable aceite" / "¿Por qué rendija se cuela el aire de la muerte? ¿Qué hongo de las paredes, qué sustancia ascendente del corazón de la tierra es la muerte?" / "Nadie ha de resignarse, dicen que nadie ha de resignarse, los amorosos de avenguenzan de toda conformación"/ "¡Levántame! de entre tus pies levántame, recógeme del suelo, de la sombra que pisas, del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños ¡Levántame! porque he caído de tus manos y quiero vivir, vivir, vivir."

Ustedes perdonen los muchos errores y el caos, pero así se acuerda uno de las cosas buenas.

Jaime, Jaime. Qué bonitas las palabras. Me voy a escibir en inglés.



jueves, 31 de diciembre de 2009

Chetumal de posibles

Vinimos a Chetumal, pueblo caribeño y fantástico donde nació mi papá, sus hermanos y el resto de la parentela; pueblo del que huyeron hace ya muchos años cuando vino un ciclón y se llevó lejos las casas, los caimanes y la audacia de la honorable familia Aguilar Camín.

Llevamos apenas tres días aquí pero ya me han pasado tantos posts por enfrente que no he podido escribir ninguno. Así que decidí dejarlos todos aquí, con sus títulos y sus posibilidades, desmembrados como promesas que no me da la cabeza ni el clima para cumplir. Van:

1. Selva, mar, historia y juventud

Este primer post que no voy a escribir empezaría contando que así dice la primera estrofa del himno de Quintana Roo, a que no sabían que Quintana Roo tenía himno. Diría también que el coro termina cantando "la tenacidad como virtud, eso es Quintana Roo" y comentaría que realmente la tenacidad es mucho mejor cualidad para desearle a un pueblo que la valentía.

Escribiría de la cantidad imposible de mitos y leyendas sobre los que se ha construído este territorio, del amor absolutamente ciego que le tienen todos sus habitantes, del orgullo con que andan por éstas calles y sus casas pintadas de anaranjado y verde pistache como si anduvieran por las glorias del París de cambio de siglo.

Contaría cómo mi papá se convierte aquí en el cacique mandón y encantador que debe haber sido en la infancia. Que lloró recordando todo lo que se le ha ido perdiendo en la vida y que recupera de pronto cuando regresa a esta tierra. Que me hizo pensar en mi abuelo, que tiene casi cien años, el suelo perdidio y la obsesión de volver también aquí y recuperar un imperio imaginario que, él está seguro, lo sigue esperando en la selva de los alrededores.

Haría toda clase de comentarios intensos, como a la Gloria Etefan, sobre el poder de la tierra natal.

Cantaría “Suéñame Quintana Roo, no me vayas a aolvidar, quiero estar dentro de ti, cuando el sol te empiece a acariciar” y contaría que semejante cursilería de letra hizo llorar a propios y extraños hace dos tardes, porque somos cursis y porque el amor a este lugar se contagia como la euforia en los estadios.

2. Cabrón Andrés

Este posts sería altamente irregular y falto de vergüenza. Consistiría en molestar a mi poca audiencia masculina quejándome amargamente de que se me atrasó la regla y entre la sal de la costa y el acumuliativo PMS, retengo agua como puerco de engorda; me duele la espalda baja como a una anciana; y siento que mis pies y boobs explotarán en cualquier momento. Debatiría horas si debo escribir boobs o pechos o tetas (odiosos términos y palabras feas, todas).

Admitiría que me es difícil pensar en otra cosa, escribiría párrafos interminables sobre la injusticia de este karma que mi abuela llamaba la lata y la abuela en mí se quedó llamando Andrés (porque viene cada mes, para los que no conocen la ñoñería). Me burlaría de las múltiples mujeres que he oído gritar que no pueden ver sangre cuando alguien se corta con una hojita de papel. Vamos, hasta tendría el descaro de hacer una descripción incómoda y rigurosa de mis múltiples síntomas y particularidades anatómicas. Luego me entraría un ataque de pena y borraría más de la mitad dejándolo clasificación A.

Puesto así es bueno que no tenga yo cabeza para escribir algunas cosas, realmente.

3. Dos arcoiris y la luna

En este contaría que llueve en el pueblo caribeño. Contaría que el diciembre pasado mi hermana y su marido y todos nosotros tuvimos una pérdida que no puedo ni describir. No trataría.

Contaría que hace dos días fue aniversario de esa tristeza y que llovió como si alguien se lo hubiera explicado al cielo. Contaría que cuando paró de llover aparecieron sobre él dos arcoiris redondos y brillantes como dos consuelos; que en mitad de ellos y del día apareció la luna, blanca y limpia.

Contaría cómo mis sobrinos se asomaron a verla con sus caras y sus risas, mejorando el aire con su paso. Contaría que mi hermana es valiente como la luna y sus hijos inabarcables como dos arcoiris.

4. La casa de Santa Clós

Aquí aparecería el primo Aguilar que lleva veinte años decorando su casa de Navidad con tal ahínco que los niños del pueblo empezaron a llamarla la casa de Santa Clós. Todos los años se junta una bandota para ver cómo prenden las luces como si fueran el árbol de Rockefeller center. Y no es para menos, realmente, la casita tropical tiene más luces en una esquina de su fachada que diez cuadras de Park Avenue.

La mujer del primo fue presidenta municipal de Chetumal y durante su gobierno, por petición popular mind you, expandió su espíritu decoratovo al resto de la ciudadcita. Empezando por el palacio de gobierno que ahora brilla en amarillo, rojo y verde con una intensidad capaz de cegar a Mr. Magoo.

Seria un post muy cínico, políticamente incorrecto y mal recibido por los parientes locales, pero no podría evitar preguntarme ¿dónde carajos cree esta gente que vive? Estamos a cuarenta grados a la sombra y toda la ciudad está llena de muñecos de nieve, renos y luces blancas. Debe ser el condado con más decoraciones per cápita en el planeta tierra. Y es imposible no pensar que no podría venir menos al caso, es como colgar collares de flores y cocos en el Big Ben.

5. El sur

Este se trataría de una obviedad: México abarca ochenta y mil mundos.

Estando el Los Angeles rodeado de burritos, se olvida de pronto que existen el axiote y los papatzules. Pensamos en la frontera, en Tijuana y en Culiacán, se nos olvida Campeche.

Me preguntaría por ejemplo si el compa tijuanense sabe qué es el relleno negro. Desvariaría horas sobre las múltiples virtudes de semejante guiso.

Quiero creer que se me ocurriría algo más inteligente que decir para ilustrar esa verdad sonsa que me cayó de golpe, mientras bobeaba frente a la transparente bahía de Chetumal: el sur de México no es una región del país, es su propio universo.

6. ¡Qué me importa que se rían!

En este larguísimo post contaría que fuimos a casa de los primos y cantamos, porque había micrófonos y guitarrista y porque somos una familia sin vergüenza y con garganta.

Contaría que mi mamá cantó "Arráncame la vida” que es el que ella llama su número fuerte. Pero que a mí me gusta más cuando canta "Los mareados" y su voz ronca, lastimada, preciosa suelta esa letra que me parte en dos desde mucho tiempo antes de que tuviera yo edad y pérdidas suficientes para entenderla:

- “Esta noche amiga mia, el alcohol nos ha embriagado, ¿Qué me importa que se rían? Y nos llamen los mareados. Cada cual tiene su pena y nosotros la tenemos, esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más. Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida, tres cosas lleva el alma herida: amor, pesar, dolor. Hoy vas a entrar en mi pasado, hoy nuevas sendas correremos. Qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo ¡ay! mira lo que quedó.”

Enorme. Ya hasta empecé a llorar.

