viernes, 17 de octubre de 2014

Poca Sabiduría

Me aturde esta gana de saberlo absolutamente todo. Se las podría vender como sofisticación, pero es vil gana de chismerío. Gana de ver a esta mujer delgada de camiseta rosa y saberle los secretos. De ver al niño de cuatro años que exige huevos revueltos de su mamá y saber qué va a pasarle. Su mamá le dice a su amiga que su hijo no será malo como el hombre del que hablan. No sé si el hombre del que hablan es el de ella o el de la amiga. Nos sé si el niño de cuatro años se convertirá en un hombre del que dos amigas hablen mal. ¿Quedará mal con su madre? ¿Se enterará de que ella le tenía mejores esperanzas? Nunca voy a saber. No voy a saber nada. Este mesero que lleva los pelos parados en el frente, como esos niños de grupos corografiados de los noventas ¿Creerá que se ve bien? ¿Tendrá una novia o un novio o una abuela que le dice que se ve bien? ¿Se verá peor con el pelo largo hasta las rodillas? ¿O corto como militar? ¿Habrá trarado todo hasta llegar a este copete que una completa desconocida le está criticando? ¿Cuánto esfuerzo hay detrás de ese copete? Qué maldita curiosidad de saber.
Yo antes sabía más pero hay mucho ruido en el mundo. Me ataca Facebook con consejos sobre cómo ser mamá más efectiva  de unos niños que no tengo; con información sobre cuáles eran las carreras de los niños de Harry Potter antes de salir en Harry Potter. Los niños de Harry Potter tienen cinco o más años menos que yo ¿Sabrán más? Seguro que sí.
En otra ventana adolescentes reaccionan al primer Nintento: lo que más los ofende es que sea beige. Ninguno se da cuenta de que hay que empujar el cartucho del juego hacia abajo después de insetarlo para que agarre. Yo sí sé eso. Y sé más cosas inútiles porque Facebook me ataca con ellas. Pero estos adolescentes que reaccionan al Nintendo no parecen saber nada y yo quiero saberlo todo de ellos. ¿Qué ira a pasarles? ¿Que irán a ver que yo me pierda?
Este viejo que abraza a una mujer de cuarenta años ¿es su papá? Nunca se sabe ¡porque no sabe nada! ¿Será su hija, su novia, su empleada? No hay mucha intimidad en el abrazo, pero tampoco hay mucha intimidad entre todos los padres y sus hijas, entre todos los novios y sus novias, y la hay en las amistades entre jefe y empleada, sobre todos cuando tienen edad como para recordarse a un ser querido que no está al alcance. ¿Por qué éstos dos no tendrán a sus seres queridos a su alcance? ¿O serán sus seres queridos? ¿El uno del otro? Qué desastre. No se sabe nada.
Hace mucho que no sé suficiente de mucha gente de la que alguna vez supe todo. Y los extraño todo el tiempo, en un rincón nostálgico con el que se aprende a andar, como un dolor de garganta que no termina de desdoblarse en ronquera pero tampoco se quita. Es difícil hablar de lo que uno ya no sabe, es dificil inventar lo que uno ya no entiende. ¿Y si uno se dedica a inventar? Ésa es la cosa. ¿Es uno un mentiroso? Inventar es una forma de saber. Y yo quiero saber. Quiero saber todo. Es una lata.

martes, 27 de mayo de 2014

La Historia sin Fin

“Te voy a dejar las dos cosas que más quiero en el mundo aquí junto a ti, para que te protejan" -  me dijo mi hermano Mateo, para consolarme porque nuestros papás se habían ido de viaje y yo tenía unos desamparados siete años. Mateo tenía nueve y su prodigiosa imaginación había mitificado dos objetos  hasta volverlos amuletos con poderes inescrutables: el primero, un libro con tinta de dos colores editado en esos tomos anarajados de la Biblioteca Infantil Alfaguara, La Historia Interminable de Michael Ende; el segundo mucho más raro,  un bastón largo con cuernos de venado falsos (espero que falsos) al que Mateo había vuelto su tesoro por quién sabe qué capacidad fantasiosa, pero una que a la fecha me lo coloca como héroe de la imaginería por encima del Bastian, protagonista del libro de dos colores (y eso que la cabeza imaginativa de Bastian restauró todo un mundo).  No me acuerdo de dónde salió el bastón de venado de Mateo, no quiero preguntarle porque perdería la magia con la que lo recuerdo. Siento que tenía que ver con mi tío Arturo, el dueño del jardín frente a los volcanes poblanos donde el adulto Mateo se casó hace unos días. Mi tío Arturo, su jardín, el bastón que se sentía tocado por un arte de comunión con la naturaleza que Mateo veneraba como el niño de ciudad que le tocó ser, y el libro de ficción que leímos hasta partirlo en tres: todos mitos que hasta hoy usamos, quizá para reemplazar la fe más tradicional que nos falta.

