Mostrando entradas con la etiqueta Trotamundeando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trotamundeando. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de julio de 2009

Sunny L.A. aka the horror

Ah pero ¡qué fea es esta ciudad de Los Angeles! Vine con mi mamá a buscarme un departamento porque tendré el honor de asistir a una de sus escuelas de cine (a la más coqueta, según me dicen y yo presumo). Como era de preeverse mi mamá odia esta ciudad. La odia más que Woody Allen y yo combinados… y miren que estaba cabrón. Esta expedición al Fabulous Hollywood, baby! lleva apenas un día y ha estado tan accidentada como se esperaba pero también mucho más chistosa.

Estamos en un hotel mamonsísimo en donde hay unas mujeres de cuerpos espectaculares y voces agudas que andan en minifalda enseñando todo lo que tienen tan digno de enseñar; y hablan de nimiedades a gritos sin esconder todo lo que tienen tan digno de esconder. Estamos en el doceavo piso del hotel mamer y desde las profundidades de la alberca nos llegan los gritos de una de esas mujeres y sus decibeles de diversión ¿qué le estará pasando que sea digno de tanto alarido? Yo nunca he dado un grito en una alberca. Nunca. Es un tipo de personalidad, la que pega de gritos en una alberca, que me parece digna de estudio. Incluso en las rarísimas ocasiones en las que he estado en posición de gritar, emocionada, en una alberca (jugando caballazos o clavados o alguna de esas siniestras actividades) nunca he entrado en un ataque de euforia tal que me provoque un ¡¡¡ahhhh!!! tan agudo y poderoso que alcance a las infelices almas del doceavo piso de mi hotel.

Nos cambiamos de cuarto, por supesto, dado que el primero nos pareció intolerable y nomadear por los hoteles es una actividad ya tradicional en la familia. En el primero, una foto de Mick Jagger bebiendo reinaba sobre la cabecera de la cama. Mi mamá peguntó quién era Mick Jagger. – “¿Un rockero?”- Por algún motivo mi mamá no es de su generación. – “Sí ma, un rockero” – dije yo. Y después ella agregó el gran pilón: - “¿Por qué tenemos que dormir viendo a Mike Jagger ligar con esa señora horrible?” – dijo, y llamó al front desk de inmediato. Yo corrí a ver quién era la señora horrible que yo no había visto en la foto: era Keith Richards.

Ahora dormimos en una cama sobre la que reina Jimi Hendrix acostado en el cofre de un coche. En el pasillo nos topamos con seis imponentes californianos chancludos y en bermudas, con la piel morada de sol, patotas y espalda de gimnasio. Mi mamá se contuvo pero cuando los vio venir casi pega un grito de pánico. Y ahora se queja aquí echada en la cama junto a mí.

“¡Qué feos estaban estos muchachos de la entrada!”– se lamenta, la pobre – “Eran idénticos a ese güero horrible de esa película en la que un tipo anda en moto por todos lados” – en este punto hace una pausa melancólica y culmina – “hasta que se muere”.

Sí eran feos los tipos de la entrada, feos como la ciudad que los alberga.

Hemos comprobado muchas cosas que ya sabíamos en esta expedición: que Los Angeles es horrible; que encontraré un departamento fácilmente; que a pesar de mi fobia a Hollywood he de pasarla muy bien aquí; y la más más evidente, preclara, indiscutible: mi mamá es, entre otras cosas, dios.

jueves, 25 de junio de 2009

Madrid, Madrid, Madrid.

Qué lugar precioso, éste. Llevo varios dias en él, he estado en él más veces de las que quisiera recordar, pero hasta hace media hora no me había dado cuenta de lo absolutamente espectaculares que son todos sus rincones.

Iba caminando por La Castellana, abrumada por el calor y las múltiples construcciones que la agobian (si las obras de Marcelo son un dolor de muela, las que se cargan acá son cirujía mayor). Poco a poco todo a mi alrededor empezó a perder luz natural y a ganar faros, levanté la mirada de pronto y casi me pongo a llorar. Estuve una hora contemplándola, parada en la calle como una perfecta tarada, como si hubiera tenido de pronto un accidente fantástico. Grave.