Contaría también que se cantó: “Rival de mi cariño, el viento que te besa, rival de mi tristeza mi propio corazón.”- Y contaría que me gusta, cómo me gusta y cuánto me gusta.

Le buscaría un contexto a la letra de “Lágrimas de sangre”, en lugar de sólo aventarla como haré a continuación: “Yo que tuve tu boca y tus manos y tu pelo, y la blanca tibieza que derramaste en mí, hoy me desgarro el alma como una fiera en celo y no sé lo que quiero porque te quiero a ti”.

Y hablaría de las benditas tedencias pornográficas de Agustín Lara (encontraría una manera más elegante de decir pornográficas) y me quejaría de la cantidad de mochos y censuras que volvieron semejante cosa buena una canción tan obscura que ni los músicos se la saben.

Terminaría contando que mi hermano Mateo cantó a José Alfredo en el rincón de una cantina. Que fue lo máximo oír su voz tersa, buena y tímida, entonar:

“¿Quién no sabe en esta vida la traición ta conocida que nos deja un mal amor? ¿Quién no llega a la cantina, exigiendo su tequila y pidiendo su canción?”

Encontraría una manera simpática y lírica de decir que todos exigimos nuestra canción y nos la dieron. Y diría que fue padre. Quizá diría padrísimo.


Y ya. Ahí tienen todo lo que no me dio la vida y la gana escribir. A úlimas fechas no me da la gana ni la vida escribir casi nada. Me conformo con la idea de que podría escribir tanto. Y me amparo diciendo que las posibilidades son buenas y recordando que Chetumal ha sido siempre, si algo, un lugar de posibles.


martes, 22 de diciembre de 2009

Soy contento, con la pena.

Soy contento dice mi amiga Lumi, que algún día decidió hablar en ese tipo de construcciones gramaticales que no hacen sentido pero hacen énfasis. Yo soy contento porque estar contenta o ser feliz no doblan la lengua con la misma satisfacción.

A últimas fechas me apena mi suerte, tan fácil y tan buena. No me la merezco. No trabajo suficiente, no corro en las mañanas y como muchos carbohidratos. Muchos.

Es aburrido andar presumiendo de la felicidad, pero ni modo, ya sea por realidad o porque ando positiva en mi selección de recuerdos inmediatos, no puedo pensar más que en cosas buenas. Pienso en la maestría que funciona como mi prepa, en Los Angeles, en los hombres buenos y sonrientes. En el talento, en las bufandas gordas, en el cine que se te clava en el cuerpo. En Werner Herzog sentado frente a mí, en El Mago de Oz, en Central Park con el cielo morado a las seis de la tarde. Pienso en mi casa, en Pedro Infante y su terrible cantabar, en sushi con chipotle y tacos con limón. Pienso en la nieve que cayó en Madrid, en dos o seis gringos entrañables, en lo que queda del mes.

La semana pasada fui a Disneylandia y fui en esa tierra falsa tan cursi como el momento y la concurrencia lo exigían. Me subí a los caballitos que cantaban "eres tú mi príncipe azul que yo soñé" y canté junto con ellos como si de verdad creyera en esa alucinación de que uno puede alucinar a un príncipe y tenerlo cerca de pronto. Lloré con los fuegos artificiales que tronaron sobre el castillo de Cenicienta. Say what you will pero si algo saben hacer los mentados gringos es show. Media hora de bombas sin interrupción que bailaban al ritmo de una tras otra canción navideña. Azules, rojos y morados, explotando sobre nuestras cabezas como una pausa vital ineludible. No hay como los fuegos artificiales para congelar el instante, cuando sus luces te iluminan la cara, consiguen esa bendición que a mí en cualquier otro momento me parece inalcanzable: vivir en el presente. El nítido presente.

Hoy amaneció vacía la ciudad de México, con sol y frío. Ayer caminé por sus calles sucias y sentí electricidad en la punta de los dedos. Qué preciosa, absolutamente preciosa, es esta horrible ciudad. Qué gusto andar por ella. Aunque la acechen capos, secuestradores y diputados. La acecha también toda la gente a la que quiero, mi hermano con su cabeza de chinos revueltos, mis papás con sus letras y sus genios, mis amigas, mis bares, mi cama.

Es Navidad y hoy iré a casa de mi abu en Puebla. Mi prima Daniela compró toda clase de azúcares y harinas para que pasemos la tarde hablando de nada y horneando. Hornea mi prima Daniela, entre sus otras mil doscientas cualidades envidiables. La voy a ver en la cocina donde mi abu por ingratitud del tiempo no está más. La voy a ver, como la he visto tanto, hornear y hablar y traerla de regreso un rato.

Está de pena propia la euforia. Estoy segura de que estoy quedando como una presumida desequilibrada. Pero ¿qué les digo? Soy contento. Muy. A pesar del crimen organizado que nos agobia y entristece. A pesar de la falta de mi abu en su casa. A pesar de que soy una inútil y no escribo ni aquí donde el gusto debería obligarme, ni en Final Draft donde tengo una obligación académica y de a de veras. A pesar de que el tiempo y la experiencia se me escapan como el agua limpia de dos manos juntas. A pesar de que tengo 25 años y hace diez tenía 15 y dentro de diez tendré 35 y así sucesivamente. Soy contento a pesar de todas las cosas reales e imaginarias, inevitables y autoimpuestas que me angustian.

Qué bonita la vida, carajo. Con la pena de que soy contento.


jueves, 8 de octubre de 2009

Sunny L.A. REPRISE

Tengo una ventana en Los Angeles y por primera vez desde que llegué he tenido la mañana para contemplarla. Es fea esta ciudad. Fea como ella sola. Tan fea como el DF aunque de modo completamente distinto. Es chaparra, amarillenta y sucia, hasta donde es limpia: Beverly Hills – chaparro, amarilento y sucio. Del paseo de las estrellas mejor ni hablar; da triquinosis caminarlo en chanclas. Mi ventana mira al downtown, que no parece pertenecer porque es alto y está lejos de la playa y de las montañas; pero es igual o más mugroso y por el fondo de los pasillos que arman los edificios se asoman las carreteras con sus palmeras y su sol blanco.

Llevo veinte años alimentándome el mito Woody Allenesco de que Los Angeles es el infierno pavimentado. Hay que decir que algo hay de eso entre sus calles obscuras y calladas; los pechos ultra firmes y anaranjados de algunas de sus mujeres; y la estúpida cantidad de palmeras que enmarcan sus calles. Pero llevo tres meses en Los Angeles y cada día lo quiero más ¿Tres meses? Igual son dos, me estoy alocando. Lo que sea, ha sido bueno. Cada día que despierto en esta ciudad me conmueve más su dulzura; la cantidad inconmensurable de sueños falsos que sus habitantes persiguen; la paz con que la ciudad los contradice y ellos se aguantan. Terminator gobierna y el cine es rey. El setenta por ciento de la gente que vive en Los Angeles trabaja o quiere trabajar (léase trabaja en Starbucks pero en las noches escribe su guión) en lo que viene siendo “la industria”. Se dice fácil pero lo que implica semejante cifra es que el setenta por ciento de la gente que vive en esta ciudad tiene la cabeza puesta en vender, fabricar o consumir ficción ¡Ficción! En eso les va la vida. Es la gloria. Todos están locos aquí (me incluyo, a últimas fechas). En realidad vivimos en otro mundo y por eso podemos vivir en este horror.