Hace unos días Dani, mi novio, me puso La Historia sin Fin en “el pantallón” como llamamos al cine semi-profesional que su perseverancia ha montado en la sala llena de ventanas de nuestra minúscula casita Angelina. Hace mucho que no veía esa película, basada en el libro mítico de Mateo. Mi mamá nos llevaba a verla a uno de esos cines que ya no existen, polvosos y con quinientas butacas rojas, con una pantalla inmensa y un escenario que los niños más chicos -o los que no venenraban la ficción como los hermanos Aguilar Mastretta- usaban para corretearse cuando los aburría la película. Afuera del cine vendían Aurines de plástico: amuletos  hechos de dos serpientes entrelazadas, mordiéndose la cola y creando el infinito, iguales al amuleto que, en la película, la Emperatriz de Fantasía le entregaba al guerreo Atreyu para protegerlo; como Mateo me entregó el libro y el bastón. Cada vez que íbamos mi mamá nos compraba un Aurín nuevo, porque habíamos perdido o dejado en casa el de la función anterior. La vimos en el cine tantas veces que me acuerdo de esa vendimia de afuera como si fuera parte de la cinta. Cuando arrancó en "el pantallón" estuve a punto de darle a Dani diez mil pesos de 1989 a cambio de mi Aurín de plástico y pintura de plomo. La vimos tantas veces que sus amigos empezaron a llamar Matreyu a mi hermano y yo andaba con collares en la frente para sentirme la rubia emperatriz de Fantasía.

"¿Cómo la viste en el cine si es de 1984?" – me dijo Dani. No sé. En 1984 no había salido de la panza plácida de mi mamá. "Habrá sido un re-estreno" - me dijo.  No creo. ¿Será posible que haya inventado nuestras visitas al cine y todo mi recuerdo de la mítica peli  venga de haberla visto en nuestra telecita formato Beta Max? Lo de la vendimia del Aurín es seguro, pero quizá fue casualidad de tianguis que seguía vendiendo parafernalia de películas pasadas. 

“Pero si la vi en grande, muchísimas veces” – le dije a Dani, convenciéndome más a mí que a él. “Pues es de antes de que nacieras” me dijo, teniendo de su lado la contundencia de google. Tras ese primer golpe de duda corrieron los créditos iniciales de La Historia sin Fin, una música ochentera inundó nuestra salita y me devolvió completa al cine de butacas polvosas y de niños correteando por los pasillos. Si lo inventé la memoria es canija, la carita del niño Bastian me hace oler las palomitas saladas y viejas de esos lugares  extintos. El crédito de Michael Ende, a quien corrimos a leer saliendo del cine y cuyo libro se volvió la segunda posesión más querida de mi hermano, no está. “Mira cómo ha cambiado Hollywood” – le dije a Dani. “El autor de la novela no tenía crédito en los iniciales“- pensé en las conquistas literarias de JK Rowling y cosas así triunfales. “Es que Ende odió tanto la película que le quitó su nombre” – me dijo Dani, que sabe esas cosas. A Dani le encanta desmitificarme el pasado, por eso es tan reconfortante vivir con él en el presente. Mi infancia estaba recibiendo una paliza callada.  Ni vi La Historia sin Fin en el cine, ni el cine le había hecho justicia al libro de los dos colores. Quise pedir las sales. La Historia sin Fin pegó en mí y en Mateo porque vivíamos de ficción. La ficción que consumíamos y la que inventábamos seguros de que la haríamos realidad, igualito que Bastian. 