¡Qué lugar precioso, éste! No puede ser ¿Por qué vivimos ahogándonos entre películas y literatura que cantan las maravillas de Barcelona y de Paris? ¿Qué nadie ha puesto un pie en esta ciudad inenarrable? ¿Será que redunda hablar bien de la capital porque nos queda demasiado cerca (cerca hasta a los mexicanos que la tenemos lejos pero la asumimos nuestra)? Quizá es cursi hablar así de algo que creemos evidente. O quizá es más simple y todos siguen, como yo, dándola por dada.

Pero qué belleza, ésta, que golpea ¿Cómo se hace útil esta gente? ¿Cómo son capaces, en estas calles, de algo más productivo que el asombro? Yo sigo paralizada como quien descubre el agua tibia.

Qué estupidez ¿no? Derivar tantísima felicidad de aprender una cosa que siempre he sabido.

viernes, 29 de mayo de 2009

Little rushes (día cinco)

Se lee más padrísmo empezando por el DÍA UNO


DÍA CINCO 

Hacer compras de último día: playeras para mi hermano; regalos para mis sobrinos. Buscar un delfín de peluche para el niño en FAO. Ver un Darth Vader hecho de Legos: priceless. Buscar un disfraz para la niña en la tienda Disney. Querer comprar el de Alicia, sobrio y limpio:

Perfeccionado con la posibilidad de cargar un muñequito del gato:

Enamorarse del concepto mismo.  Reconsiderar. Asumir que es una crueldad atacar a una niña de tres años con un lastre de buen gusto. Comprar el de la Cenicienta, precioso y ridículo, con su diadema de lentejuelas, falda de tul y zapatillas de cristal.

Desayunar acostada en el parque. Maldecir el avión que va a llevarme de regreso a mi casa. Llegar lo más tarde posible para ver si hace el favor de irse sin mí. Sufrir que en lugar de eso haga el favor de salir tres horas tarde. 

Bobear por el aeropuerto. Ver cómo mueren las pilas de mi iPod y de mi computadora. Aburrirme. Ponerme a ordenar mi cartera; toparme con un papelito viejísimo que firma –with his utter, if unbecoming, worship - Yaron (mi karma israelí, para quienes no tienen el disgusto). Pensar que contra toda predicción lógica estuve una semana en nuestro pueblo sin pensar en él una sola vez. Creerme muchísimo. Pensar que pensar eso acaba de echar a perder los logros de tantísima superación. Doblar el papelito en seis y cargarlo entre mis dedos el resto del día.

Subirme al dichoso avión. Aterrizar en el DF. Circular por el viaducto. 

Volver a la realidad.  

Little rushes (día cuatro)

Se lee más padrísimo empezando pot el DÍA UNO


DÍA CUATRO

Correr por el parque hasta el Metropolitan Museum of Art. Pasar a ver la estatua de Alicia en el camino. Entrar a ver el templo de Dendur en su casa de cristal. Volver a impresionarme de que los gringos se trajeron un pinche templo a su museo ¡un templo completo! Escuchar a dos inglesitos tener la misma conversación que yo he tenido diez veces con distintas personas:

Inglesito uno - "I don´t think the egypcian goverment saw this coming when they gifted the temple."

Inglesito dos -"I know. It´s like, a city makes you honorary owner of a fucking building. Who would actually take that to mean you should lift it stone by stone and put it in your backyard."

Inglesito uno -"An American. That´s who."

Y sí.

Subir las escaleras para toparse con Van Gogh. Por enésima vez, pasar veinte minutos con los ojos clavados en sus masas de pintura y sus fondos de lienzo desnudo. Convencerme de que no hay tiempo en el mundo que me alcance para entender cómo carajos funcionan esas pinturas y sus mil maravillas. Abandonar a Van Gogh e investigar las expresiones de los niños de Renoir; ver sus ojos vivos, sus caras chapedadas y sus pieles azules. Pasar por el ala americana para ver las columnas de cristal del señor Tifanny y la chimenea de veinte metros de mármol labrado con la apenas hace un siglo, el señor Vanderbilt calentaba su casa en Washington Square. (“New Yorkers today think they are as rich as their forefathers” – dijo el tipín de mi audioguía – “but as you can see here, they are wrong”). Y sí.