Soy estúpidamente feliz en Los Angeles ¿quién me lo iba a decir? Mi escuela me recuerda a mi prepa – desorganizada, chica y repleta de banda que se toma en serio y se ríe de sí misma con igual entusiasmo. En mi super hay Adviles de doscientos colores, chícharos Del monte, iTunes gift cards y Vel Rosita. En la esquina de mi casa hay un diner que hace los mejores hot cakes que alguien haya probado. El agua tiene tanta sal y cloro como las albercas de El Rollo: me está poniendo el pelo rojo y la piel seca; pero la cara limpia como la de una princesa. Hay también el Egypcian Theatre a donde no llegué a ver el revival de “Barry Lyndon” pero sí el de “The last picture show” y el de “Tiburón”. Está el Cedars Sinai que curó a mi madre hace tanto con una mirada y que me ha dado asilo más veces de las que quisiera.

Está también Giulia mi compañera de departamento que es la niña más niña con la que habré de amistar jamás, que limpia y cocina como Betty Draper; que me ha enseñado (a mis 25 años) a usar base y crema de noche; y que habla chino antiguo como si fuera normal. También están los compadres mexicanos, uno de Tijuana y otra del DF: el norteño es fan de Tarantino pero ahí se le acaban los defectos y todo lo demás es fiesta; la chilanga es tan guapa como feo es Los Angeles y está aquí tan viva como están muertos los bares después de las dos. También están los compadres españoles: una que se llama como la mejor virgen de su tierra y que es una cabra loca capaz de conquistar al gringo más desangelado; y otro que tiene la sonrisa iluminada de un madrileño digno y las maneras suaves de un lord inglés. Junto a su casa viven el irlandés y su esposa, con sus pieles transparentes, sus cabecitas llenas de libros brillantes y su sala llena de gente buena y café recién hecho a cualquier hora del día. También están el californiano corrioso que se viste como niño, graba hip hop en su sala y tiene la voz tersa de los hombres buenos; y el pelirojo de Nueva York que se volvió familia en tres días porque aunque no tenemos nada evidente en común, nos intuímos idénticas la visión del mundo y la rutina. Hay también un editor de Jersey que usa zapatos de dos colores como Santino Corleone; una francesa a la que le cae el pelo por la espalda como una bendición; un israelí amigo de Yaron que me hace llorar siempre aunque es terriblemente simpático; un productor intenso y as gay as the day is long que te arrincona y te habla de Beyonce; un fotógrafo que usa un sombrerito y que se casó a los dieciocho años con una mujer a la que llama “the one”; un maestro con un Oscar y dos ojos de perro azul que te arregla la vida como al pasar, con media frase.

Hay en Los Angeles más cosas buenas de las que me da la gana contar. Hay la obligación de inventar y convivir. Brillan en sus marcos de palmeras, mugre y silicón.

Es simpático, realmente, cómo cuando andas sintiendo que desordenas, la vida limpia la casa y te acomoda en donde vas.

jueves, 25 de junio de 2009

Madrid, Madrid, Madrid.

Qué lugar precioso, éste. Llevo varios dias en él, he estado en él más veces de las que quisiera recordar, pero hasta hace media hora no me había dado cuenta de lo absolutamente espectaculares que son todos sus rincones.

Iba caminando por La Castellana, abrumada por el calor y las múltiples construcciones que la agobian (si las obras de Marcelo son un dolor de muela, las que se cargan acá son cirujía mayor). Poco a poco todo a mi alrededor empezó a perder luz natural y a ganar faros, levanté la mirada de pronto y casi me pongo a llorar. Estuve una hora contemplándola, parada en la calle como una perfecta tarada, como si hubiera tenido de pronto un accidente fantástico. Grave.

¡Qué lugar precioso, éste! No puede ser ¿Por qué vivimos ahogándonos entre películas y literatura que cantan las maravillas de Barcelona y de Paris? ¿Qué nadie ha puesto un pie en esta ciudad inenarrable? ¿Será que redunda hablar bien de la capital porque nos queda demasiado cerca (cerca hasta a los mexicanos que la tenemos lejos pero la asumimos nuestra)? Quizá es cursi hablar así de algo que creemos evidente. O quizá es más simple y todos siguen, como yo, dándola por dada.

Pero qué belleza, ésta, que golpea ¿Cómo se hace útil esta gente? ¿Cómo son capaces, en estas calles, de algo más productivo que el asombro? Yo sigo paralizada como quien descubre el agua tibia.

Qué estupidez ¿no? Derivar tantísima felicidad de aprender una cosa que siempre he sabido.

viernes, 12 de junio de 2009

Crisis de identidad en Superama

Ayer pasé al super antes de venir a casa de mi Abu.

"¿Qué más se le ofrece, señora?" - dijo la chica que cortó mi jamón, delgadito, delgadito.

"Señora..." - pensé - "Ta bueno. Soy una señora haciendo el súper para su joven marido y quizá su hijito. Lo llevo a un departamento de paredes chaparras y ventanas chicas. Eso es: una señora. Puede ser."

Y luego salí cargada de viandas.

"¡Se va con cuidado, niña!" - dijo el poli que subió mis múltiples bolsas al coche.

"Niña..." - pensé - "Ta bueno. Soy una niña haciendo el súper para la casa de sus papás. Lo pagan ellos y recibo un auge de consentimiento por el inmenso trabajo que aporto a la casa yendo al súper una vez al año. Niña: sí. Me gusta."

La realidad está en medio, pero se ve que ayer no se me notaba.

Los 25 años son una receta para la esquizofrenia.


lunes, 4 de mayo de 2009

Mis amigos no se mueren, se van a Nueva York

Extraño a Nueva York con el centro del cuerpo, como a un ser querido.

La ciudad  tiene un poder contundente. Algunos días te convence de que perdiendo la mirada sobre 5th avenue, se te revelan  todos los grandes misterios del mundo: desde si hay tal cosa como un dios, hasta porqué la gente cree que puede escupir su chicle en la calle.

Esa ciudad parece saberlo todo y lo enseña todo en lecciones claras y particulares. La famosa capital del mundo se relaciona con tantas cosas como personas ha contenido entre sus cortísimos límites.

Nueva York remite a una lucha constante entre lo mundano y lo inexplicable. Es el espacio etéreo que se pega como propio a la piel de cualquier extraño. Es una adicción cotidiana, un trámite frenético y sencillo, es una experiencia que exige el estudio y la angustia de lo desconocido. 

Nueva York tiene la energía de una bestia sin dueño. Se mueve con la desesperación de un niño perdido y envuelve con la ternura de una abuela que ha dejado de contar a sus nietos.

Es una isla falta de fe pero divinizada por sus habitantes, divinizada como la fuente y la solución de misterios mayores, divinizada simplemente como un mundo que es necesario experimentar. La lucha entre lo cotidiano y lo inalcanzable se pronuncia y se resuelve en su movimiento continuo.

"Mis amigos no se mueren, se van a Nueva York" -decía Gabito para que el espanto de la muerte no lo mosqueara. Y es que sí hay algo en Nueva York que lo coloca en un plano ambivalente entre lo que existe todavía y lo que ha ido desapareciendo. Hay que irse a esas calles sucias y brillantes a buscar todo lo que vamos dando por perdido. 

Hay que visitar a ese pequeñísimo rectángulo de tierra. Mucho. Provoca casi tanto síndrome de abstinencia como un novio perverso y consentidor. 