Desperté a media noche con la emperatriz de Fantasía hablándome directo a los ojos como le habla directo a la cámara en esa película que, aunque haya enfurecido a su autor, a mí me volvió a dejar pasmada de felicidad y de impresión durante su revival en "el pantallón".  Los motivos, claro, fueron distintos:  descubrí que el actor que hace de Atreyu, al  que yo recordaba como un guerrero correcto, no había llegado ni a la pubertad; y que el viejito de la tienda que le advierte a Bastian de los males del libro con el Aurín en la portada, debe haber tenido máximo cuarenta años; descubrí que Falcor, el dragón de la suerte que vuela por los aires de Fantasía y de Chicago, es de peluche vil y que todo en ese cine fantástico de efectos especiales análogos es más antiguo y quizá por eso más impresionante de lo que fue. Las palabras de la emperatriz me despertaron, sus ojos verdes y redondos como canicas, suplicándole a Bastian que se creyera su ficción. Esa es La Historia sin Fin, dice: así como Bastian acompañó a Atreyu en sus aventuras, otros acompañaron a Bastian: Dani, Mateo, yo; y todos los niños de los ochentas que sí vieron esa peli en el cine, no como yo, que nada más recuerdo mis propios inventos. Y así sigue, la emperatriz me recuerda que a mí me acompaña mi hermano Mateo a los nueve años y sus amuletos protectores, tan etéreos y verdaderos como cualquier buen invento; y la memoria de nuestra infancia, redonda y azucarada como la mejor ficción.  Me recuerda también que me acompaña el presente, que se hace ficción cuando pasa: mi hermano Mateo paradito en el jardín de los volcanes, vestido de novio, esperando a su mujer; nuestro hermano Arturo, hijo del dueño del jardín, teniendo dos hijos perfectos unos días después; el pantallón de Dani, la ficción que vemos todos los días y la que inventamos cuando nos ponemos a trabajar; mis papás en su casa, sin irse de viaje; mi recámara compartida, obscura y cálida; los ojos de la emperatriz. Todo ronda al mismo tiempo. En la memoria la ficción y la verdad se mezclan y da igual cuál es cuál. ¿Qué habrá sido de los dos tesoros pasados de Mateo? ¿Qué será de lo que atesoremos en el futuro? ¿Nos andarán protegiendo siempre, como los buenos inventos?

viernes, 28 de marzo de 2014

No es por pelear con lo de "femenino"

Porque de veras no es pleito ¿hay algo peor que la gente que pelea contra su buena fortuna por semántica? Peor, peor ¿hay algo peor que una mujer que pelea contra su buena fortuna por semántica?

No tengo cómo agradecer el cúmulo de bendiciones que me ha caído en la última semana durante la primera presentación de nuestra película "Las Horas Contigo" en el Festival Internacional de cine de Guadalajara. No quiero describirla porque me haría quedar como una presumida desequilibrada. Sólo diré que ha superado todas mis expectativas. Todas. Y que me siento humilde y honrada de haber trabajado con la gente con la que trabajé. La mayoría de esa gente, por el motivo que fuera, resultaron ser mujeres. Y por lo tanto de pronto la peli se ha vuelvo un himno a lo femenino que yo (por ingenua, claro) no vi venir. Sí, la peli tiene muchas mujeres, así salió. Pero ¿qué no hay miles de películas que tienen muchos hombres? Nadie las vuelve himnos a lo masculino.

No sé si alguien haya descrito a "Perros de Reserva", película preciosa y brillante, llena de personajes complejos y sí, hombres todos ellos,  como un homenaje a la sensibilidad masculina. Es más, siento que si lo hicieran nos llamaríamos a engaño, porque habría la implicación de que las múltiples complejidades, virtudes, defectos, fuerzas, lealtades, horrores y maravillas de los Mr. Perros de Reserva son exclusivas al género masculino. Si yo fuera hombre me parecería grosero que alguien tomara la exclusividad de ciertos sentimientos y se los colocara como virtudes a un género al que no pertenezco.

La sensibilidad es de personas: hombre, mujer o todo lo contrario ¿no? Siento que es 2014 y que "de mujeres" ya no debería ser género cinematográfico. O en general. Han llamado a nuestra peli un homenaje a la sensibilidad femenina, y yo agradezco profundamente la primera parte de esa descripción porque todo lo que hicimos lo hicimos queriendo hacer un homenaje a la sensibilidad. Lo de "femenina" como categoría y/o calificativo-- me confunde.

Y ya. Hasta ahí. Me callo. Todo ha sido increíble y agradecible. Y este post un pretexto para mencionar mi peli y "Perros de Reserva" en el mismo aliento. ¡Qué descaro! Arriba las mujeres fuertes y los hombres sensibles, etc. ¡La pura felicidad!

miércoles, 29 de enero de 2014

No eres extraordinaria, me dijeron. Y no.

No eres suficientemente extraordinaria, me dijo mi abogado gringo. Y contuve el impulso de despedirlo en el acto porque es buen abogado y sus argumentos eran sólidos: "No tienes agente, no tienes premios, tus salarios no han llegado ni a los mínimos sindicales". Un golpe al hígado tras otro, conectó, el cabrón. Me defendí: "Hice una película". Él puso un tono gringo y compasivo: "Que no han estrenado y sólo ha entrado a un festival".  Pues sí, contra la verdad, nadie.

