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jueves, 31 de diciembre de 2009

Chetumal de posibles

Vinimos a Chetumal, pueblo caribeño y fantástico donde nació mi papá, sus hermanos y el resto de la parentela; pueblo del que huyeron hace ya muchos años cuando vino un ciclón y se llevó lejos las casas, los caimanes y la audacia de la honorable familia Aguilar Camín.

Llevamos apenas tres días aquí pero ya me han pasado tantos posts por enfrente que no he podido escribir ninguno. Así que decidí dejarlos todos aquí, con sus títulos y sus posibilidades, desmembrados como promesas que no me da la cabeza ni el clima para cumplir. Van:

1. Selva, mar, historia y juventud

Este primer post que no voy a escribir empezaría contando que así dice la primera estrofa del himno de Quintana Roo, a que no sabían que Quintana Roo tenía himno. Diría también que el coro termina cantando "la tenacidad como virtud, eso es Quintana Roo" y comentaría que realmente la tenacidad es mucho mejor cualidad para desearle a un pueblo que la valentía.

Escribiría de la cantidad imposible de mitos y leyendas sobre los que se ha construído este territorio, del amor absolutamente ciego que le tienen todos sus habitantes, del orgullo con que andan por éstas calles y sus casas pintadas de anaranjado y verde pistache como si anduvieran por las glorias del París de cambio de siglo.

Contaría cómo mi papá se convierte aquí en el cacique mandón y encantador que debe haber sido en la infancia. Que lloró recordando todo lo que se le ha ido perdiendo en la vida y que recupera de pronto cuando regresa a esta tierra. Que me hizo pensar en mi abuelo, que tiene casi cien años, el suelo perdidio y la obsesión de volver también aquí y recuperar un imperio imaginario que, él está seguro, lo sigue esperando en la selva de los alrededores.

Haría toda clase de comentarios intensos, como a la Gloria Etefan, sobre el poder de la tierra natal.

Cantaría “Suéñame Quintana Roo, no me vayas a aolvidar, quiero estar dentro de ti, cuando el sol te empiece a acariciar” y contaría que semejante cursilería de letra hizo llorar a propios y extraños hace dos tardes, porque somos cursis y porque el amor a este lugar se contagia como la euforia en los estadios.

2. Cabrón Andrés

Este posts sería altamente irregular y falto de vergüenza. Consistiría en molestar a mi poca audiencia masculina quejándome amargamente de que se me atrasó la regla y entre la sal de la costa y el acumuliativo PMS, retengo agua como puerco de engorda; me duele la espalda baja como a una anciana; y siento que mis pies y boobs explotarán en cualquier momento. Debatiría horas si debo escribir boobs o pechos o tetas (odiosos términos y palabras feas, todas).

Admitiría que me es difícil pensar en otra cosa, escribiría párrafos interminables sobre la injusticia de este karma que mi abuela llamaba la lata y la abuela en mí se quedó llamando Andrés (porque viene cada mes, para los que no conocen la ñoñería). Me burlaría de las múltiples mujeres que he oído gritar que no pueden ver sangre cuando alguien se corta con una hojita de papel. Vamos, hasta tendría el descaro de hacer una descripción incómoda y rigurosa de mis múltiples síntomas y particularidades anatómicas. Luego me entraría un ataque de pena y borraría más de la mitad dejándolo clasificación A.

Puesto así es bueno que no tenga yo cabeza para escribir algunas cosas, realmente.

3. Dos arcoiris y la luna

En este contaría que llueve en el pueblo caribeño. Contaría que el diciembre pasado mi hermana y su marido y todos nosotros tuvimos una pérdida que no puedo ni describir. No trataría.

Contaría que hace dos días fue aniversario de esa tristeza y que llovió como si alguien se lo hubiera explicado al cielo. Contaría que cuando paró de llover aparecieron sobre él dos arcoiris redondos y brillantes como dos consuelos; que en mitad de ellos y del día apareció la luna, blanca y limpia.

Contaría cómo mis sobrinos se asomaron a verla con sus caras y sus risas, mejorando el aire con su paso. Contaría que mi hermana es valiente como la luna y sus hijos inabarcables como dos arcoiris.

4. La casa de Santa Clós

Aquí aparecería el primo Aguilar que lleva veinte años decorando su casa de Navidad con tal ahínco que los niños del pueblo empezaron a llamarla la casa de Santa Clós. Todos los años se junta una bandota para ver cómo prenden las luces como si fueran el árbol de Rockefeller center. Y no es para menos, realmente, la casita tropical tiene más luces en una esquina de su fachada que diez cuadras de Park Avenue.

La mujer del primo fue presidenta municipal de Chetumal y durante su gobierno, por petición popular mind you, expandió su espíritu decoratovo al resto de la ciudadcita. Empezando por el palacio de gobierno que ahora brilla en amarillo, rojo y verde con una intensidad capaz de cegar a Mr. Magoo.

Seria un post muy cínico, políticamente incorrecto y mal recibido por los parientes locales, pero no podría evitar preguntarme ¿dónde carajos cree esta gente que vive? Estamos a cuarenta grados a la sombra y toda la ciudad está llena de muñecos de nieve, renos y luces blancas. Debe ser el condado con más decoraciones per cápita en el planeta tierra. Y es imposible no pensar que no podría venir menos al caso, es como colgar collares de flores y cocos en el Big Ben.

5. El sur

Este se trataría de una obviedad: México abarca ochenta y mil mundos.

Estando el Los Angeles rodeado de burritos, se olvida de pronto que existen el axiote y los papatzules. Pensamos en la frontera, en Tijuana y en Culiacán, se nos olvida Campeche.

Me preguntaría por ejemplo si el compa tijuanense sabe qué es el relleno negro. Desvariaría horas sobre las múltiples virtudes de semejante guiso.

Quiero creer que se me ocurriría algo más inteligente que decir para ilustrar esa verdad sonsa que me cayó de golpe, mientras bobeaba frente a la transparente bahía de Chetumal: el sur de México no es una región del país, es su propio universo.

6. ¡Qué me importa que se rían!

En este larguísimo post contaría que fuimos a casa de los primos y cantamos, porque había micrófonos y guitarrista y porque somos una familia sin vergüenza y con garganta.

Contaría que mi mamá cantó "Arráncame la vida” que es el que ella llama su número fuerte. Pero que a mí me gusta más cuando canta "Los mareados" y su voz ronca, lastimada, preciosa suelta esa letra que me parte en dos desde mucho tiempo antes de que tuviera yo edad y pérdidas suficientes para entenderla:

- “Esta noche amiga mia, el alcohol nos ha embriagado, ¿Qué me importa que se rían? Y nos llamen los mareados. Cada cual tiene su pena y nosotros la tenemos, esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más. Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida, tres cosas lleva el alma herida: amor, pesar, dolor. Hoy vas a entrar en mi pasado, hoy nuevas sendas correremos. Qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo ¡ay! mira lo que quedó.”

Enorme. Ya hasta empecé a llorar.

Contaría también que se cantó: “Rival de mi cariño, el viento que te besa, rival de mi tristeza mi propio corazón.”- Y contaría que me gusta, cómo me gusta y cuánto me gusta.