Qué manera, esta, de amar a un espacio como a una persona. 

domingo, 5 de abril de 2009

Escribir

Llevo algunos meses ocupada en la tarea de aplicar a un sin número de escuelas en las que habrán de enseñarme a escribir. Entre sus múltiples requisitos de entrada está la exigencia de que yo demuestre que tengo formas elocuentes, de preferencia elocuentísimas, de reseñar mi relación con el trabajo del escritor, la responsabilidad de mis letras y demás cosas padres. Me dicen que tengo que demostrar mi intensa pasión por la escritura para que me dejen poner pie en sus aulas. Aulas que aparentemente estarán plagadas de gente que tiene reverencia por el sujeto y el predicado. Me he encargado de construir ensayos, cuentos y entrevistas para convencer a una bola de extraños de que tengo una relación armoniosa con eso de poner una palabra frente a otra. Bajo semejante presión me he lanzado de manera inconsciente a hacer toda clase de discursos en torno a mi relación con la escritura: que si disfruto el proceso; que si la fantástica náusea de la página en blanco me persigue y me llama; que si paso tardes enteras reflexionando en torno al frencuente uso de la letra E. Puros choros. 

Si he de decir la verdad, me cuesta trabajo hablar de la escritura. Me queda demasiado cerca. Mis padres se han hecho con ella quienes son y con su ayuda han hecho la parte de nosotros que les tocaba hacer. Mis familiares son capaces de citar la mala ortografía como un defecto de carácter. Mis novios han sido expertos en mandar correos desgarrados o desgarradores, llenos de cosas que jamás dirían en voz alta.  Mis amigos escriben cartas largas y bien pensadas cuando mandan un mensaje por facebook. Es irremediable: en mi entorno la escritura es la forma más precisa y  bienvenida de relacionarse con el mundo.

El asunto no se trata de mi relación con la escritura tanto como se trata de su relación conmigo. Me informa el paso siguiente: a veces hago cosas nada más para ver si me dan algo que contar; me ha dado por enamorarme de alguien  por que tiene un gesto que sería un reto poner por escrito.  Imaginarme cómo quedarían escritas es un vicio que pasa por todas mis interacciones.

Me queda muy cerca. Así es esto del karma familiar. 

martes, 17 de febrero de 2009

La ficción

Ayer iba a ponerme a llorar y mejor puse una peli. A veces se me atora el mundo entre los dedos y la mejor manera de soltarlo es perderse en las invenciones de algún ser brillante. 

Yo no conozco el placer de la fe compartida. No me enseñaron a Dios en la escuela, no aprendí a verlo en la calle, en mi casa pensarlo fue siempre una herejía.  Es la vida diaria lo que en realidad existe. Existe la rutina, existe el deber, existen mis dientes desnudos de risa, existen la muerte y sus reglas definitivas.

El problema fundamental de esta educación forzada (como toda la educacion religiosa tiende a  ser) es que las opciones coherentes que llegan de tratar de explicar el orden del mundo por sí mismo, son extremadamente limitadas. La más efectiva,  para casos difíciles de desesperanza metafisíca, es la ficción. La ficción como acto creador. La ficción que explica lo que no sabremos nunca. 

Las novelas buenas como evangelios, la tele sofisticada como plegarias de todos los días, el cine siempre como un templo de luces bajas. 

Algo habra de mí en la ficción que venero; algo de la vida diaria que me interesa lidiar; algo parecido a la fe que me alimenta el paso siguiente, agnóstico y terrenal. Algo divino ha de haber en las palabras que me creo, algo que me explica. Algo como  una idea que me dirige la vida.

Es padre inventar, regala la paz de las creencias.  

Es la hora del rezo, chicos: voy a ver El Padrino. 

lunes, 16 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre la luz del DF

Me dicen mis parientes provincianos, que venerar a la Ciudad de México no es de gente que está bien de la cabeza. Me dicen los periódicos y las noticicas que salir a las calles del DF es una misión que uno sólo debe enfrentar con plena conciencia de que cada paso dado puede ser el último. Me dicen que en cualquier momento muero de enfisema,  que sería mejor mudarse, que el gris es un color que no le queda bien a nadie. 

Manejando hacia mi casa en jueves a las tres de la mañana, mientras me arrastro  por una carretera interminable y negra, me acuerdo de los sabios consejos de tanta prole y tiemblo de pensar que tienen razon. Mi coche baja lento desde la cabaña perdida por el Ajusco en la que terminé de fiesta por algún mal motivo. Me confundo con cada curva y  me tortura la voz adulta de mi hermano diciendo: “te vas con cuidado” con la certeza de quien invoca un mal.

Me muero de miedo en un segundo, me regaño por irresponsable, acelero para huir de quién sabe qué cosas terribles que seguramente me persiguen y entonces aparece a mis pies la masa de día en la que vive mi casa. Aparece la ciudad cautiva, durmiendo en guerra. Su luz se desborda en puntos de colores. Se expande con seguridad por las faldas y las  puntas de los montes que la vigilan, invadiendo  poco a poco los  rincones y los secretos de sus fronteras. La luz avanza transparente,  como un líquido terso, como un viajero consciente.  El valle se queja, se guarda de los intrusos que aun no conquista y nos protege de la  tranquilidad que reina más alla de sus límites.

La  Ciudad  de México duerme con un brillo terco y altanero, con el que amanece a todas horas. Ronca envuelta en un hálito amarillo: prueba clarísima de su naturaleza angelical. ¿A quién se le ocurre tener miedo?  Frente a tal desorden de lucidez,  sólo puede existir la alegría. Detras de cada punto de color hay una vida sin rumbo, una boca incapaz de guardar secretos, un genio callado que espera.  Yo quiero ser todas las mujeres que respiran en el DF, para ir probándolas a todas, para enterarme de ellas. 

Yo quiero ser la mujer que se desviste con gracia bajo anuncios de neon azul y la niña que tiembla sus malos sueños, envuelta en una de esas lámparas en las que giran peces y osos. Quiero ser la mujer que duerme con hambre de alguien, sin apagar su ventana, sin perder la ilusión de que venga. Quiero ser la que abre su miscelánea y espera entre latas la luz de mañana. También el sueter beige que camina en tacones las universidadades caras, anunciando a cada paso el ritmo de su cuerda floja.  Quiero ser  hija que sale de la fiesta y mamá que espera descalza que a mí se me ocurra llegar. Quiero ser ellas para enterarme de qué piensan, para saberlas de memoria. Quiero entender cómo sienten la noche cuando cae bajo sus pies, para ser dueña de sus imposibles.  Nuestra ciudad es el paraíso de la duda, sus calles están benditas de ficción. 

¿Cómo es posible que tantas cabezas, tantas ganas y tantas niñas entren completas en el aire gris que las alimenta?  En este amontonamiento de espaldas y dedos, cada uno se obsesiona y se mira con una gracia distinta. Entre las filas de los tinacos que decoran el cielo, cumpliendo con el horror de la estética chilanga, se acomodan un sin número de ideas indescifrables. En las azoteas de las casas sin pintar, en los hoyos de las calles cortas, entre las defensas de los coches que se saludan por las avenidas apretadas, hay un hilo de chismes del que nadie se entera.  Cada cabeza un mundo y cada mundo completo, valiente y cerrado. Sin irrumpir en los otros. Unidos sólo por las paredes y los edificios. Yo que soy curiosa antes que inteligente, me obligo a inventarlos a todos. Bendita ciudad que los puso en mi camino.

La ciudad me da por ejemplo a la pareja de hombres que toman el sol en calzones, postrados en el techo de su casa. Su casa que tiene dos metros de altura y que a las tres de la tarde (hora perfecta para agarrar color en la azotea) tiene una vista  privilegiada de avenida Revolución y sus camiones de Coca Cola, sus niños saliendo de la escuela, sus humos mortales. Pero ellos no se inhiben, se encreman las espaldas y se echan a sudar su hartazgo,  con una pierna casi en la banqueta. Una señora en delantal se acerca cada tanto a sus vástagos, les lleva aguas de colores, les besa la frente sonriendo. Yo quiero ser ella. ¡Qué maravilla de loca enamorada!