Sentir que tras recorrer apenas la mitad de uno de los lados del Met, mis pies se rehúsan a dar un paso más. Asumir que es probable que me muera sin ser capaz de ver completas todas las salas de ese monstruo.

Decidir que es hora de cruzar el parque y conocer el museo de historia natural. Ver su posesión más impresionante saludando en la entrada:

Recorrer el resto sin poner mucha atención, hasta topar con un cuarto en el que reina una ballena de sesenta metros que cuelga del techo; los páneles a su alrededor resplandecen moviéndose en azul como el fondo del mar; y ella te mira desde arriba como si respirara. Tener casi ganas de llorar en esa obscuridad tibia y sobrecogedora. Pensar que con todos sus defectos, la virtud mayor de estos pinches gringos sigue siendo montar un buen show.

Abandonar a la ballena porque junto a ella aparecen una banda de niños de kinder y su maestra.

Entrar al planetario a escuchar toda clase de cosas inimaginables. Dormitar bajo su inmensa pantalla, arrullada por la voz de Robet Redford contando estrellas y planetas.


Ver DÍA CINCO

Little rushes (día tres)

Se lee más padrísimo empezando por el DÍA UNO


DÍA TRES

Despertar con ganas de ir al teatro y lanzarme a Times Square. Toparme con una marquesina con el nombre de David Hyde Pierce. Entrar de inmediato.  Ver una obra de los treintas, sonsa, divertida, libre de turistas. Ser la única persona menor de cuarenta años en la audiencia. Esperar a Hyde Pierce afuera media hora, como una groupie despreciable. Sentir burbujas en el centro del cuerpo sin que él haga nada más impresionante que firmar mi programita. Pensar en lo arbitrario que es que yo sea tan estúpidamente  fan de este tipín que casi nadie conoce.

Verlo así, posando junto a la gordita de Iowa, tan viejecito y tan guapo. Querer llevármelo a mi casa y darle de comer uvas sin cáscara el resto de mi vida. (Gerontofílica a morir, soy. Daddy issues, perhaps)

Asumir que -por triste que sea- soy presa fácil de cierto tipo de celebridad. Recordar que Manhattan me la ha aplicado varias veces: cuando me dí un tope (literalmente) con un muy apurado John Leguizamo; cuando paré a decirle a Abraham Murray que Salieri me enloquecía y me dijo que estaba demasiado chica para saber quién era; cuando seguí a  Gerard Depardieu diez minutos por el aeropuerto; cuando seguimos a Edward Norton diez cuadras por Soho; cuando vi a Brad Pitt, andrajoso y peludo como el tío cosa, rodeado de señoritas que le querían vender pantalones; y a Drew Barrymore, despintada y divina, comprando aspirinas con su muy impresionante Amex Centurion.

Pensar que la fama otorga un aura extraña que debe provocar gran ansiedad.

Ver DÍA CUATRO


Little rushes (día dos)

Se lee más padrísmo empezando por el DÍA UNO


DÍA DOS

Ir caminando por 5th avenue y entrar a la catedral de San Patricio por primera vez. Ver a toda clase de banda meter sus dedos en el agua bendita que está junto a la puerta principal y  pasársela por la cara; sin duda ese debe ser el charquito de agua más manoseado del planeta. Preguntarme si el agua estará suficientemente bendita como para salvar a los feligreses del asco que es untarse la mugre de miles y miles de extraños tan cerca de los ojos.

Caminar hasta el centro de la iglesia y toparme con un inmenso altar a la virgen de Guadalupe. Ver a los mexicanos devotos prenderle veladoras mientras una gringa regordeta le toma fotos.

 

Recordar la visita de Hillary Clinton a México: parada en la basílica mirando hacia la imagen que la virgen le dio al mismísimo San Juan Diego, dijo –“That is so beautiful. Who painted it?”- se hizo un silencio,  pero el Obispo no perdió el estilo y contestó rápidamente –“God”. Hillary hizo una mueca efímera que parecía gritar - "¿Te cae?"- y luego nada más sonrió como la politicaza que es.

Salir de San patricio y entregarse el resto del día al baboseo.