Le buscaría un contexto a la letra de “Lágrimas de sangre”, en lugar de sólo aventarla como haré a continuación: “Yo que tuve tu boca y tus manos y tu pelo, y la blanca tibieza que derramaste en mí, hoy me desgarro el alma como una fiera en celo y no sé lo que quiero porque te quiero a ti”.

Y hablaría de las benditas tedencias pornográficas de Agustín Lara (encontraría una manera más elegante de decir pornográficas) y me quejaría de la cantidad de mochos y censuras que volvieron semejante cosa buena una canción tan obscura que ni los músicos se la saben.

Terminaría contando que mi hermano Mateo cantó a José Alfredo en el rincón de una cantina. Que fue lo máximo oír su voz tersa, buena y tímida, entonar:

“¿Quién no sabe en esta vida la traición ta conocida que nos deja un mal amor? ¿Quién no llega a la cantina, exigiendo su tequila y pidiendo su canción?”

Encontraría una manera simpática y lírica de decir que todos exigimos nuestra canción y nos la dieron. Y diría que fue padre. Quizá diría padrísimo.


Y ya. Ahí tienen todo lo que no me dio la vida y la gana escribir. A úlimas fechas no me da la gana ni la vida escribir casi nada. Me conformo con la idea de que podría escribir tanto. Y me amparo diciendo que las posibilidades son buenas y recordando que Chetumal ha sido siempre, si algo, un lugar de posibles.


jueves, 8 de octubre de 2009

Sunny L.A. REPRISE

Tengo una ventana en Los Angeles y por primera vez desde que llegué he tenido la mañana para contemplarla. Es fea esta ciudad. Fea como ella sola. Tan fea como el DF aunque de modo completamente distinto. Es chaparra, amarillenta y sucia, hasta donde es limpia: Beverly Hills – chaparro, amarilento y sucio. Del paseo de las estrellas mejor ni hablar; da triquinosis caminarlo en chanclas. Mi ventana mira al downtown, que no parece pertenecer porque es alto y está lejos de la playa y de las montañas; pero es igual o más mugroso y por el fondo de los pasillos que arman los edificios se asoman las carreteras con sus palmeras y su sol blanco.

Llevo veinte años alimentándome el mito Woody Allenesco de que Los Angeles es el infierno pavimentado. Hay que decir que algo hay de eso entre sus calles obscuras y calladas; los pechos ultra firmes y anaranjados de algunas de sus mujeres; y la estúpida cantidad de palmeras que enmarcan sus calles. Pero llevo tres meses en Los Angeles y cada día lo quiero más ¿Tres meses? Igual son dos, me estoy alocando. Lo que sea, ha sido bueno. Cada día que despierto en esta ciudad me conmueve más su dulzura; la cantidad inconmensurable de sueños falsos que sus habitantes persiguen; la paz con que la ciudad los contradice y ellos se aguantan. Terminator gobierna y el cine es rey. El setenta por ciento de la gente que vive en Los Angeles trabaja o quiere trabajar (léase trabaja en Starbucks pero en las noches escribe su guión) en lo que viene siendo “la industria”. Se dice fácil pero lo que implica semejante cifra es que el setenta por ciento de la gente que vive en esta ciudad tiene la cabeza puesta en vender, fabricar o consumir ficción ¡Ficción! En eso les va la vida. Es la gloria. Todos están locos aquí (me incluyo, a últimas fechas). En realidad vivimos en otro mundo y por eso podemos vivir en este horror.

Soy estúpidamente feliz en Los Angeles ¿quién me lo iba a decir? Mi escuela me recuerda a mi prepa – desorganizada, chica y repleta de banda que se toma en serio y se ríe de sí misma con igual entusiasmo. En mi super hay Adviles de doscientos colores, chícharos Del monte, iTunes gift cards y Vel Rosita. En la esquina de mi casa hay un diner que hace los mejores hot cakes que alguien haya probado. El agua tiene tanta sal y cloro como las albercas de El Rollo: me está poniendo el pelo rojo y la piel seca; pero la cara limpia como la de una princesa. Hay también el Egypcian Theatre a donde no llegué a ver el revival de “Barry Lyndon” pero sí el de “The last picture show” y el de “Tiburón”. Está el Cedars Sinai que curó a mi madre hace tanto con una mirada y que me ha dado asilo más veces de las que quisiera.

Está también Giulia mi compañera de departamento que es la niña más niña con la que habré de amistar jamás, que limpia y cocina como Betty Draper; que me ha enseñado (a mis 25 años) a usar base y crema de noche; y que habla chino antiguo como si fuera normal. También están los compadres mexicanos, uno de Tijuana y otra del DF: el norteño es fan de Tarantino pero ahí se le acaban los defectos y todo lo demás es fiesta; la chilanga es tan guapa como feo es Los Angeles y está aquí tan viva como están muertos los bares después de las dos. También están los compadres españoles: una que se llama como la mejor virgen de su tierra y que es una cabra loca capaz de conquistar al gringo más desangelado; y otro que tiene la sonrisa iluminada de un madrileño digno y las maneras suaves de un lord inglés. Junto a su casa viven el irlandés y su esposa, con sus pieles transparentes, sus cabecitas llenas de libros brillantes y su sala llena de gente buena y café recién hecho a cualquier hora del día. También están el californiano corrioso que se viste como niño, graba hip hop en su sala y tiene la voz tersa de los hombres buenos; y el pelirojo de Nueva York que se volvió familia en tres días porque aunque no tenemos nada evidente en común, nos intuímos idénticas la visión del mundo y la rutina. Hay también un editor de Jersey que usa zapatos de dos colores como Santino Corleone; una francesa a la que le cae el pelo por la espalda como una bendición; un israelí amigo de Yaron que me hace llorar siempre aunque es terriblemente simpático; un productor intenso y as gay as the day is long que te arrincona y te habla de Beyonce; un fotógrafo que usa un sombrerito y que se casó a los dieciocho años con una mujer a la que llama “the one”; un maestro con un Oscar y dos ojos de perro azul que te arregla la vida como al pasar, con media frase.

Hay en Los Angeles más cosas buenas de las que me da la gana contar. Hay la obligación de inventar y convivir. Brillan en sus marcos de palmeras, mugre y silicón.

Es simpático, realmente, cómo cuando andas sintiendo que desordenas, la vida limpia la casa y te acomoda en donde vas.

domingo, 30 de agosto de 2009

Te escribí una canción de Arjona

Hoy desperté y mi primo Daniel (que es dios en la tierra) me había mandado un correo con el título de este post. Y adentro traía la joya que les dejo aquí.

Tiene pasatiempos raros mi primo Daniel (que es dios en la tierra) entre ellos le dio por escribir una canción de Arjona, es decir emulando la brillantez de estilo que caracteriza a este poeta urbano de tantos, tantísimos, alcances y limitaciones. Limitaciones que son evidentes y no tiene caso discutir, pero alcances que son capaces de una altura tan salvaje... vamos, el hombre nos ha regalado botellas con pestañas; problemas que problematizan problemáticamente; amantes que se aman aunque uno coma caviar y otro tortilla; mujeres que se sientes tales porque lavan los platos mientras se destapan el escote detrás de su ventana; y por supuesto, el pináculo de pináculos en fondo y forma: lágrimas negras que ruedan por mejllas y retrovisores que dicen "¡Uff! ¡Qué pantorrillas!".