Todo esto me pasa en aras de convencer a las autoridades migratorias de los Estados Unidos de que me den una visa reservada para "talentos especiales" que me permita vivir en su país.  La existencia misma de semejante visa se presta a un ensayo sobre las prácticas hegemónicas del imperialismo en turno, y si me diera por ahí me declararía en contra de esta estructura dedicada al robo de talentos de todo el mundo para alimentar la máquinaria cultural y científica de un país con la moral en quiebra y la creatividad coja que demuestra a diario con sus industrias de consumismo, necesidades inventadas y -demonio de todos demonios- Hollywood y su cine falto de vida, falto de realidad, lleno de engaños animados por computadora, pan y circo. Ya. Tomen aire.

Lo malo, claro, es que no me da por ahí. Vivo en el país del norte, en la ciudad de las palmeras y me gusta tener su sol implacable de enero sobre los hombros.  Tengo que ir a pedir chichi con las autoridades migratorias de la maquinaria, a ver si me dan permiso de seguir pidiendo trabajo en el horrible y glorioso pueblo que este año nos dio Gravity y Grown ups 2.

Pero no soy suficientemente extraordinaria, dijo el tipo. ¿Cómo convencerlos? Ojalá en vez de pedirme aplicaciones con listas de mercado sobre mis -pocos, sí- logros laborales y mediáticos, me pidieran un segundo de asomarse a mi cabeza. Y no es que mi cabeza sea particularmente extraordinaria, no escribo esto para que mis seres queridos salten a contradecirme con elogios y amor. Lo escribo para hacer un acto peor de proselitismo, para caer en un peor lugar común, que es el siguiente: los logros más impresionantes de todo el mundo están casi siempre escondidos. Mis conquistas más extraordinarias no las pregunta la entidad migratoria, nadie las pone en sus currículums, pero deberían.

No me he ganado un premio de reconocimiento internacional, pero me he aprendido a cabalidad los humores y miedos de otro, puedo recitar sus días iguales y me he ganado el privilegio de compartirlos. Me he pasado la vida entrenando y a veces he sabido consolar a mis amigas cuando les duele un novio, a mis hermanos cuando les duele un abismo, a mis sobrinos cuando una rodilla raspada.

No tengo agente pero me he deshecho del miedo que a los treces años me daba comerme una galleta y que se me fuera a los muslos. Dejar de sufrir por tonterías me fue mucho más difícil de lo que me ha sido escribir todos los guiones que he escrito o que iré a escribir y que un día, con certeza, me conseguirán un agente.

No tengo contratos pero tengo la energía de mi infancia -si la busco un poco- siempre ahí, lista para propagar su disposición inmediata a la felicidad. Tengo confianza, qué horrible trabajo cuesta la confianza y ya va, más o menos. Tengo el dolor curado de las primeras pérdidas; la certeza de que he tenido tanta suerte,  han sido tan pocas.

No he hecho nada y de cualquier modo he hecho cosas tan grandes que no se pueden listar, que se guardan en el centro de mi cabeza cada vez que quiero describirlas porque así comprueban que no están para explicarse.


Lo que es cierto es que el abogado gringo tiene razón: no soy extraordinaria. Todo el mundo hace cosas así. Todo mundo tiene sus verdaderos logros escondidos en un punto de luz que debería brillarles en la frente. Todo mundo se sabe dueño de conquistas inalcanzables que no se enumeran con facilidad. Todo el mundo. Todos los días. Qué ganas de saberlas todas. A todos les darían su visa. 

jueves, 31 de enero de 2013

Saturno y mi abuela que son de verdad


Estoy haciendo una película de ficción sobre mi abuela materna. Llevo años pensando en las palabras del libreto, luego imaginándome a las actrices que dirían las palabras, ahora buscando el espacio en el que las actrices maravillosas que hemos ido encontrando dirán esas palabras. Hay un abismo en el cine entre lo que uno imagina y lo que termina poniendo en la pantalla. Generalmente -y si hay suerte- es un abismo bueno, porque la realidad supera las mejores expectativas de la imaginación.  No hay imaginación capaz de crear a De Niro escupiendo "you takin' to me?",  por un ejemplo de millones. De cualquier modo antes de que la realidad se imponga hay que concentrarse en la ficción, que en este caso es doble porque es la ficción que inventé a partir de la irrepetible realidad que fue mi abuela. 