A la misma hora un camión destartalado baja buscando la civilización desde el cerro de Sante Fe. Su espalda parece desplomarse en cada bache, incluso cuando ya cambió su carga de ladrillos, por dos jóvenes de cuerpo lacio y dientes blancos. El camión salta y agoniza, pero en su cajón descubierto y mugroso, los dos niños juegan a besarse muertos de la risa. Él la abraza mientras  ella le jala el pelo como a su hermano y después corre al otro lado del camión para escapar de su venganza. Él la persigue, le roba los labios y  le acerca un dedo al ombligo para sentirla alejarse con una carcajada.  Ninguno parece darse cuenta de donde está. A ninguno le importa llevar siete horas de brincos y semáforos. Yo quiero ser ella. Quiero enamorarme fácil, envuelta en el calor de tantos y tantos escapes. 

La ciudad caótica abraza como abuela enternecida. Se sabe dueña y responsable de tantas ganas de alegría.  La unión de sus habitantes es la risa como voluntad, a pesar de lo que (para público menos informado) parece el horror. La felicidad persigue a los chilangos en los lugares menos propicios. Tenemos el gusto de conocernos. Somos señores aventando albures en el amontonamiento de un pesero,  niñas que dan besos furtivos en los puentes peatonales, mujeres que se abrazan entre risotadas a las puertas de un panteón, desconocidos que amistan en los estacionamientos del tránsito, muertos que se acostumbran al ruido callejero de la eternidad. Nada mejor le pedimos a este valle de cemento. Nada mejor puede darnos.

La carretera del Ajusco se convierte poco a poco en avenida y mi coche nada tranquilo por el líquido espeso de sus luces.  Entro a mi casa y soy ya uno esos puntos amarillos, soy ya una de las mujeres que violentan a la oscuridad. De regreso en la capital del miedo, se me olvida la obligación del lunes, la tristeza del mes siguiente, la vital importancia del deber que no he cumplio. La ciudad me reconoce, me acomoda entre sus calles, me perdona lo que nadie. Es mi casa, en ella me da gusto conocerme.  Le pido a la calle  que me prometa el día siguiente, la vida siguiente de alguno de sus habitantes. Y la ciudad escucha y aprueba. Mañana me dará algo que inventar, me dará también,  alguien que me invente. Mañana voy a ver, recargado en alguna banqueta, alguien que se ríe sin tener de qué.

            Por lo demás, es seguro que mis parientes provincianos tienen razón, la cordura no va bien con este pueblo.  El DF es privilegio de los locos.

domingo, 8 de febrero de 2009

Y nada, a padecer.

Feliciano me adora y le aborrezco;

Lisardo me aborrece y yo le adoro;

Por quien no me apetece, ingrato, lloro,

Y al que me llora tierno, no apetezco.

 

Si con mi ofensa al uno reconvengo,

me reconviene el otro a mí, ofendido;

y a padecer de todos modos vengo,

 

Pues ambos atormentan mi sentido:

aquéste con pedir lo que no tengo;

y aquel, con no tener lo que le pido.

 

Hace más de diez años que leí en las letras puras de Sor Juana semejante sentencia de muerte.  Y hace diez años era tan cierta y tan injusta como es hoy. Y como (supongo) será siempre.

Hace diez años lloré sobre esas líneas por un niño precioso, que no me miró jamás y que (por supuesto) a la fecha ya no me hace llorar sólo porque no lo veo nunca y de verdad le pongo mucho propósito al asunto.  Mi Lisardo, con sus brazos largos y su piel rota, me sigue prometiendo un mundo bueno.  Estoy segura de que me lo seguirá prometiendo cuando tenga la cabeza blanca y escasa; los ojos amarillos y gastados; las orejas inmensas, las mejillas vencidas y la entrepierna muerta.

He de tener algún Feliciano que contra toda su voluntad, sienta lo mismo por mi piel gastada.

Así es esto.

Tanto tratar de querer al que nos quiere como él quiere. Y nada. Tanto tratar de que nos quiera el que queremos como queremos. Y nada. Tanto andar por los bares y los cines viendo cúal es cual. Y nada.

Me han gustado tal cantidad de hombres feos, viejos, chaparritos, bofos, escuálidos o provincianos…  que es de veras una pena. Francamente mi cuerpo me parece un cómico mediocre y boicoteador. Y sin embargo es el único que tengo y a él le toca sentir todo lo bueno que me pasa. Hasta lo quiero, al ingrato, así como es: panzoncito, caderón y con mal gusto.

¿Por qué nos gustará gente de la que jamás podríamos enamorarnos? ¿Por qué, tan fácilmente, nos haremos familia de quienes deberían despertarnos las comisuras?

Son muy siniestras las reglas de la emoción que llevan al amor y al llanto. Muy siniestras. Mandan sobre un juego imposible, que nadie jugaría si no fuera porque cuando las estrellas se alínean y las normas se cumplen, no hay otro más divertido.

Así es esto. Sor Juana lo sabe todo y nunca nunca se equivoca.  Nos gusta quien nos gusta.

Maldición. 


martes, 3 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre otros tipos de gente

Yo soy el tipo de gente que disfruta riéndose de sí misma.  Dado que no faltan cosas de las que reírse y dada la convicción cómica que aqueja a casi todas las personas que me rodean, tiendo a burlarme de mis miserias antes de que se burle alguien más. 

Hay cierta ventaja en la autegradación: un intenso conocimiento de causa, por ejemplo. Cuando se trata con la cantidad de manías, fobias, prejuicios y autoconvencimientos de los que soy capaz, el conocimiento minucioso de mi neurosis se vuelve vital. Todo esto para contarles, queridos,  que mi mayor problema es que soy de ideas. Soy de ideas y permítanme aclarar que esto no involucra inteligencia ni pensamiento trascendental. No.  El ser de ideas consiste más bien en la disección de la neurosis crónica y la paranoia intelectual (no necesariamente inteligente) que me caracteriza. Que soy de ideas significa que convierto todas mis ocurrencias en verdades inapelables y en acciones sociales desastrozas. 

El ser de ideas me permite,  por ejemplo, inventarle intensas vidas interiores a la bola de hombres con expresión idiota y mirada perdida de los que decido (de nuevo, por que soy de ideas) estar, de súbito, profundamente enamorada. Miro su pelito grasiento y sus uñas negras y me imagino alguna razón de brillantez y un espíritu herido que nos les permite pasarse un cepilllo por la cabeza (o por los dientes). Caigo a sus pies de inmediato. Soy de ideas. 

Del mismo modo, ser de ideas me impide  relacionarme con lo que considero otro tipo de gente. Y antes de que se aloquen, aclaro que el calificativo otro tipo no está influenciado por clase social social, religión, raza o cualquier otro rubro políticamente incorrecto. No, no. Otro tipo de gente se refiere al grupo de individuos que con una sola acción, en apariencia menor y poco trascendental, me da elementos para citar diferencias irreconciliables con absolutamente toda su  estampa. Es otro tipo de gente, ni mejor ni peor. Pero sin duda distinta e innegociable. 

Algunos ejemplos:

La gente que a las once de la noche junta sus manitas con ilusión pueril y dice “como que se me antoja un huevito estrellado pa la cena”. Otro tipo de gente. 

La gente que usa expresiones como “voy a hacer del baño”, o el clásico inolvidable “me anda de la pipí”. Otro tipo de gente. 

Las mujeres que lloran por asuntos de trabajo en públlico, cual plañideras inermes. Otro tipo de gente. 