Quien no se inspire con estos tesoros de la lírica no puede llamarse propiamente humano. Mi primo Daniel (que es humano a pesar de ser dios en la tierra) se inspiró ¿cómo no? Y nos regala esta chulada:

QUE VOY A HACER SI A MI (Canción de Arjona por Daniel Mastretta)

Parado en la esquina de tu casa,
Una marchanta me tortea,
Será que no estoy de gua-asa,
o me parece un poco fea,
Pero me ofendo y me volteo,
Para hacerle un comentario,
Y me pongo un poco serio,
Cuando veo que es lo que veo,
Es la nada y na-ada maaaaaas.

Que voy a hacer si a mi,
Las muchachas me tortean,
Yo no soy como la gente,
mi trasero es de madera,
y se quema facilme-enteeee.
como el corazo-o-o-o-o-o-ooon.


Esperaba en la parada del micro,
a que se vea tu silueta rebosante,
cuando bajé la guardia un poquito,
sentí un toqueteo rosante,
Y no es que yo sea un miedoso,
pero no conteste nada,
pues al voltear fulminante,
habia solo un taquero y un mozo.

Que voy a hacer si a mi,
Los muchachos me tortean,
Yo no soy como la gente,
mi trasero es de madera,
y se quema facilme-enteeee
como el corazo-o-o-o-o-o-ooon.


No es porque que yo este bonito,
que me torteo yo solito,
es porque sé que ya te has ido,
a los estados unido-o-o-os,

Que voy a hacer si a mi,
Los muchachas me tortean...

Que voy a hacer si a mi,
Los muchachos me tortean...

como el corazo-o-o-o-o-o-ooon.
como el corazo-o-o-o-o-o-ooon.
como el corazo-o-o-o-o-o-ooon.

lunes, 27 de julio de 2009

¡Llévelo, llévelo!

El sábado pasado nos presentamos a ver a Alan en "Qué plantón". La obra fue padre, pero ¡oh por dios! el previo fue demasiado bueno para soportarlo.

Para los que no tengan el gusto les cuento que "Qué platón", igual que el 95% de las obras cómico mágico musicales que se presentan en este país, está en el los teatros Telmex, ubicados arriba de un rascuachísimo centro comercial en la muy sana encrucijada de Cuahutemoc y Chapultepec. Fue ahí, damas y caballeros, en el pasillo Cuahutemoc, corazón de la plazucha de los teatros Telmex y pináculo (junto con la galería de las estrellas) de la decadencia comercial de nuestra gran nación, donde les presumo ahora que encontré la dimensión desconocida. Es ahí donde encontré el lugar más extraño en el que he estado jamás, y se hacía más extraño en tanto se sentía más familiar.

Es un lugar más alucinante que el umbral de la homosexualidad de Beto cuevas; más mágico que la entrada al castillo de Greiskol; más misterioso que la fuerza motriz de la mansión del Conde Patula; más sobrecogedor que el mundo bizarro de Superman. Abarcarlo es imposible, incluso en posesión de la espada del augurio que, como todos sabemos, ve más allá de lo evidente. No me alcanzarán las descripciones para hacerles entender, no me alcanzarán las imágenes para hacerles sentir. Este es un lugar que supera calquier atajo nominal: es el súper "La ganga" en el pasillo Cuahutemoc.

Empezamos con el primer ofertón: el gemelo malo del Kool Aid - Mixium del Chavo. Fabricado en Tabasco of all places - Reflexionen por dios, este producto es prueba irrefutable de que hay vario individuo en Tabasco que responde a la pregunta "¿A qué te dedicas?" con la frase "Empaco y transporto Mixium del Chavo". Y yo pensaba que mi amigo que vende huevo en polvo tenía un trabajo obscuro.


Segunda ganga: cereal choco Ronis ¡Choco Ronis! me cae. Doce pesitos la caja. ¿Qué tan malo puede ser? Al lobo asesino que está retratado en la portada se le ve contento.


Y ¿Qué tal este abusivo individuo que alega llamarse Gustavo quitándole el pan y el household name de la boca a la abuelita de México? Ya no hay moral.


Y aquí tenemos la aportación de "La Ganga" a la mala salud dental de los niños de México, por lo menos de los cinco niños de México que tendrán el valor de abandonar a los Dulces Vero (que son primero) por un producto de nombre tan sospechoso como -paleta Pica Pepino-. (En la esquina superior izquierda se dan el taco de apuntar: "Denominación de Origen - Pantitlán Edo. Mex." No es broma).



También había algunas joyas en el pasillo de higiene personal. La primera, cuya grandeza salta a la vista, aquí:


La segunda, cuya grandeza es igual de evidente pero requiere aclaraciones para ciegos: el producto se llama Butt Aid y el claim de la banderita de abajo reza: Relief for the un-happy butt. Así que ya saben, if your butt is already happy, save your money.


Había más cosas en "La Ganga". Demasiadas para creerse. Absolutamente imposibles de enumerar: desde sartenes y moños para regalo, hasta velas aromáticas, papel de baño color durazno, plumas marca Timbiriche, DVDs de Soft Porn (el cuento Vaquero en live action, banda. ¡Adquiéralo ya!). Finalmente en un rincón hasta encontré esas galletitas de mantequilla que vienen en una lata azul de pisitos, idénticas a las que mi abu compraba cuando éramos niños. Ocho pesos costó que yo me llevara mi nostalgia en una bolsa de plástico frágil y maligna.

¿Qué les digo, damas y caballeros? ¡Llévelo, llévelo! encontré un umbral a otro mundo.

domingo, 12 de julio de 2009

Sunny L.A. aka the horror

Ah pero ¡qué fea es esta ciudad de Los Angeles! Vine con mi mamá a buscarme un departamento porque tendré el honor de asistir a una de sus escuelas de cine (a la más coqueta, según me dicen y yo presumo). Como era de preeverse mi mamá odia esta ciudad. La odia más que Woody Allen y yo combinados… y miren que estaba cabrón. Esta expedición al Fabulous Hollywood, baby! lleva apenas un día y ha estado tan accidentada como se esperaba pero también mucho más chistosa.

Estamos en un hotel mamonsísimo en donde hay unas mujeres de cuerpos espectaculares y voces agudas que andan en minifalda enseñando todo lo que tienen tan digno de enseñar; y hablan de nimiedades a gritos sin esconder todo lo que tienen tan digno de esconder. Estamos en el doceavo piso del hotel mamer y desde las profundidades de la alberca nos llegan los gritos de una de esas mujeres y sus decibeles de diversión ¿qué le estará pasando que sea digno de tanto alarido? Yo nunca he dado un grito en una alberca. Nunca. Es un tipo de personalidad, la que pega de gritos en una alberca, que me parece digna de estudio. Incluso en las rarísimas ocasiones en las que he estado en posición de gritar, emocionada, en una alberca (jugando caballazos o clavados o alguna de esas siniestras actividades) nunca he entrado en un ataque de euforia tal que me provoque un ¡¡¡ahhhh!!! tan agudo y poderoso que alcance a las infelices almas del doceavo piso de mi hotel.

Nos cambiamos de cuarto, por supesto, dado que el primero nos pareció intolerable y nomadear por los hoteles es una actividad ya tradicional en la familia. En el primero, una foto de Mick Jagger bebiendo reinaba sobre la cabecera de la cama. Mi mamá peguntó quién era Mick Jagger. – “¿Un rockero?”- Por algún motivo mi mamá no es de su generación. – “Sí ma, un rockero” – dije yo. Y después ella agregó el gran pilón: - “¿Por qué tenemos que dormir viendo a Mike Jagger ligar con esa señora horrible?” – dijo, y llamó al front desk de inmediato. Yo corrí a ver quién era la señora horrible que yo no había visto en la foto: era Keith Richards.