Me he impuesto la tarea de separar mis inventos de la realidad y juzgarlos por sus propios méritos, hacerlos míos, distintos, volverlos naturalidad falsa. De pronto me detengo a pensar si a mi abuela le gustaría lo que he inventado; y la maravilla sucede cuando la respuesta es "no". Porque mi abuela -un dios inventado la bendiga- odiaba la ficción.

En ese brete entre la realidad y la imaginería me encontró un post de mi prima Alicia, que es científica con mucho más fervor, talento y resultado comprobable del que yo dispongo para ser cineasta. Es un post sobre la construcción de un telescopio con el que hace años me enseñó Saturno, en vivo y a todo descolor, precioso y comprobable. Se lo enseñó también a mi abu, la de la realidad, a la que yo me aferro en detrimento de mi ficción. Pensando en abu y en mi cine me encontró mi prima Alicia avisándome que ella pensó en mi abu y en su ciencia,  porque así pasa con abu y quienes la pensamos, la recordamos unida a lo que más queremos. 

Alicia mi prima se llama como la hermana de mi abuela Ángeles, que se llama como mi madre y así siguen las conexiones y las confusiones de cariños y nostalgias. El hecho es que como verán, Saturno y sus anillos existen, y cautivaron a mi abu porque eran de verdad, cuando para ella, antes de que mi prima se los comprobara, habitaban en la ficción a la que nunca le dio la importancia, ya no digamos la veneración, que yo le otorgo. Saturno y sus anillos existen y como leerán son tan sólidos y tan inexpugnables como la marca que dejó Abu en todas las realidades y las ficciones de sus nietos. 


SATURNO Y SUS ANILLOS DESDE MI TELESCOPIO
Por Alicia Mastretta Yanez


En algún momento de las reuniones familiares decembrinas escuché que una tía mía nunca había visto y deseaba ver los anillos de Saturno. No en foto, sino en vivo, en un telescopio. De todas las veces que he visto los anillos de Saturno y las lunas de Júpiter, mi memoria saltó a la última noche del 2006. Estábamos en el jardín de casa de mis padres. Además de mis progenitores y de mis hermanas, estaban mi tía abuela materna y mi abuela paterna. Ambas con más de ochenta y algo años. Estaba también el telescopio.

Se trataba de un telescopio newtoniano, un tipo de telescopio reflector. Un telescopio newtoniano puede ser un simple tubo de PVC de más o menos un metro de largo con un espejo cóncavo en la base (el espejo primario); y un espejo plano (el espejo secundario) suspendido cerca de la abertura del telescopio y con un orificio donde se coloca un ocular y donde se fija con asombro la mirada.

La primera vez que me asomé temblé de la impresión, como si hubiera sido yo quien descubriera las cuatro mayores de sus lunas y no Galileo en 1610. Durante las primeras semanas que tuve mi telescopio pasé cada noche apuntándolo al cielo. Varias lunas llenas hicimos lunadas en las que armados con chocolate espumoso salíamos a ver los detalles de los cráteres hasta que la vista se cansara de tanta luz. Mis amigos siguieron siendo mis amigos después de que más de una vez los sometí a ser devorados por las hordas despiadadas de mosquitos que se instalaban en la azotea o el jardín tan pronto aparecía el telescopio.

De Saturno se pueden ver los anillos. Unos aros que rodean un círculo más pequeño que el que se ve en Júpiter. Los anillos de Saturno se ven nítidos, definidos de forma perfecta. No se pueden distinguir todas las divisiones, pero a veces sí la mayor: la División de Cassini. Así, lo que a simple vista es un punto brillante, una estrella apenas distinguible de las otras, gracias al trabajo de la óptica del telescopio se revela como un planeta, orbitado en el ecuador por millones de partículas de roca y agua congelada. Una belleza absoluta.

Eran poco antes de las 2 am del primero de enero del 2006. Apunto hacia Saturno. Enfoco. Cedo el ocular a mi abuela Ángeles. Veo su pupila dilatarse con la luz, la contracción de sus párpados. Se queda quieta. Me voltea a ver. –Sí existen, Saturno y sus anillos, existen– me dice a mí casi hablando para sí. Usa un tono que recuerdo bien y que me cuesta describir: calmo y prudente mas al mismo tiempo al borde del quebranto, como abrazado algo desde dentro.

La que hablaba era una mujer de 82 años que nació en el México postrevolucionario; que creció con todo el catolicismo de la muy conservadora ciudad de Puebla; que a los 55 años (viuda y con cinco hijos ya haciendo sus vidas) decidió estudiar la preparatoria; que años más tarde se recibió de la carrera de antropología; que dejó de ir a la iglesia los domingos creo sólo cuando la enfermedad la postró en la cama; que era una persona maravillosa y cálida, pero que no perdió ocasión para reprocharme con una severidad inverosímil los hoyos de los jeans y cualquier otra de mis faltas.