En la noche entrar al Waldorf Astoria. Recordar a Pacino llamándolo the cradle of civilization. 

 

Atravesar su cursilísima rotonda y sentirme en casa. Verla llena de turistas sudorosos y  en shorts; pensar en lo bajo que ha caído, la pobre, desde las épocas gloriosas en que Fitzgerald la atravesava vestido de jacqué. Subir a mi cuarto y que me reciba en el pasillo una foto del presidente López Mateos abrazando a Frank Sinatra. 

Meterme a una tina llena de burbujas que huelen a vainilla y a pachouli. Reírme como Homero Simpson de la palabra pachouli. Salir chapeada y suave. Ver un capítulo de Doogie Howser On Demand y uno de How I met your mother en iTunes.

Pensar que Neil Patrick Harris es dios. 

Ver DÍA TRES

Little rushes (día uno)

Quería hacer un recuento digno de mi estancia en Nueva York y decidí que no era una historia lineal, así que la iré dejando en pedazos por aquí. 

Nueva York pasa tan desordenadamente que se cuenta mejor en  atisbos, porque así se va sintiendo, como pequeños golpes de euforia: little rushes.  

DÍA UNO

Bajarse del avión y respirar aire que no lleva cinco horas viciándose. Que te sonría el hombrecito de la aduana mientras te toma huellas y fotos como a un criminal. Subirse a un taxi sucio y amplio, manejado por un hombre que habla español por el teléfono asumiendo que no lo entiendes– “Bueno niña, pero ¡me cago en la pinga del hombre que te tiene así! ¡En su pinga me cago, princesa! ¿Me oíste?”- Salir del blanquísimo puente  Lincon,  que deslumbra como caminar por un tubo de halógeno, regresar a la noche y estar de pronto en mitad de Manhattan.

Toparse con ella: con sus muros de piedra gris, sus ventanas amarillas y brillantes. Ver cómo se abre un balcón en el West Village, esperar que aparezca un publicista fachento y que en lugar de eso aparezca una niña de pelo largo y delgado, cargando una muñeca, asomándose a ésas que son sus calles. Pensar que te hubiera encantado ser ella y haber crecido en ese balcón de puertas altas en la punta de esa isla. Entrar a un deli para comprar agua y platicar con una mujer oaxaqueña que te dice que le hubiera encantado nacer en el DF.  Bendecir esa -tan necesaria- dosis de realidad.

Llegar a la puerta de Gabriel mi amigo, entrañable boricua de wall street, loco de la guerra, mujeriego y fan de Celine Dione. Abrazarlo, interrogarlo, tropezarme con una columa de cajas llenas de productos de baño, diseño y ropa. Preguntarle qué pasa con eso – “Nada, Cati, research para unos clientes” -  Preguntarle cuarenta y ocho veces clientes de qué carajos. Saber casi todo del otro: familia, amores, mañas, gustos en pasta de dientes, color de sábanas; y que se rehúse a decirme con claridad a qué se dedica. Tratar de sacarle por lo menos el nombre de su compañía y obtener a cambio sólo una críptica tarjeta que dice: Gabriel Álvarez. CEO.

En la mañana darle un beso y echarme a la calle sin saber bien a dónde voy. 

Ver DÍA DOS

viernes, 22 de mayo de 2009

La niña hizo berrinche

Hace dos días vine a ver a la ciudad de Nueva York porque (como ya habíamos quedado) la extraño a veces. 

Ayer llevaba cinco horas caminando hacia ninguna parte cuando decidí que era hora de abandonar la calle. Lo decidí a la misma hora que el resto de la población, claro, así que pasé cuarenta minutos en el rayo del sol peleándome por un taxi en una esquina; viéndolos pasar a todos, amarillos y mugrosos, con sus lucecitas apagadas.  Cuando por fin uno bajó a su habitante y quedó libre en frente de mí, una pinche vieja corrió con más ganas y se subió primero; semejante agresión y falta de civilidad le agregó a mi estado de acaloramiento/engentamiento, una suceptibilida que, sobre todo en esta ciudad, no le viene bien a nadie. 