La gente que de chavita comía duvalín de fresa y no de chocolate.  Otro tipo de gente. 

La gente que canta Thriller en lugar de La chica de humo en un cantabar. Otro tipo de gente. 

Yo soy de ideas. Esa gente no es mi gente. Les sobra paz interior; les falta mugre y autocomplacencia. El resultado de mis fobias es que mi círculo social es más bien un punto, en cuyo centro resido, mirando a los lados con compasión y terror. 

Cuando uno es de ideas tiene 13 años de resistencia y 70 de acidez. No queda más que reirse de uno mismo. Aunque sea en defensa propia. Aunque uno no sea ese tipo de gente.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Like right now

Vienen mis amigas y pasamos la tarde trabajando y bobeando.  Ahora que el pasado llega todo el tiempo - no a pisarme los talones, a ocuparme los zapatos - se agradece que el presente esté tan mezclado de lo que fuimos. Qué cosa habernos hecho amigas a esas edades misteriosas que vienen antes del entendimiento. Qué cosa seguir siéndolo ahora que nos parecemos tanto a nuestro futuro. Son buenas, mis amigas. Y fáciles y distintas. Y brillantes y absolutamente dueñas de sí mismas. 

Envidiable su capacidad de mirarse y  entenderse y ser felices con lo que encuentran. Y preciosas sus sonrisas y sus manitas y sus dudas. Cargan guerra y paz  en el centro del cuerpo.

Ayer veía en la tele a dos amigos de ficción. Hablaban con nostalgias bien actuadas del buen pasado que les habían escrito.

- Those were good times, then… - le dice el joven al viejo.

- Like right now – contesta él.

Buen tiempo el pasado y entrañable el presente. Buen tiempo el que nos puso juntas y grande el que nos sigue permitiendo tantas buenas tardes. 

Qué cosa increíble tenerlas a todas, tan extraodinarias y tan cerca. Qué cosa fantástica haber sido como somos, seguir siendo.

Good times, right now. 

 


lunes, 13 de octubre de 2008

Un texto viejo de tristeza, dudas y ficción.

En la película hay un foro negro, enorme y lastimado por la idea que alguien tuvo de lo que debe ser el cielo cuando la vida es maravillosa.  Dos manos grises recogen piedras de plástico  y despiertan el vidrio de la ventana que las mira desde muchos pisos arriba. Se asoma con gracia la perfección en falda. 

“Ven a ver la luna falsa”- le gritan desde abajo las manos.  Cuando la vida es maravillosa en blanco y negro, las piedras tocan la ventana y el amor precoz es fácil.

Pienso que yo quiero piedras en mi ventana.  Por eso me enamoré del desconocido que no hace tanto las lanzaba contra la ventana de otra mujer.  Me enamoré de mi deseo cumplido, el deseo de la recién llegada, cumplido en las ganas de la mujer oficial.  Tuve entonces la certeza de que el desconocido podía cumplir en mí el deseo de cualquier otra.

 Mejor que todo  es la certeza como el deseo primario, que se cumple en línea recta, fuera de los espirales propios del instinto que se enamora.  Me enamoré en un circulo recto, como una esfera fácil.  Y fue un lugar limpio, completo, irrepetible.  Después vino el mundo, callado, a mover esa fragilidad larga como si empujara a un equlibrista. Mi mundo cortó la cuerda, se cerraron las bocas y el circo. Nadie quizo entrar. Había elefantes flacos y cubetas muriendo en las esquinas. Había esa música fría y terrible que hace llorar a los payasos y a los niños. Una música de farsa que clama por la siguiente entrada.

Después de la esfera viene el mundo, el instante se termina, entra un dolor que se dobla sobre sí mismo para crecer y viajar como la miel. Así siento la tristeza salirme de los ojos, como miel que no se contiene, que me recorre lenta. En las noches la siento moverse con mi cuerpo: todo el peso a la derecha; una vuelta y el líquido se recorre con gravedad hacia la izquierda. Miro hacia arriba y la siento equilibrarse como ancla sobre mi cama. Me pesan los tobillos con ese líquido duro que no ha terminado de volverlse agua para salir fácilmente. No es un peso violento, sólo cansado. Estoy llena hasta la mitad de esa miel que me empuja a estar inmóvil. Cuando camino se mueve en mis piernas y vacía mi cabeza irremediablemente. Entonces pienso en cómo se siente su línea de dolor espeso en mi cintura. Me entrego a esa miel de tristeza para ver si me innunda, para ver si me desprende de mí por completo y me permite salir de mi amor por mí.  Salir a mi amor por alguien.

Me gustaría aprender a hablar hacia una sola persona cuando los cuartos se llenan. Mi mejor amigo se llama como esos pájaros negros que no parecen extrañar nada. Lo quiero porque sabe hablar sin pena de un sólo par de piernas. El par que le gusta. Sabe declarar que nada le importa más que la mano que tiene en la curva de alguien. Yo le creo porque su declaración tiene una arrogancia indiferente al aburrimiento. Se entrega sin la gracia espontánea de quienes hablan para el cuarto entero. Se entrega con la certeza de que no habla para nadie que no haya estado junto a él en un cuarto húmedo y cerrado. El cuarto lleno lo odia mientras la curva se pega a su mano, agradecida de inicio por la intimidad expuesta. Yo me burlo, el cuarto me admira, y así los reconozco como mi mayor aspiración de entrega. Yo quiero aprender a hablar para un sólo par de manos, quiero aprender a darme hasta ser el agua limpia que se mueve por algún cuerpo.

El problema es que soy juventud agradecida en lugar de rencorosa. A mí no me enseñaron nada que no sea digno de recordarse. Mi padres no se dejaron, tampoco se besaron como niños frente a mí, ni me convencieron de que era bueno ser malo en la cama. Mis maestros no me dijeron que las grandes mentiras eran buenas explicaciones, mucho menos me obligaron a aceptarlos como una verdad libre de apelación. No tuve curas expositores de la culpa que se hereda y los castigos espirituales. No soy  juventud desencatanda de lo que me han dicho.  Vivo, más bien, en el pánico de la perfección teórica. Tengo completa libertar de elección doctrinal. Campo abierto para ser inalcanzable. No conozco los juicios filiales, por eso no estoy preparada para decidir  lo que no quiero ser.

No existe en mí la mujer fácil, administradora del ingreso conyugal que a todas nos viene tan bien desde siempre.  Tampoco existe en mí la mujer sola, dueña de su impacto y desdoblada sobre su propia eficacia.  No hay rastro en mí de una mujer  absolutamente fuerte, ni de una infinita, ni de una frágil. No existe. La duda es la única falda que se reconoce en mí.

Lo que me queda un cuerpo incómodo y expectante que se mueve conmigo por límites claros.  Lo que me queda es la alegría aprendida; un par de imágenes con propósito de enmienda. Lo que me queda es el orgasmo limpio, solitario, trabajando en el olvido de su entrega tácita. Lo que me queda es el peso de la humedad individual y los dientes apretados y las ganas de rendirme.  Me queda la incertidumbre del final de las batallas; el temblor de su único principio. Me queda la vida. Me queda el mundo. Me queda el agua corriente.

Soy el miedo de las rebeliones contra lo perfecto. No quiero moverme nunca de esta película blanca. Yo quiero entregarme a  dos manos para que la vida sea maravillosa y falsa. Yo quiero tener mentiras que olvidar; mentiras que no me haya dicho yo. Yo quiero tener la certeza de los cristales y de los hombres. Yo quiero (fácilmente) tener piedras en mi ventana.

viernes, 26 de septiembre de 2008

No hay que darles la confianza

La ciudad hoy decidió no amanecer. En mi cuarto hay la misma cantidad de luz que había a las seis de la mañana y a las dos de la tarde y ahorita. Este clima londinense que nos aqueja debe llamarse calentamiento global. Pero también es probable que el mundo se esté rehusando a despertar.