Qué habrá pasado con exactitud por la mente de mi abuela en el instante que sus ojos contemplaron Saturno y sus anillos es algo que sólo sus cenizas saben. Yo creo haber percibido en su rostro y sus palabras eso que se siente cuando se comprueba algo por uno mismo, esa sensación cuando la realidad se vuelve una pizca más descifrable y al mismo tiempo un tanto más asombrosa.

Llegó el turno de otros de usar el telescopio. Ajusté su posición. A mi abuela no le pregunté nada, no hablamos sobre el tema nunca. Pero ese momento es el más preciado de mis recuerdos sobre ella. Jamás me he vuelto a emocionar así, a sentir una felicidad tan súbita y silenciosa como la que me invadió cuando vi sus pupilas dilatarse y cuando la escuché decir que Saturno y sus anillos sí existen.




Por restricciones de espacio me di el lujo gandalla de editar a mi brillante prima- si quieren dejar de ser mis víctimas, pueden leer el post completo con la explicación de cómo hacerse de su propio telescopio y ver la realidad de Saturno con sus propios ojitos - aquí: http://masciencia.org/blog/telescopio1 y aquí: http://masciencia.org/blog/telescopio2


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Segundo Piso


Mi sobrina nació en La Ciudad de México hace seis años y hace dos, llevada por su mamá hacia la natación o el canto o alguna otra de las múltiples actividades que su personita ejerce, se topó con una desviación por obra y preguntó: "Oye Mami ¿Cuándo van a terminar la ciudad?"

Toda su vida ha estado marcada por las señales anaranjadas y los taladros de la renovación urbana.  Hace unos días descubrí que también la mía. En el fondo (y en la superficie) soy un alma cursi que tiende al romanticismo de cualquier tiempo pasado, hoy por ejemplo, es domingo y ando nostálgica del miércoles. El miércoles fue un gran día, me comí un sandwich del tamaño ideal, trabajé seis horas productivas y abracé al novio Daniel un poco más tiempo del necesario. Oh miércoles, suspiro. Y así. La nostalgia me ve venir y se me pega como lapa porque sabe que soy un vehículo siempre cómodo y dispuesto.

Pero hace dos semanas llegué a casa de mis papás, a la ciudad en la que crecí y que me dio por abandonar,  me subí al que fue mi primer coche y tomé avenida Revolución hacia el sur. La nostalgia se arremolinó en mí como un gordo en su sillón más resistente. Mi coche que era nuevo como era nueva yo en la preparatoria, hoy gime y rechina cuando se para en los altos como para recordarme lo destartalados que andamos los dos diez años después. Es un jetta rojo jitomate, precioso, al que premonitoriamente llamé Daniel, que nos llevó a mí y a toda mi banda a cualquier cantidad de lugares míticos, como el boliche de Avenida Universidad.

Daniel mi coche huele regular porque lo choqué un día y se quedó con una fuga en la puerta por la que le entró lluvia todo un verano y lo llenó de moho. Lo limpiaron y acondicionaron pero el rastro de su historia se quedó en sus rincones irremediablemente, sin importar cuánto tiempo pasa. Así con todo su pasado a cuestas me llevó al segundo piso del periférico y me entregó al mío.

Todo me pasa al mismo tiempo. Subir el puente y bajar hacia Las Flores para tomar café con las mismas niñas con las que ahora voy a cenar, que son las mismas y son distintas. Antes nos reuníamos en el segundo Starbucks que abrió en el DF y bebíamos inconsciencias con chocolate blanco y leche entera que hoy me mandarían al hospital; ahora nos reunimos en sus casas, donde viven con hombres buenos, los cachetes y la respiración clemente de sus hijos. Pero cuando las niñas se ríen se iluminan y podrían tener la misma edad que cuando las conocí, la misma edad que tienen sus hijos los que no han nacido y la misma edad que tienen, todo al mismo al tiempo. Subir el puente y bajar en la calle empedrada donde vivía mi novio de segunda infancia,  sentarme en la banqueta a esperar al renuente elenco de las múltiples producciones con las que torturé a mis seres queridos desde que decidí que me daría por el cine. Ir al super, tropezarme con las piedras en tacones, despertar cantando y jugar a la casita. Cargar a Daniel mi coche con disfraces de todo tipo, hacer como que era alguien para ver si me enteraba de quién era. Y cada vez subir el puente. Dejar la ciudad iluminada abajo, quejarse de que todo está mal construido, de  que los entronques son ciegos y las salidas muertes certeras a pesar de que siempre nos llevaron a vivir. 