Ahora dormimos en una cama sobre la que reina Jimi Hendrix acostado en el cofre de un coche. En el pasillo nos topamos con seis imponentes californianos chancludos y en bermudas, con la piel morada de sol, patotas y espalda de gimnasio. Mi mamá se contuvo pero cuando los vio venir casi pega un grito de pánico. Y ahora se queja aquí echada en la cama junto a mí.

“¡Qué feos estaban estos muchachos de la entrada!”– se lamenta, la pobre – “Eran idénticos a ese güero horrible de esa película en la que un tipo anda en moto por todos lados” – en este punto hace una pausa melancólica y culmina – “hasta que se muere”.

Sí eran feos los tipos de la entrada, feos como la ciudad que los alberga.

Hemos comprobado muchas cosas que ya sabíamos en esta expedición: que Los Angeles es horrible; que encontraré un departamento fácilmente; que a pesar de mi fobia a Hollywood he de pasarla muy bien aquí; y la más más evidente, preclara, indiscutible: mi mamá es, entre otras cosas, dios.

martes, 7 de julio de 2009

Déjate querer

Me llegó un mail de un tipín con el que salí hace mil doscientos años que decía muchas sonsadas y culminaba con una sentencia que es encabronante y divina al mismo tiempo:

"Espero que la próxima vez te des la oportunidad y dejes que te quieran como no me dejaste a mí" - eso escribió, el pobre, no es broma.

Los hombres son entes fantásticos, de verdad, se les ocurren unas cosas... A unos se les nota que van a salir con ese tipo de ondas y entonces es cosa de no acercarse, pero hay otros más peligrosos (como éste que escribió) que se ven normales de pinta, vamos, hasta estilo tienen y luego salen con que no te dejaste querer.

- "Siendo yo tan maravilloso y generoso que hasta la quiero, ella no me quiere a mí, ergo, algo anda mal con ella" - Esta forma de lidiar con que no te hagan caso es una mezcla tan pura de arrogancia y desprecio hacia el otro que sólo puede escaparse de las víceras de un ser masculino.

Cuando un hombre no le hace caso a una chica, el consejo tiende a ser - "Ni modo, no quiere contigo, no te claves, pasa a otra cosa" - A veces, en casos muy desesperados, hay mujeres que apelan al mentiroso - "él se lo pierde" - que saca de apuros aunque no alivie las ansias frustradas.

Pero los hombres aplican el - "Es que no se dio la oportunidad. Es que está cerrada al amor. No es que no me quiera, es que no se deja querer".

Escribiéndolo me doy cuenta de que estoy siendo injusta. Con un tono distinto, de más lamento y menos orgullo, pero también abundan mujeres que aplican la versión femenina de este funesto modo de pensamiento que se resume en que cuando alguien no se enamora de ellas se debe a que "le tiene miedo al compromiso y a la intimidad". No, no. La realidad es que le tienen miedo al compromiso y a la intimidad con ellas, de manera concreta y específica.

La escuela del "date una oportunidad" trabaja de cerca con la del "lucha por ella" y la del "dile que no para que se clave contigo". Siniestras clases se imparten en estas aulas, llenas de juegos, rosas, "pensamientos" escritos con plumas de colores y muchos, muchos delirios de grandeza.

La realidad es que cuando dos personas se topan y se quieren, se quieren y ya está. Todo el resto: el sobre-análisis de llamadas, los mensajes sin contestar, las largas horas de plática sobre intenciones ocultas, traumas de infancia y miedos arraigados; todas estas cosas terribles que llegan por mail y arruinan una mañana perfectamente agradable nacen solamente de la falta de correspondencia.

Existen sólo en las manos de ese ogro asqueroso que yo denomino científicamente como deseo dispar.

Todo el mundo quiere dejarse querer, la parte buena viene con la difícil: encontrar por quién.

lunes, 8 de junio de 2009

Día de casorios

La semana pasada llegó el sábado blanco de las dos bodas.

Hubo que levantarse tempranón para alaciarse el pelo y ponerse crema en las piernas y esas cosas que uno hace cuando hay evento.

La prima se casó en Cuernavaca (o eso dijo, la neta se casó casi llegando a Acapulco, la reina, pero el lugar estaba tan coqueto que se olvidaba todo el rencor). Maldije un poco en el camino porque hacía tráfico y era tardísimo y mis papás parecen quinceañeras a la hora de salir hacia la carretera – “¡Cati! ¡Perdí mis zapatos adentro de mi cóset!”, “¡Geles! ¡No tengo camiseta para la camisa que me obligaste a ponerme! – etcétera. Llegamos maleducadísimamente pero como reyes a la mejor parte del show: los votos. Eso de que los novios se den anillos y se prometan cosas es padre. Y es padre ir a bodas en las que los novios se quieren mucho, pero mucho, mucho, como era el caso esta vez y como es el caso pocas veces (a todos los novios se les ve contentos en su boda, pero a muy pocos se les nota lo pendejamente enamorados, lo muertos de ganas de tocarse para siempre, lo redondamente encantados que están de conocerse) a la prima y al novio tipazo se les notaba. Tanto que una vez pasados los votos y entrando al full-on de la misa (que por mi desaventurada falta de fe no es mi fuerte) hasta me divirteron las múltiples menciones a la virgen, a Jesucristo-nuestro-señor y en general al hecho de que la unión se hacía en nombre de dios mismísimo. En realidad la unión era tan unida que se hacía en nombre de lo que a cada quien le daba la gana.

La prima era la novia perfecta porque tiene cara de niña chiquita sin serlo: metida en su vestido blanquísimo era la mezcla ideal entre una bebé vestida de princesa y una esposa propiamente esposada.

La boda: un éxito. Como niña de los ochentas que se respeta (y se asume) la prima bailó Bryan Adams en brazos de su recién adquirido marido y "Que sera, sera" en brazos de su recién abandonado padre. Yo empecé a llorar, como la cursi irredenta que soy, desde como la mitad del primer -baby you´re all that I want- que escupió el señor Adams. Para cuando sonó "New York, New York" y el hermano de la prima entró a la pista (primo también, entacuchado y divino) yo ya había perdido el estilo por completo y soltaba unas lágrimas gorditas y clavadas como casi todo en mí.

Después de eso la pista quedó oficialmente abierta y pasamos a la cumbia, al venao, al that´s the way aha aha, etc. Durante “pásame la botella” apareció en el escenario un monito con una botarga de Jaime Duende que se encargaba de empinarle una botella de tequila a quien se iba formando. El novio había encargado semejante amenity y la prima pasó cargando las gasas de su vestido y abriendo la boca para recibir su dosis - comprobaciones, ambas, de aquello de que son tipazos, como les digo y les digo. Desde el principio se rehúsaron a tomar en serio la intensa seriedad que viene con eventos que incluyen las palabras "para siempre". Ti-pa-zos.

La única queja que pude esgrimir frente a la perfección del evento es que no había pastel de bodas. Un life-changing event sin pastel ¿cómo de qué me hablan? Se ve que los novios no comparten mi tendencia irremediable a conectar los carbohidratos con la felicidad.