Hoy he hecho muchas cosas. No muy útiles. Pero muchas: Hablé con mi jefe. Me puse mis plantillas ortopédicas. Me lavé y acondicioné el pelo. Escribí la mitad de un guión corto. Fui a ver una película vergonzosamente mala. Abracé mucho a mi mejor amigo. Me puse crema en las ojeras. Me hice un sandwich mediocre. Deje que mi chofer me diera dos o tres órdenes. Le cosí un hilo a mi suéter más viejo. Hice también algunas otras cosas. Todas el día de hoy. Y todo el tiempo sintiendo que no había bajado los pies de la cama.

Y es que no dan ganas de bajar los pies de la cama. En cuanto las pongo en el suelo, siento un colapso generalizado entre las piernas: me duelen los talones y las rodillas y la cintura. Tengo cólico y gastritis. El oído inflamado, la mandíbula apretada, vértigo y una gripa perpetua. La señal de mi Internet va y viene a placer. Se va la luz en cuanto mi fleco toca la pistola eléctrica. Tengo a mi abu atorada en las costillas. Tengo siete pasadores cuando hace un mes tenía cincuenta. Tengo ocho hombres bajo mi vista periférica y  con los ocho,  no hago uno:  El que no está celoso de un fantasma, está en un bar con una vieja. El que hace años me partió el corazón en cuatro, de repente se presenta con  cara de niña violada y se queja de que yo no lo supe querer  bien y a buena hora. Tengo al niño que dormía como un ángel bajo mis sábanas, y que boté para perseguir al que no me ha contestado el teléfono en una semana. Tengo el que nada más quiere coger, pero siente que hay que inventar expectativas extras. Y tengo al que cumple todas las expectativas, menos la de dejarse coger. Tengo a uno que permitió que la espalda de muñeca más bien lograda del mundo,  se consumiera bajo un tatuaje en el estudio que estaba donde antes era showbiz pizza. Tengo al novio de la infancia que tiene casi treinta años y se va a casar con una mujer que me odia en retrospectiva; al novio de la prepa que llega sin avisar y exige intimidad como si todavía la tuviera; y al novio de la universidad que perdió la mayoría de sus metafóricas canicas y dejó de ser gente como uno. 

El mundo no amanece porque no tiene incentivos. Y todo es culpa de que se le dio la confianza. También se les dio la confianza a mis pies planos, a mi nariz limpia y a la voluntad trabajadora de mis intestinos. Se le dio la confianza a prodigy y a la compañía de luz. Se le dio la confianza  a todos los hombres que se la siguen tomando. Se le dio la confianza al rayito de sol que debe ser la bandera de las niñas entrañables. Y se le dio la confianza a los días, que hoy nos traicionan dejando de correr. 

Hoy el tiempo se quedó en cama. Supongo que hizo bien. Eso nos pasa por darle la confianza. 

sábado, 30 de agosto de 2008

Extraño a un extraño

Dicen que no puedes soñar con un desconocido. En los sueños, las caras que no reconoces, son gente que has visto sin poner atención. Los desconocidos caminan frente a ti, sobre ti, todo el tiempo. Si a veces te detienes a verlos, no puedes más que inventarles una historia. Sólo porque puedes. Porque están frente a ti y da ansias no saberlos. Los desconocidos adornan y son padres. Extrañar a un desconocido es imposible. Un desconocido es diferente a un extraño.  

Un extraño es un desconocido que te presentaron. Un desconocido que has visto varias veces. Un desconocido que dejó de serlo porque te llevó al cine algún miércoles; porque te dio la mano en una borrachera; porque le ganaste un duelo de guitar hero; porque cuando lo viste deliberadamente, te recordó algún cariño viejo. A un extraño decides dejarlo entrar. A tus sueños y a tus imaginarías. No sabes quién es, pero a veces lo piensas. Piensas en cómo sería si dejara de serlo. Te da curiosidad duradera. A veces un extraño promete volverse indispensable. Y lo imaginas completo. Y sin tener idea, te concentras en él.

Te concentras en el extraño que sin parecerse a lo que andas buscando te da, en dos palabras, exactamente lo que quieres. Alguien que siendo completamente distinto a ti, venera las mismas cosas. Que presume de haber descubierto el agua tibia y en el fondo sospecha que jamás descubrirá nada. Que sufre y pretende de más. Provinciano y cínico. Brillante e inerme. Te ha visto dos veces pero las dos tuvieron un instante de rendición tan absoluta, que la imaginación te lo vuelve adictivo. Y haces cosas que no harías y no entiendes. Y te desgarras en la tarea inútil de descifrar lo que no has visto. Sin herramientas y sin ventajas, estás de pronto puesto a observar cualquiera de sus atisbos.

Llegas de una fiesta a las seis de la mañana. Y tus amigos son simpáticos. Tus amigas mueven la cadera con exactitud. El trabajo que te espera el lunes es divertido. El hombre que te persigue se ve precioso en tu almohada y se vería igual tomando té con tu mamá. Te detienes en la puerta a contemplar qué podría mejorarlo todo. Te odias por intuir que hay algo que mejorar. Pero es el extraño. Te cae de pronto. Como un plomo.  Como la respuesta precisa: es su posibilidad. La  posibilidad de este extraño, mejoraría lo inmejorable.

El extraño lo es, casi por completo. No te besó suficiente. No mediste  el efecto de sus manos en ti. No te ha acompañado ninguna pena y ninguna alegría. Te ha dado pocos motivos. Ninguno muy bueno. Y de cualquier modo te lo preguntas. Te preguntas si te habrá dejado entrar. Si te habrá inventado la mitad de las historias que te mereces. Si conocerlo te decepcionará tanto como te imaginas. Te preguntas porqué te preguntas por ese extraño, habiendo tantos otros. Tantos que han sido mejores en la expectativa y en la práctica. Te preguntas por su infancia, por sus intenciones y por las partes de su cuerpo que no verás. Te preguntas por  sus hábitos, por sus miedos,  por el color de su cama. 

 

Te preguntas al infinito, las preguntas más atroces y de golpe, sin saber, estás extrañando a un extraño.  

lunes, 28 de julio de 2008

Dos niñas que quién sabe

Muchas veces me obsesionan muchas cosas profundamente inútiles. Hoy en la tarde me obsesionó no saber. 

Estaba caminando hacia la taquilla del cine y vi a dos niñas de doce años sentadas en una banca de madera mugrosita. Una recargaba su cola de caballo sobre el hombro de la otra. La dos estaban viendo al frente con los ojos vivos y cansados. Y yo no sabía nada. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían ahí, solas, recién peinadas y muertas a las diez de la mañana? ¿En qué habían pensado mientras se ponían esos calcetines que hacen juego con su suéter? ¿Cómo es posible que yo no sepa todas estas cosas?  ¿Cómo es posible que haya en el mundo tanta gente de la que tanta otra gente no se entera?

Entré a la sala a que me pegara la ficción. La ficción es una forma de enterarse, aunque sea de falsedades. Me senté en un esquina y seguía sin saber:  ¿Quién es esa mujer que se sentó a ver Batman junto a mí, acompañada solamente de un bebé y una carreola? ¿Quién no vino con ella? Y ese que no vino ¿Con quién está y por qué? 

 ¿Cuántas veces he visto una película con alguno de estos extraños?  ¿Cuánto habremos cambiado entre una proyección y otra?  ¿Cuántos panes se comieron? ¿A quién no llamaron? ¿Qué libro leyeron a los diez años? ¿La mayoría estarán tan aburridos como se les ve? 