Todo pasa en este puente, la primera vez que manejé sola su construcción me mantuvo siete horas en un tráfico asfixiante, sentada junto al primer niño que me gustó de veras y que se quedó siendo mi amigo porque así son los gustos. Me llevó a su universidad fresa en el fin del mundo a ver las luces de la ciudad desde la montaña. Me da nostalgia la nostalgia, porque desde entonces sentía que lo que éramos había cambiado y seguiría cambiando hasta mantenernos irremediablemente juntos. Y así ha ido siendo, años después, todo al mismo tiempo. Pienso en las salidas hacia los antros y los teatros por los que pasaron nuestras caras frescas, sin arrugas, haciendo de Romeo y Julieta, aventándole frases de amor a los amigos en los que hasta hoy se me presenta la mejor versión de mi misma, la que no juzga y no cree en el futuro y no sabe lo que es meterse en su propio camino.

Subo el puente y todo me pasa hoy, que es un hoy mejor que todos esos días  a pesar de que lo asedia la realidad que el pasado tiende a perder. El tiempo es una mentira en ese coche, en ese pedazo de ciudad, lo abarca todo: todas las que fui y todos los que fuimos, todo lo que nos pasó juntos, cómo nos fuimos haciendo quienes somos, separándolos o cambiando siempre bajo la mirada de los otros. Las niñas a las que me dirijo son mi familia, son dispares, están hechas de cosas radicalmente distintas, pero las quiero hoy mucho más de lo que las quería cuando teníamos más cosas en común. Todo me pasa en la subida del puente, menos el tiempo. El tiempo no pasa y al mismo tiempo nos pasa por encima.

No terminan la ciudad y mi sobrina habrá de extrañar alguna señal anaranjada que la marque. Y yo en ese coche que fue el primero y está en las últimas. Y así la nostalgia. Lo bueno es que para manejar uno tiene que ir viendo para adelante. 

jueves, 26 de abril de 2012

Deseos cumplidos


Se nos va ocurriendo querer tantas cosas, posibles e imposibles, que cuando se nos cumple un deseo menor se nos vuelve como una promesa. Cuando era muy chica deseaba ganarle a mi hermano en un carrera, tener un perrito, una maleta de Hello Kitty; después quise cosas más sufridoras, ser más flaca de lo que era, o ser más divertida de lo que era, o ser el sueño de los muchos niños de la secundaria que no sabían que existía. He querido cosas fáciles, desde sacar diez en un examen o entrar a una universidad, hasta un vestido del rojo exacto y un evento al que llevarlo; y he querido cosas imposibles, desde tronar los dedos y hacer feliz a alguien que quiero, hasta estar en paz.

Ahora quiero de todo, quiero vivir lejos y cerca de mi casa, quiero que algún ente metafísico decida qué habrá de cena todos los días, quiero hacer una película, darle la mano a Woody Allen,  reírme a carcajadas con alguien que me conozca, pintarme las uñas de azul clarito, quiero que los chistes malos me den risa y que algunas cosas me dejen de doler. Quiero muchas, muchas cosas, pero tengo también la alegría de los deseos -fáciles e imposibles- que se me han logrado.  

Todo esto viene a cuento porque recientemente fui testigo de un deseo tan bien logrado que me contagió el gusto.  Un deseo de infancia que se volvió importante no tanto por él mismo sino por el sin número de deseos que alimentó. 

Muchos años antes de que yo entendiera qué hacía el director de una película, Dani quiso conocer al director que lo hizo enamorarse del cine. Luego quiso muchas cosas, entre ellas mudarse a Los Ángeles en dónde -sin querer- se topó conmigo, que sólo de verlo empecé a tener muchos deseos.

Hace unas semanas Dani conoció a su director de cine y se le cumplió ese deseo inicial, que alimentó tantos otros. Y fue el deseo más cercano, la promesa más clara, porque aunque en apariencia se haya tratado de conocer a un desconocido (que finalmente no es más que un señor), el desconocido es más que una persona, un director de pelis buenas, un tipo. El desconocido - que para efectos del deseo seguiría siéndolo incluso si se volviera amigo íntimo- no es un desconocido cualquiera, sino el símbolo de todas las cosas que se han deseado y la promesa de que pueden estar cerca.

Les dejo aquí el deseo cumplido de Dani, que es -entre otras cosas- el mejor de mis deseos cumplidos.  Promesas, promesas, a ver qué más nos va pasando. 