Hasta ahí el recuento de la boda uno.

En cuanto a la boda dos, sí traté de llegar pero que ni lo logro ni nada. Por qué sí pude tratar y por qué fracasé son dos historias largas y aburridas que les resumo así: traté porque mi papá hizo un berrinche que nos corrió temprano de la boda uno; y no llegué porque el departamento de obras públicas de la hermana república de Satélite me la aplicó como a los grandes.

Sólo pude hablar por teléfono con mi amigo Juanito ese día de su boda (boda dos). Le oí una voz ligera e incrédula que sólo se le pone a quienes están descubriendo la euforia en su estado más puro.

No creo que me hayan extrañado nada; ni la prima por salir temprano, ni Juanito por no llegar.

Los novios felices no extrañan a nadie que no sea el otro.

Debe ser una cosa padre, esa.

lunes, 9 de marzo de 2009

Huir de Banamex

Hace una semana me liberé de Banamex. Quería huir desde hace algunos meses por motivos de pormenores tan enredados que no planeo aburrirlos con ellos. La historia de cómo le roban indiscriminadamente a alguien más siempre es aburrida. Basta decir que en Banamex la banda roba indiscriminadamente y tarde o temprano todos sus clientes han querido o querrán huir.

Hace una semana por fin me dejaron ir con mis míseros pesos y me entregaron una hojita que dice que ya no les debo ni el nombre (les debía yo sin haberles pedido prestado, de ahí y otros horrores la necesidad del escape). 

Huir fue padre, pero el detalle de la huída fue precioso: 

Para efectos del cierre definitivo de nuestra interacción, le entregué a la señorita de la caja un cuestionario que cuestionaba, entre otras cosas, los motivos del cierre. Dí palomita en las cuatro cajas de opción (el producto no satisface mis necesidades, el producto no se adapta a mi estilo de vida y otras dos del tipo que no recuerdo). Pero no me pareció suficiente así que en la rayita de - otros -  escribí: "Quiero huir de Banamex".

La señorita tomó mi hoja y fue copiando mis respuestas con gran concentración y profesionalismo. Hasta que llegó a mi motivo y soltó una carcajada. Yo asentí con gran alegría y cinismo.

Y ella se acercó a la ventanilla para decirme bajito, sin perder la sonrisa - "Yo también".

Tipaza. 

viernes, 20 de febrero de 2009

Vándalo tipazo y otras mañas citadinas

Hay un hombrecito (o quizá un grupo de hombrecitos) que han vandalizado los semáforos de Alfonso Reyes. Rompieron (o quizá sólo fundieron) selectivamente los foquitos de las luces verdes para dibujar una carita feliz, con lados en su boquita y todo. O sea que cuando te toca avanzar, cambia el semáforo y te sorprende un tipín sonriente. 

Es un acto de vandalismo, sin duda, pero rendentor y tipazo. 

Por cierto en la colonia condesa todo el pinche mundo se para los altos. Hoy una viejecilla histérica que venía detrás de mí tuvo el descaro de pegarse a su cláxon porque yo me rehusaba a avanzar frente a la luz roja. What the fuck is up with that? 

Qué ciudad ésta...

jueves, 5 de febrero de 2009

Es animada, la gente.

Van por avenida Chapultepec dos hombres muertos de risa. Pero muertos de risa. Son las dos de la tarde, hace un calor y un tráfico infernal. Ellos van en un ridículo cochecito eléctrico, repartidor de refrescos Jarritos,  que apenas contiene sus voluminosas figuras. Vienen sudando, inundados en humo y camiones, a cero de velocidad, desbordados de horror. Y están muertos de risa. Pero muertos de risa.

 

Sobre la avenida once sur, siniestro lugar poblano, hay una tiendecita azul cuya fachada lee “Novedades Lucy”. Sobre su pequeñísima cortina de metal alguien (suponemos Lucy) se dió la misión de pintar un Winnie Pooh: completo con su overol rojo  y su camisetita azul, sonriente y en posición de avance hacia un tarrito que desborda miel. Está rodeada de mugre, por todos lados la ataca una fealdad sin nombre. Todas las paredes que la rodean están grafiteadas con mucho rencor y muy poco arte. Un teporocho ha decidido hacer hogar en el escalón de enfrente. Es prácticamente seguro que dentro haya muchas cosas, pero ninguna novedosa. Y alguien (suponemos Lucy) pintó un Winnie Pooh, sonriente y al ataque.

 

Mi amiga se levanta a las siete de la mañana para llegar a una oficina que no la dejará salir antes de la media noche. Frente a su compu trabaja como los mejores. Frente al sin número de hombres que trabajan junto a ella, se carcajea y avienta  albures que asustarían a un marinero. Como los mejores. Un perfecto hijo de la chingada acaba de partirle el corazón en diez. Le quitó a su amigo, a su marido, a su cuerpo. Y mi amiga se para y trabaja y alburea a sus compañeros de banca. Como los mejores.


Visito el rincón luminoso donde vivía mi abu. Beso a su perro, veo la tele, cocino y sonrío. Mi abu no vive ahí más. Y yo lo visito todavía. 

 

La gente aguanta unas cosas… es animada. 

martes, 3 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre otros tipos de gente

Yo soy el tipo de gente que disfruta riéndose de sí misma.  Dado que no faltan cosas de las que reírse y dada la convicción cómica que aqueja a casi todas las personas que me rodean, tiendo a burlarme de mis miserias antes de que se burle alguien más. 

Hay cierta ventaja en la autegradación: un intenso conocimiento de causa, por ejemplo. Cuando se trata con la cantidad de manías, fobias, prejuicios y autoconvencimientos de los que soy capaz, el conocimiento minucioso de mi neurosis se vuelve vital. Todo esto para contarles, queridos,  que mi mayor problema es que soy de ideas. Soy de ideas y permítanme aclarar que esto no involucra inteligencia ni pensamiento trascendental. No.  El ser de ideas consiste más bien en la disección de la neurosis crónica y la paranoia intelectual (no necesariamente inteligente) que me caracteriza. Que soy de ideas significa que convierto todas mis ocurrencias en verdades inapelables y en acciones sociales desastrozas. 

El ser de ideas me permite,  por ejemplo, inventarle intensas vidas interiores a la bola de hombres con expresión idiota y mirada perdida de los que decido (de nuevo, por que soy de ideas) estar, de súbito, profundamente enamorada. Miro su pelito grasiento y sus uñas negras y me imagino alguna razón de brillantez y un espíritu herido que nos les permite pasarse un cepilllo por la cabeza (o por los dientes). Caigo a sus pies de inmediato. Soy de ideas. 

Del mismo modo, ser de ideas me impide  relacionarme con lo que considero otro tipo de gente. Y antes de que se aloquen, aclaro que el calificativo otro tipo no está influenciado por clase social social, religión, raza o cualquier otro rubro políticamente incorrecto. No, no. Otro tipo de gente se refiere al grupo de individuos que con una sola acción, en apariencia menor y poco trascendental, me da elementos para citar diferencias irreconciliables con absolutamente toda su  estampa. Es otro tipo de gente, ni mejor ni peor. Pero sin duda distinta e innegociable. 