Volví a levantar mi manita y pegué con un tipín como de cuarenta años, vestido como si se estuviera burlando de un adolescente y cargando un iPod con el que cantaba Hit me baby one more time a todo volumen. Para evadir mi mano hizo una pequeña pero histriónica pirueta y siguió su camino, cante y cante. Del otro lado de la calle una mujer paseaba a un bulldog blanquísimo al que había hecho la maldad de adornar con un moño de gaza verde que era más grande que su cabeza - "qué cosa tan simpática y neoyorquina, esa loca con su perrito"- pensé, y cuando mi sonrisa iba a empezar a lograrse, el perro se detuvo a media calle y se puso a cagar, echando por la borda su elegancia. Levanté la mirada para curarme el desencanto y me topé con un pinche guero que me mamaceó como si estuviera en la Bondojo, el cabrón. 

Finalmente llegué de regreso a la base con la que un amigo de mis papás se pone guapo cuando me da por visitar a la ciudad. Después de un rato rodeada de sus fotos volví a agarrar valor para echarme a la calle (son muy bonitos y buenos el amigo, su padre y su hijo, después de un ratito de ver sus caras agrarras valor para casi todo). 

Era de noche, el calor estaba en calma y se habían prendido las luces que le esconden la mugre a Manhattan y le dejan solamente un resplandor angelical.  Caminé mucho rato, pero cerca de la base, así que decidí regresar sin taxi; cuando llegué a la esquina vi venir cinco carriles de coches amarilos con su lucecita prendida, listos para llevarme a donde fuera ahora que ya no quería yo ir a ningún lado. Estaban tan ansiosos que uno me vio en la esquina y se paró sin que lo llamara; cuando negué con la cabeza me mentó la madre en árabe y su voz se confundió con el chillido de sus llantas. En su huída casi atropella a una tipa que se dió el taco de enojarse conmigo por su mala suerte.

Digo que amo a Nueva York como a una persona y es verdad.  Manhattan es como una niña preciosa; a veces no está en su día; a veces  amanece arisca e insoportable; a veces hace berrinche y te maltrata sin pedirte tu opinión. 

Con la misma, al día siguiente amanece así, sonriente y a tus pies:



Y le perdonas todo a la ingrata. 

lunes, 4 de mayo de 2009

Mis amigos no se mueren, se van a Nueva York

Extraño a Nueva York con el centro del cuerpo, como a un ser querido.

La ciudad  tiene un poder contundente. Algunos días te convence de que perdiendo la mirada sobre 5th avenue, se te revelan  todos los grandes misterios del mundo: desde si hay tal cosa como un dios, hasta porqué la gente cree que puede escupir su chicle en la calle.

Esa ciudad parece saberlo todo y lo enseña todo en lecciones claras y particulares. La famosa capital del mundo se relaciona con tantas cosas como personas ha contenido entre sus cortísimos límites.

Nueva York remite a una lucha constante entre lo mundano y lo inexplicable. Es el espacio etéreo que se pega como propio a la piel de cualquier extraño. Es una adicción cotidiana, un trámite frenético y sencillo, es una experiencia que exige el estudio y la angustia de lo desconocido. 

Nueva York tiene la energía de una bestia sin dueño. Se mueve con la desesperación de un niño perdido y envuelve con la ternura de una abuela que ha dejado de contar a sus nietos.

Es una isla falta de fe pero divinizada por sus habitantes, divinizada como la fuente y la solución de misterios mayores, divinizada simplemente como un mundo que es necesario experimentar. La lucha entre lo cotidiano y lo inalcanzable se pronuncia y se resuelve en su movimiento continuo.

"Mis amigos no se mueren, se van a Nueva York" -decía Gabito para que el espanto de la muerte no lo mosqueara. Y es que sí hay algo en Nueva York que lo coloca en un plano ambivalente entre lo que existe todavía y lo que ha ido desapareciendo. Hay que irse a esas calles sucias y brillantes a buscar todo lo que vamos dando por perdido. 

Hay que visitar a ese pequeñísimo rectángulo de tierra. Mucho. Provoca casi tanto síndrome de abstinencia como un novio perverso y consentidor. 