 Si todas esas cosas ocuparan espacio, si se pudieran tocar, guardar ¿Cómo se verían? Las ideas podrían robarse como las bolsas.  Yo podría robarme todas los chistes que hace mi primo Arturo y aventarlas  en un país extranjero. Les pegarían a todos en el estómago y los harían reírse hasta que vomitaran, o hasta que se enamoraran de mí como yo me enamoro de él después de un ratito de oírlo.

Si los cariños y los recuerdos que hacen que la gente se mueva, se ría, se bese y se piense de cierta manera estuvieran junto a ellos, físicamente junto a ellos, alguien más podría tocarlos y moverse, reírse y besar como ellos un instante.

Podría ver la idea que otros tienen de mí, mi imagen desde su cabeza, desde el recuerdo de lo que creen que soy. Habría cientos de versiones físicas de la misma persona y todas cambiarían constantemente, del mismo modo que hoy cambian en el espacio etéreo en que los cargamos. 

Ese sería un mundo raro: lleno de música sin terminar, rodando entre las piernas de extraños que no tuvieron nada que ver con ella; como hoy rondan los pantalones y la basura y los abrigos largos. ¿De qué color serían las memorias y de qué color las pasiones? ¿De qué color las imágenes? 

¿Qué tan grandes las cosas que lastiman? ¿Y las que acompañan? ¿La felicidad sería más atractiva que el dolor? ¿Las buenas ideas tendrían más luz que las malas? ¿Las ilusiones serían azules como siempre las he visto o tendrían un color que nadie conoce y no se ha podido imaginar?  

La gente con malos recuerdos y malas ideas podría dejarlas en la calle y dejarían de pesarle; cambiaría quienes son, para bien y para mal. Se podría regalar amor, literalmente. A primera vista se sabría con quien compartes tristezas, con quien miedos y de quién podrías enamorarte. Podrías detenerle a alguien su soledad mientras se pone los guantes y dejaría de estar solo hasta que se la devolvieras. Yo podría dejar una gran idea en el cine, del mismo modo que hoy dejo celulares y carteras. En cuestión de días la gente despistada como yo, tendría la cabeza en blanco. En cambio la gente coda estaría llena de tesoros, pensando todo el tiempo y almacenando sus ideas en bóvedas inmensas. Se inventarían bancos de sueños y de recuerdos, con cuentas separadas para las metas y los desencantos. 

¿En dónde cabría tanto ocio? De por sí estamos tan apretados que Suiza manda su basura a Sicilia. Sería un desorden. Con las puras quejas de la falta de espacio sería suficiente para llenarlo.

Pero me obsesionó no saber. Ojalá todo se viera.  

miércoles, 2 de julio de 2008

Un texto viejo de mentiras, hombres y futuro.

Trato de pensar. Pensar. Pensar. Tengo un pleito constante entre lo que quiero saber y lo que voy aprendiendo. La juventud es un instante insoportable. Las posibilidades se averguenzan de si mismas. Se plantean como un abismo. Un espacio negro que no se llena con luz sino con luces, todas paralizantes. El presente se distingue sin saberlo. Se mueve inexorablemente hacia atrás, hacia atrás siempre con la ilusión de futuros inpostergables que no se tocan y no se sienten legítimos. Habiendo tantas causas mayores soy un joven que no se mira, no se encuentra, no se interesa. No tengo en mi un pensamiento cierto, sólo certidumbres temblorosas. Tengo un temblor de cigarro y de obsuridad. Un temblor. Un miedo que espera. Tengo un hombre que tiene una mujer. En realidad no tengo nada en esta abundancia externa que me va llevando sin mayores planes hacia lo que quiero querer. La nostalgia de los jovenes es patética pero profunda. Debería ser inexistente porque en realidad tenemos muy poco que extrañar. Vivimos haciendo chistes malos de arrogancia y presunción cuando la verdad es que la mayor parte del mundo podría prescindir de nosotros, de mí sin duda. Busco asideros en arenales inmensos. Me aferro a los pocos granos que se quedan entre mis piernas. Me abruma, me detiene cada paso esta ansia de ceridumbre que debería estar en movimiento. Otra vez las grandes causas, otra vez lo que deberíamos hacer. Toda la responsabilidad y la única importancia de lo propio. Volcarse sobre otros debería ser una obligación, los otros que son cercanos y sirven sólo para entender que estás volcado sobre tí mismo.
Muchas personas me mienten. Estoy segura de que es mi culpa. Me mienten porque de algún modo saben que no me importa, que a veces me hace gracia la ficción que se siente verdadera. Me mienten los mayores, los líderes que me impongo, los hombres, por supuesto. De algún modo no me importa. ¿Por qué no ha de mentirme cualquiera? ¿Un cualquiera que trate de darse importancia? Me miente porque puede.
Quiero a ese hombre que no me mira. Por el motivo idiota de que no me mira. Peor que eso: me mira a ratos. Me siento observada de cualquier manera y tiemblo. Siempre tiemblo mucho más de lo que debería. Se me impone como el mundo que no debo detestar. Que no detesto porque odiar al mundo es cosa de gente mediocre. Y aunque a ratos me gusten mis malas caras (me gusta ser como soy a veces tonta, egoísta y malcriada) la mediocridad como estilo de vida me aterra. Hay que obligarse a querer al mundo, por ingrato, por consentidor, por traicionero: por guapo. Me pregunto siempre siempre cuál de todas las luces que me deslumbran en el camino estaría bien seguir. Cuál de todas las posibilidades de pena, de delirio, de juventud.
La incertidumbre de la corta edad es una obviedad dolorosa, es por eso que creer en los mentirosos es el único camino para exorcisar la duda. Las mentiras existen más claramente que las verdades porque las mentiras están respaldadas por un plan que el mentiroso elabora con cuidado. Las verdades en cambio simplemente suceden, sin propósito ni intención lógica, felices porque su condición de verdad las hace de inmediato inapelables. Las mentiras, benditas ellas, son la única forma concreta que hace la abstracción de la corta edad soportable. Mentir es hacer creer y las creencias son certezas. El fraude es más claro que la realidad. Tal vez agradezco a quien me miente porque me aclara la vida un segundo. Me da un momento. Y el momento certero es la mayor de las dichas.
Siento que paso mucho tiempo indagando lo que son las cosas, lo que son de verdad. Pero llego tan rápido al límite de mi capacidad conceptual que prefiero vivir de ficción. Confundirse es el mejor camino a la comodidad. Las mentiras acomodan. Son verdades aparentes en las que no hay nada que investigar. Calman el ansia de aclaraciones. Toda mi vida, mi corta, cortísima vida me he sentido vieja y por lo tanto sabia y por lo tanto digna de arrogancia. Pero estoy cansada de poseer lo que considero sabidurías ancestrales. Trato de pensar siempre. Entablo pleitos irreconciliables con la realidad impuesta.
Generalmente pienso y pienso sin lograr mayor cosa: el mundo es así, yo soy así, él es así. Si fueramos diferentes tal vez esto o aquello podría pasarnos. Como no somos diferentes, sino que somos como somos, me consuelo formulando hipótesis de realidad que son, otra vez, mentiras. Me miento rápidamente para neutralizar el ataque de la verdad. Mentiras suyas, mías y sobre todo del mundo hacen un esbozo de realidad certera. Quizá sea bonito pensar. Pensar en el futuro, pensar en el arrastre del tiempo, pensar en los hombres sinceros. Yo de verdad o de mentira, sólo trato de pensar.