Algunos ejemplos:

La gente que a las once de la noche junta sus manitas con ilusión pueril y dice “como que se me antoja un huevito estrellado pa la cena”. Otro tipo de gente. 

La gente que usa expresiones como “voy a hacer del baño”, o el clásico inolvidable “me anda de la pipí”. Otro tipo de gente. 

Las mujeres que lloran por asuntos de trabajo en públlico, cual plañideras inermes. Otro tipo de gente. 

La gente que de chavita comía duvalín de fresa y no de chocolate.  Otro tipo de gente. 

La gente que canta Thriller en lugar de La chica de humo en un cantabar. Otro tipo de gente. 

Yo soy de ideas. Esa gente no es mi gente. Les sobra paz interior; les falta mugre y autocomplacencia. El resultado de mis fobias es que mi círculo social es más bien un punto, en cuyo centro resido, mirando a los lados con compasión y terror. 

Cuando uno es de ideas tiene 13 años de resistencia y 70 de acidez. No queda más que reirse de uno mismo. Aunque sea en defensa propia. Aunque uno no sea ese tipo de gente.

lunes, 20 de octubre de 2008

Perdón que amanecí fina. Pero estoy encabronada.

Para titularse en la Ibero hay que pagar veinte mil pesos. Así. De huevos.

- ¿Por qué cuesta veinte mil pesos el trámite de titulación? - le pregunté a la amabilísima seño de servicios escolares.

- Le incluye su revisión de estudios y su expedición - me contestó.  Ignorando el tema real de la pregunta.  

¿Mi expedición a dónde, cabroncitos?  A precio Ibero,   de menos  al parque acuático Tepetongo.

Yo sí aprendí en la Ibero, contra todas las predicciones. O sea que los muchos pesos que cuesta la hora de clase, los siento desquitados. Es cosa de repartir las horas que te parecieron un robo entre las que te parecieron un regalo y la verdad es que la cuenta metafórica sí sale.  No soy de la escuela de gente que asegura haber pasado por ahí en blanco. 

Tampoco soy de la escuela de gente  que asegura que alguien se roba la mayor parte de lo que pagamos. Creo en la honestidad intrínseca de los miembros de la administración iberita ¿Cómo no? (Aunque sí haya que hacerse la pregunta: Si no se lo roban ¿en qué carajos se lo gastan? Pero esa es otra discusión.) Por lo pronto  yo les creo ¡Chingá! 

Peso sobre peso he justificado sus ladronas prácticas desde que empecé a tratar con ellos. Peso sobre peso, como la mismísima Bartola. Y ahora me salen con esto, los muy hijitos de la fregada.

No tienen suficiente con la vida que nos quitaron haciéndonos cursar ocho materias al semestre. Incluyendo teoría de la comunicación uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Incluyendo también esas mamadas que ellos llaman integraciones y que titulan de manera elocuentísima:  Introducción al problema del hombre; Pareja, Matrimonio y Familia; Análisis histórico de la vida de Jesús de Nazareth; y mi all time favourite: Relación hombre-mujer.  De un ejercicio de esa clase sacó mi amiga Lumi la forma más guarra de llamar al pene que alguien ha podido invocar (taco de vena, por si se lo preguntaron). Y también por si se lo preguntaron, fue un ejercicio formal, no una plática de banca. Encontraron como 35 maneras de nombrar al órgano sexual masculino en esa, tan productiva, sesión académica. 
Lo único que integramos en clase de integración fueron  nuestros horarios chimuelos y   las arcas administrativas.

Mismas arcas que tras habernos sangrado durante cuatro años, exigen un pilón de veinte mil pesitos, na mas pa expedir un papel. (Te lo envuelven en un foldercito muy organizado, eso sí). 

 ¿Tras entregarles la vida nos cobran  a lo chino para entregarnos un título? Son chingaderas. Se titulará su madre, pero lo es yo, no. 

 

sábado, 4 de octubre de 2008

Same Sex Atraction Disorder: SSAD

 

Tengo la mala fortuna de hacer mi servicio social en una asociación de fachada laica y corazón de María. En honor a la verdad, no hago casi nada. Seis meses pasan como una brisa sobre mi responsbilidad. Horas liberadas van y vienen sin que yo me presente. Hasta que un día… Un día organizan un congreso titulado “Comprendiendo la homosexualidad” y ahí caigo, señores. Decirlo me apena. Sinceramente. Ahí caigo a ayudar en la realización de un congreso cura-gays. Es espantoso. He aquí un recuento:

 

El viejito loco que da la conferencia principal se llama Joseph Nicolosi. Me recuerda a alguien, no se a quién, seguramente a alguien siniestro. Cuando se emociona se parece como al duende verde de Spiderman. Igual de gay, también. No le hacen falta ni las mallas. Declara que las causas de la homosexualidad masculina son una madre castrosa y un padre ausente.  Tiene toda la pinta de ser el típico doctorsucho de buenas maneras  que termina en el número 16 de las pink pages, involucrado con alguno de sus pacientes. Alguno bonito.  

Nicolosi declara que ese juego semi-sádico que algunos padres juegan con sus hijos, en el que el padre avienta al niño al cielo y lo cacha. Y vuelve a aventarlo y lo cacha, etc. Mientras la madre, desde un rincón del jardín, grita  - “ DONT! You´ll drop him on his head!” -  es vital para la no putización de crío siendo aventado. 

 – “He might fall on his head. But at least he´ll be a heterosexual” – dice el doctor con un rigor científico digno de Kevorkian – “That was a joke” – dice después. Pero nadie se ríe.

La falta de cariño físico y de entediemiento claro entre el hijo y el padre es también una causa muy imporante para la temible homosexualisación de las criaturas. Un buen padre debe ocuparse de que su hijo no se convierta en un heterosexual con desórdenes homosexuales.  Así los llaman. Por que los homosexuales no existen, by the way, todos son unos heterosexuales enfermos. Ah no... perdón, no podemos decirles enfermos porque el público ha sido lobotomizado por el  gay affirmative message y si los llamamos enfermos nos corren de la American Psichological Association. Pero eso son, aquí entre nos: enfermos – por eso los curamos - ¿Sabían ustedes que la comunidad homosexual fuma más que la heterosexual? No sólo eso. También se mansturba más y tiene más sexo  (Éstas últimas son pruebas irrefutables de su perversión, porque como todos sabemos, eso del orgasmo no es de gente sana). Total que un padre responsable que quiera un hijo machín debe practicar toda clase de deportes de contacto con el niño, al tiempo que lo hace hombrecito a base de juegos puramente masculinos y de preferencia violentos como el futbol americano o el burlarse juntos de su madre. Esa es otra cosa, nos informa el Doctor, que los niños aprenden de este sádico ritual que consiste en aventarlos al cielo y dejarlos pensar que igual no los cachas – “Danger is fun” – lección vital para que a la larga no les vaya  a gustar el vecino. 

Todas la madres son omniprescentes y funestas, nos dice, con una claridad envidiable. Es por eso que los padres deben estar presentes: para crear una complicidad en contra de ellas. Y pasa sin trámites a contarnos la tierna historia de cómo cuando su propia madre divagaba y decía nimiedades como si no hubiera mañana, él podia voltear con su padre y recibir una mirada de entendimiento que decía – “Sí hijo, estoy contigo, lo que oyes son puras pendejadas” .  Conclusión: El doc. está bien adaptado y le gustan las  viejas. O eso dice. Todo  porque a muy buen tiempo, se unió con su apá pa buralrse de ellas.