Qué manera, esta, de amar a un espacio como a una persona. 

martes, 10 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre un hombre curvo

Ayer mientras caminaba por esta ciudad que parece estar custodiada por el diablo, sin perder la protección de una bondad  sin nombre, encontré que el mundo es una maravilla. Un señor literalmente curvo  caminaba hacia el metro. La forma de su espalda, insoportablemente vieja como toda su estampa, lo mantenía doblado sobre sí mismo como una hoja de papel. Solo y cargando dos bolsas que parecían pesar lo mismo que su cuerpo,  mantenía la vista a la altura de mis rodillas aunque era evidente que si hubiera podido enderezarse, hubiera sido más alto que yo. Solo en el metro de Nueva York a los ochenta años, o a los noventa y dos, o a los ciento cinco: cualquier edad era posible mientras fuera propia de un desvalido.

¿Dónde estaba la gente de ese hombre? ¿Lo esperaba en queens tejiendo sobre un sillón forrado de plástico? ¿Había en algún jardín dos niños sucios que lo llamaban abuelo entre carcajadas? ¿O una mujer curva que llevaba años doblándose junto a él? Quizá en el mejor de los casos. Sin embargo el hombre no parecía predestinado para el mejor de los casos.  Su falta de prisa no era la de un hombre que carga el mandado de alguien más. En las bolsas de wall mart el hombre  no cargaba chocolates para sus posibles nietos, sino leche en polvo para una despensa vacía: única cosa que lo esperaba en un departamento polvosito, tercer piso de un edificio de suburbio triste,  donde todas las vidas que pudo tener lo fueron dejando, como estaba entonces,  solo.

En Nueva York todo mundo anda solo. La única jerarquía que distingue esas soledades es la  cantidad de soledad a la que cada quien se dirige. No es lo mismo andar solo que estar solo. La ciudad termina por dividir a sus habitantes entre quien tiene alguien que lo espera y quien en su casa sigue igual de abandonado que entre sus calles. Quién es quien puede a veces adivinarse en la pupila iluminada de los acompañados. Pero en ese hombre que andaba solo, no había adivinanza posible. Solo y dando los pasos irónicos y cortos de la vejez, se subió al vagón plateado y obscuro que nos llevaba a todos juntos a lugares distintos. Soltó sus bolsas frente él y su mirada permaneció impávida a diez centímetros del suelo. Levantó unas manos blanquísimas y se aferró al tubo incrédulo que los demás pasajeros dejaron completo para él. Todo estuvo entonces en orden hasta que el tren arrancó con un jalón de mula que rompió de golpe el precario equilibrio que le había permitido al hombre llegar hasta donde estaba. Todavía tomado del tubo cayó de rodillas en el suelo. Su mirada llego todavía más abajo sin llegar a arrastrarse, cosa que yo hubiera calificado de imposible. En un instante que duró horas fue evidente que el viejo no podía levantarse solo. Todo el pasaje se disponía a ayudarlo cuando dos tipos gigantescos  y desafiantes tomaron la delantera. Vestidos diez tallas más grandes que sus cuerpos y colmados con la actitud rencorosa de todo hip hopero que se respete, se convirtieron de repente en los nietos del desconocido. La distancia de sus gestos cambió en un segundo por preocupación solícita. Tomaron al viejo de los brazos y lo levantaron con la gracia de una bailarina hasta que quedó acomodadito en la banca del rincón más cercano.  Los dos tipos se aseguraron de la propiedad del arreglo, pusieron las bolsas de Wall Mart cerca de las manos de su recién adoptado abuelo y palmearon orgullosos la  redondez de espalda que acaban de salvar.

Todo en la escena tenía un aire redentor que daba ganas de absolver al vagón completo. Y cuando el hombre levantó la cabeza por primera vez, nos otorgó la bendición definitiva: sin dejar de estar doblado en dos, se iluminó de pronto con una sonrisa bonachona que estaba fuera de contexto con el  resto de su situación. Les propinó a sus rescatadores un thanks guys tan alegre como la mejor de las noticias. Bajó sus ojos brillantes sin dejar de sonreír, como si estuviera en la sala de su casa y no en el mugroso carro del metro en el que estaba. Para coronar la coquetería se acomodó la solapa del abrigo con el revés de la mano, se peinó la calva blanca que en los viejos es elegante y dejó que el tren lo llevara hasta quién sabe dónde, hacia quién sabe quien, hacia cualquier cosa que tal vez lo acompañara. 