Cuando los niños no tienen complicidad con sus padres, dice (elocuente como él solo) buscan complicidad e intimidad con otros hombres. Y eventualmente se besan sus bocas y se tocan sus cuerpos y así.

El perverso doctorcito dice más cosas, pero todas redundantes. Y cierra su alucinación doctrinal (por lo menos en mi memoria) con una sentencia preventiva que me parece EL catchphrase del día  - “Fathers: hug your sons or other men will” – Dios no lo permita.

Y no lo permite en los estudios de caso que presenta otra doctora igual de perversa pero más pendeja en el salón de junto. Nos cuenta la historia de  Jesús, un puertoriqueño de buenas y sodomizantes intenciones, que  abandonó el mal camino cuando su tocallo el hijo de Dios nuestro señor ¡Jesucristo mismo! se le apareció. Aparentemente la divinidad encarnó con el sólo propósito de  decirle  que se casara con la pobre infeliz que hoy lo aguanta en un matrimonio que, estoy segura, no provee una erección entre sus sábanas ni con toda la voluntad de los dos jesuses invlucrados.  Y con decirles que Jesús es el caso menos interesante, les empiezo a explicar la mala obra de la que fui parte el funesto día tercero de un mayo.

 

Nocolosi, la eminencia original,  no vuelve a aportar mayor cosa de su propia inspiración.  Pero no teman:  nos deleita con sesiones enteras de su maravillosa terapia, poniendo una cámara sobre los hombres que lloran en su diván. Uno llora, de manera muy clara,  porque atesora  las preciosas nalgas masculinas que le pasan por enfrente en el baño del gimnasio. La voz de Nicolosi lo consuela diciéndole que no es su culpa. El asunto es que  su padre ausente nunca lo llevó al gimnasio a realizar actividades de Hombres. - Yo lo veo  sentado junto a mí,  viendo el balcón absoluto que le está recetando a sus pacientes, y me pregunto como por qué no estará en la cárcel el Dr. Nocolosi. 

Todos sus pacientes lloran, pero unos de forma más elocuente. El último llora como una caricatura mientras confiesa que está enamorado de su mamá y grita entre sollozos gatunos – “Father!! Where are you? Why weren´t you there? I needed you!” – el pobre hombre se limpia los mocos y el sadismo de su terapeuta se cofirma cuando lo oímos decirle, en el tono pervertido y sucio que lo caracteriza – “Thaaaats goood… Let that out…” - and so on.

 

Cerca del final del  evento otra psicoanalista nos explica cómo ha puesto en práctica una terapia cura-gays parecida a la del Dr. Nocolosi (nuestro clásico inolvidable).  Su terapia ha sido un éxito rotundo, nos dice la ñora.  Pero verán que miente:  cuenta del caso semi resuelto de un paciente suyo que se curó de sus desórdenes homosexuales y ahora está casado y tiene hijos. Todos suspiramos con alivio hasta que nos cuenta -  “Sin embargo hace poco tuvo una recaída y se involucró con un hombre. ¿Qué se puede hacer?” – pregunta la tarada – “¿Para que no vuelva a recaer?”.  - "¿Qué se puede hacer? Puede informársele que es usted una farsante y su matrimonio es la verdadera recaída" - digo yo. Ella se tropieza con su propio argumento y no nos ofrece ninguna respuesta. 

Momentos después el infeliz de Nocolosi vuelve a podium. Una pobre señora se levanta y le pregunta qué puede hacer ella para que su hijo vaya a su terapia y se alivie de su casi mortífera dolencia. Lo pregunta con tal ingenuidad que uno asume que su hijo tiene 14 años y se lo encontró viendo Titanic con un poco, demasiada, emoción. No. Su hijo salió del closet hace ocho años y vive con un hombre en Canadá. No hay nada que hacer. No importa cuántos días se siente su pobre madre a escuchar a una bola de loquitos que declaran lo contrario. Todavía dice, la desorientada mujer,  que su relación con su hijo se deterioró tantísimo cuando salió del closet (primero se equivoca y dice socket, lo cual le da la vuelta al ridículo de tal modo que uno empieza a tomarla en serio) Antes su hijo le contaba todo y era tan cariñoso…  Ahora es simplemente cordial. La pobrecita no parece ver la relación entre quererlo “curar” de quién es y que le haya perdido la confianza.

Después de dos días de oír esas y muchas otras aberraciones, he logrado tomarlo con filosofía y reírme de todo lo que escucho. Incluso cuando algo de lo que estos cabrones “médicos” declaran me parece de verdad peligroso y quiero enfurecer, algo más lo exagera y lo vuleve tan ridículo, que vuelven a caer de boca sobre su profundísimo humor involunario.  Me río mucho. 

Pero cuando un niño de no más de 17 años se para a decir que él está yendo a terapia con sus papás, porque quiere curarse, se me cae la burla al suelo. 

Pobre hombre.  

Quiero acercarme a decirle que está rodeado de locos y que él no puede "curarse" porque no tiene de qué. Quiero convencerlo de que el deseo de sus comisuras no merece angustia, sino avidez. Quiero exigirle que sea feliz y que se  haga de un  novio de manos grandes y maneras tan suaves como las suyas. Pero a mi alrededor todos lo tratan como que es admirable que esté tratando de volver al "camino del bien". 

Tiene razón mi mamá cuando dice que no sólo no hice un servicio social.  Hice un daño. 

lunes, 28 de julio de 2008

Dos niñas que quién sabe

Muchas veces me obsesionan muchas cosas profundamente inútiles. Hoy en la tarde me obsesionó no saber. 

Estaba caminando hacia la taquilla del cine y vi a dos niñas de doce años sentadas en una banca de madera mugrosita. Una recargaba su cola de caballo sobre el hombro de la otra. La dos estaban viendo al frente con los ojos vivos y cansados. Y yo no sabía nada. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían ahí, solas, recién peinadas y muertas a las diez de la mañana? ¿En qué habían pensado mientras se ponían esos calcetines que hacen juego con su suéter? ¿Cómo es posible que yo no sepa todas estas cosas?  ¿Cómo es posible que haya en el mundo tanta gente de la que tanta otra gente no se entera?

Entré a la sala a que me pegara la ficción. La ficción es una forma de enterarse, aunque sea de falsedades. Me senté en un esquina y seguía sin saber:  ¿Quién es esa mujer que se sentó a ver Batman junto a mí, acompañada solamente de un bebé y una carreola? ¿Quién no vino con ella? Y ese que no vino ¿Con quién está y por qué? 

 ¿Cuántas veces he visto una película con alguno de estos extraños?  ¿Cuánto habremos cambiado entre una proyección y otra?  ¿Cuántos panes se comieron? ¿A quién no llamaron? ¿Qué libro leyeron a los diez años? ¿La mayoría estarán tan aburridos como se les ve? 

 Si todas esas cosas ocuparan espacio, si se pudieran tocar, guardar ¿Cómo se verían? Las ideas podrían robarse como las bolsas.  Yo podría robarme todas los chistes que hace mi primo Arturo y aventarlas  en un país extranjero. Les pegarían a todos en el estómago y los harían reírse hasta que vomitaran, o hasta que se enamoraran de mí como yo me enamoro de él después de un ratito de oírlo.

Si los cariños y los recuerdos que hacen que la gente se mueva, se ría, se bese y se piense de cierta manera estuvieran junto a ellos, físicamente junto a ellos, alguien más podría tocarlos y moverse, reírse y besar como ellos un instante.

Podría ver la idea que otros tienen de mí, mi imagen desde su cabeza, desde el recuerdo de lo que creen que soy. Habría cientos de versiones físicas de la misma persona y todas cambiarían constantemente, del mismo modo que hoy cambian en el espacio etéreo en que los cargamos. 

Ese sería un mundo raro: lleno de música sin terminar, rodando entre las piernas de extraños que no tuvieron nada que ver con ella; como hoy rondan los pantalones y la basura y los abrigos largos. ¿De qué color serían las memorias y de qué color las pasiones? ¿De qué color las imágenes? 

¿Qué tan grandes las cosas que lastiman? ¿Y las que acompañan? ¿La felicidad sería más atractiva que el dolor? ¿Las buenas ideas tendrían más luz que las malas? ¿Las ilusiones serían azules como siempre las he visto o tendrían un color que nadie conoce y no se ha podido imaginar?  

La gente con malos recuerdos y malas ideas podría dejarlas en la calle y dejarían de pesarle; cambiaría quienes son, para bien y para mal. Se podría regalar amor, literalmente. A primera vista se sabría con quien compartes tristezas, con quien miedos y de quién podrías enamorarte. Podrías detenerle a alguien su soledad mientras se pone los guantes y dejaría de estar solo hasta que se la devolvieras. Yo podría dejar una gran idea en el cine, del mismo modo que hoy dejo celulares y carteras. En cuestión de días la gente despistada como yo, tendría la cabeza en blanco. En cambio la gente coda estaría llena de tesoros, pensando todo el tiempo y almacenando sus ideas en bóvedas inmensas. Se inventarían bancos de sueños y de recuerdos, con cuentas separadas para las metas y los desencantos. 

¿En dónde cabría tanto ocio? De por sí estamos tan apretados que Suiza manda su basura a Sicilia. Sería un desorden. Con las puras quejas de la falta de espacio sería suficiente para llenarlo.

Pero me obsesionó no saber. Ojalá todo se viera.  

jueves, 10 de julio de 2008

Los tres pasos de Clinique

Me atacó la señorita de Clinique.  

Entré como la ignorante que soy a decir que mis amigas informadas me habían mandado a comprar los famosos tres pasos de su marca. Me sentó en una silla banquísima, rodeada de luces y cremas blanquísimas. Todo era como un set de Odisea del Espacio. Me colocó  frente a un espejo/lupa que enseñaba la realidad con una violencia innecesaria. Empezó a hacer preguntas y a marcar mis respuestas en una tablita luminosa, que hubiera fascinado a mi semi fascista maestra de primero de primaria.  

- "¿Dirías que tienes la piel grasa o seca?" – me preguntó mientras su dedo se paseaba sobre mi nariz, comprobando de antemano si iba yo a decirle la verdad.

- "No sé. Grasa. Creo" – dije. Y su dedo resbalándose por toda mi grasienta cara, estuvo de acuerdo.

- "¿Qué usas ahorita para cuidar tu piel?"

- "Nada."

Me miró como si la hubiera insultado

- "Bueno" - dije tratando de redimirme - "un jaboncito limpiador" 

Pero las dos sabíamos que mi jaboncito limpiador era palmolive.

Y de ahí, el espanto: mi piel no sólo es grasa sino que tiene áreas de intensa resequedad. El contorno de mis ojos camina peligrosamente hacia el envejecimiento prematuro. Tengo atisbos de grasa enquistada en las mejillas, que también tengo resecas, por supuesto. Mi zona T mejor ni mencionarla. Mis poros son como cráteres porque no me despinto en la noches. Tengo tendencia a las manchas y  no uso crema de día. Conclusión: mi piel era un embargo de inicio y encima tiene que compensar 23 años de exposición irresponsable a los elementos.  Diagnóstico aterrador, si alguno.  Me lo merezco por ir a meterme al palacio de Hierro un martes en la mañana, en lugar de hacer algo útil.  La señorita y sus inmensísimas pestañas me recetaron siete productos distintos y una rutina de tenía que dedicarse sólo a ellos.  No me vio muy convencida.

- "¿No quieres que te apliquemos el primer tratamiento de una vez?" – me dijo, encaminándome  hacia un cuartito trasero, altamente sospechoso.

Pero que no nos íbamos a tardar nada. Y que no me iba yo a arrepentir. Y que me iba a dejar como nalga de princesa. Y que yo la sigo hacia el cuartito, demostrando el libre albedrío de un ganso.  Me acostó en una silla no tan blanca pero mucho más cómoda que la de afuera. Me envolvió el pelo en toda clase toallias y toallotas con velcros estratégicos y demás tecnologías misteriosas.  Y ya que me  tenía acomodada y bajo su absoluto control, la señorita de Clinique me llenó la cara de madres. No pude saber cuántas, ni cuales. Cada vez que trataba de abrir los ojos sus manos me recibían con un nuevo embadurnamiento y una nueva instrucción.

- "Este exfoliante es muy suave" – mintió mientras me tallaba la cara con una especie de piedra volcánica. – "Este astringente se pone una sola vez y en una sola dirección. Me dices si te arde" – y aplicó una sola vez y en una sola dirección una  especie de thiner sobre mi súper exfoliada carne viva.

- "Me arde un poco" – dije con la voz castigada. Y para contrarrestar me bañó en una crema fantástica que fue como abrigarse con agua tibia.

- "Tienes una erupción en la frente" - No es broma, así me dijo - "te voy a poner un producto. Este si te va a arder un poco" - y atacó a mi frentecita con una especie de lanzallamas.  

Así siguió con una crema y con otra. Cada una se fue volviendo un poco más irresistible que la anterior. Cuarenta minutos después mi tratamiento culminó con un masaje de ojos que apeló a mis más tiernos recuerdos de infancia.  Salí medio dormida de la mano de la señorita. Sentía como que mis ojeras escupían luz y mis cachetes eran de terciopelo.  Como que mi cara completa era un gran regalo para un buen novio.

Le compré todo a la señorita de Clinique. Tanto, tanto que me regaló una cosmetiquera espantosa y un rímel.

- "Muchas gracias por su compra señorita Aguilar. Cuando necesita algo más, soy Julissa, a sus órdenes" – me entregó mi bolsota y me mandó a la calle.

Con la piel mejor lograda del planeta caminé por todo el centro comercial y hasta mi coche. Con un orgullo y un propósito de enmienda dignos de Julissa y sus inmensas pestañas. 

Bajé el espejo de la vicera para admirar mi recién adquirida brillantez: me veía como la novia de chucky. Las múltiples cremas me habían corrido el rímel y quitado todo atisbo de maquillaje.  El grano de mi frente estaba rojo y encabronado. Mis ojeras parecían  bloqueador de futbolista. Mi natural color verdecito era lo único que resplandecía.

Seis días después el único producto al que sigo fiel es mi jaboncito limpiador.  El astringente me sigue ardiendo, por ahí del jueves se me olvidó si la crema rosa iba antes  o después que la amarilla y todo el sistema colapsó. 

Me atacó la señorita de Clinique. Julissa a mi órdenes. Infeliz.