jueves, 24 de julio de 2008

Festival de cine

Estoy parada frente al  auditorio del estado de Guanajuato. A mi alrededor se pasean unos treinta individuos de edad incierta (los que tienen 22 portan barbas y lentes inconmensurables y mugrosos que los cubren por completo, igual podían tener 60; las que tienen 62 no se pintan ni se peinan, tienen una confianza en su físico que sólo tolera la  piel y el pecho apretado de una de 20). Todos los asistentes se mueven todo el tiempo, sin rumbo fijo. Se reconocen, se saludan, se recomiendan y se mienten. Los que ni conviven, ni chorean, se paran en una esquina a observar a la concurrencia: se comportan como si estuvieran esperando que Dios padre venga a reconocer su inmensísimo talento. Hasta en los dedos se les ve como se encabronan de que no baje.  Nadie se ha lavado el pelo en meses y a todos les hiede la colonia condesa entre los pies.

Acabamos de oír a Spike Lee dar una mal llamada conferencia magistral. Consistió en un pobre hombre que sudaba frío mientras le hacía preguntas poco iluminadas. El Sr. Lee respondía con sonrisitas de hartazgo, unidas a un máximo de tres frases y un silencio. De cualquier modo todo el mundo le aplaudió como foca cada palabra. Mucho más que al pobre de su tocayo de apellido Jonze, que hizo todos sus mejores esfuerzos por caernos bien y no tuvo ni la mitad de la taquilla. Después todos salen en desbandada a fumar cigarros sin filtro y a mirar a la humanidad con displicencia para que quede claro lo mucho que sufren sus almas de artista. 

Me observo parada en una esquina del teatro haciendo todas estas pueriles reflexiones: en realidad los tengo tan vistos porque soy uno de ellos. Con un poco más de jabón y bastante menos actitud. 

Durante el resto del día el festival y sus pantallas nos recetan toda clase de calamidades. Un documental sobre la guerra de Iraq que se llama, de manera muy apropiada, No end in sight. Es de una inteligencia y una precisión que dan ganas de morirse. Concluye que estos cabrones Bushitas son más pendejos que perversos y todos los muchos, muchos muertos que nos pasan por enfrente son absolutamente gratuitos. Suelto dos lágrimas gordas que me parecen pretenciosas, así que las reprimo. Y se prenden las luces. 

Corte a: Un documental sobre el único grupo de heavy metal que hay en Bagdad. Nos lo aderezan con covers de Metallica y mientras las casas explotan a su alrededor, el preciosismo de sus notas son una receta iluminada y blanca para la esquizofrenia. De ahí pasamos, como quien flota, a una nueva sala de luces bajas: las imágenes más tersas que se han visto ilustran la voz de John Lennon. El pobre habla mitad obviedades, mitad imposibles, todos preciosos.  Para darle punch al final los cineastas nos recuerdan cómo se murió el genio y  otro muerto nos cae encima.

El final del día se siente como si el mundo estuviera dividido entre los que se mueren y los que se aburren ¿Para qué habré manejado cuatro horas hasta este pueblo bananero? Fuera de dos o tres túneles coquetamente iluminados, el patrimonio de la humanidad que Guanajuato presume en su letrero de bienvenida, no se le ven por ninguna de sus fachadas. 

Supongo que manejé porque no hay nada que se parezca más a un par de brazos limpios que la butaca de un cine.  Supongo que fue porque aunque Spike Lee sea monosilábico y hostil, sus ojos son la parte mejor lograda de su anatomía: ven y reproducen sólo cosas extraordinarias. Supongo que fue porque cuando Spike Jonze sonríe invoca el relajo de un guión de Charlie Kauffman. Supongo que fue  porque el corto con la voz de Lennon acariciaba como un hombre bueno.  Fue porque entre los múltiples piojosos que me pasan por enfrente, debe haber algún genio que un día en dos horas nos cambie la vida, o la tarde, depende de qué tan genio.  Fue porque los festivales de cine son entes extraños y hay que adorarlos. 

Hay que adorar a cualquier multitud que adore lo que uno adora. A ver qué más nos van dando estos días de cine.