 THE DAY I MET HIM

I knew he was coming into the office Tuesday morning for a meeting with the head of my company. Even though it was a long-shot, there was a possibility I’d see my childhood idol walking into the office. Or perhaps coming out of a conference room. Or maybe even actually share an elevator with him! (yeah, right).

I parked my car in P4 – we assistants are made to park as far underground as possible – and walked up the first of five escalators at 8:15am, all the while thinking about where I’d position myself so I could maybe see him walking into the building. I thought that waiting (let’s call it waiting rather than stalking) immediately outside the building, where the valet area is located and where he would be pulling in, was the best option.

The only problem was that I had no idea at what time he would be coming in. It could be 10am. It could be 11am. It could be 9:30am. By 9am at the latest I had to be sitting at my desk, so waiting outside by the valet area if his meeting was after that time would most likely make me look like an idiot. I had heard, however, that he is always extremely punctual and tends to arrive very early for his meetings. So if I was lucky enough that his meeting happened to be at 9am I might catch a glimpse of him before going up to my desk. It was a long shot, but definitely worth the awkwardness of me hanging out by the valet area for 45mins.

All these thoughts were flying through my brain as I walked up the fifth and final escalator, the one that leads you directly to the office entrance. At the top of the escalator you can make a left and walk into the  main lobby, or you can continue straight and exit the building through a set of glass doors that lead directly into the valet area, a.k.a. the area I had strategically chosen as my stalking spot.

As I reached the end of the escalator and my line of sight rose to street level, the first thing I saw through the glass doors was a man sitting on a bench just outside the building by the valet area. He was sitting with his back towards me, but I immediately and almost subconsciously picked up three small-yet-crucial details: he was wearing sneakers, he was wearing jeans and he had graying hair. Even though his third trademark was missing – baseball cap – I immediately knew this was Steven Spielberg. Take that Sherlock Holmes.

My heart began to race.

I stepped outside onto the valet and after walking a safe distance turned around to look straight at the man. And indeed it was The Man. Though there had been no doubt in my mind, my eyes could now reassure me of what my heart had immediately known – it was Steven Spielberg. He was sitting alone, typing furiously into his iPhone, a cup of coffee resting next to him.

This was it. This was the moment I had dreamed about since I was 13 years old. And I really mean that; I would actually day-dream that Steven Spielberg was a friend of my dad and would one day come to our home for dinner. I’ve seen every single interview with the man. To this day I have every single poster of his movies up on the walls of my childhood bedroom back home. I can quote every line and hum every musical queue in every one of his movies, from Jaws to Saving Private Ryan; Close Encounters of the Third Kind to Raiders of the Lost Ark; E.T. to Jurassic Park. Now I had to live up to the promise I had made myself many years ago: if I ever had the chance to speak to Steven Spielberg I had to take it. Being an extremely shy person, this was no easy feat. However, I did not hesitate for a single moment. I took a deep breath, and I walked towards him –

“Mr. Spielberg”, I said in a confident voice that concealed just how terrified I was.

“Yes” He looked up from his iPhone and straight at me over his glasses.

“I just wanted to tell you how much I love your movies”, I barely managed to spit out. My heart was beating extremely fast now.

“Oh thank you, thank you so much”, replied Mr. Spielberg as he stretched out his hand to meet mine, “What’s your name?”

“Daniel”. At this point I pleasantly realized Steven Spielberg was engaging in a conversation with me. At the same time, I tried to block from my mind the fact that Steven Spielberg was engaging in a conversation with me.

“I am from Madrid, Spain. Used to be an engineer, but just loved film so much I decided to come here to pursue my dreams.” My voice quivered a little; I was no longer able to conceal just how petrified I was. My legs were jell-o by this point.

“Quite a journey you’ve taken!” he said, slightly overwhelmed with the amount of information. “Where do you work?” He then asked me, with genuine interest.

“I work here” I pointed at the glass doors, not unlike E.T. pointing out of Elliott’s window towards his “home”.

“Oh really. Which department?” 

“I work for Rupert Batch. We do the financial modeling and back-end deal analysis. We work with Shelly a lot”. I surprised myself with this sentence. Not because it’s not true; it is. But because despite my nervousness I was able to think on my feet and give him the name of his lawyer – someone I know he speaks with often.

“Oh, yeah, I know Shelly. What’s great about that is you’re getting to see both aspects of the film industry. Well perhaps one day we work together!” He said very matter-of-factly, surely not grasping that these are words I will take to my grave one day with a smile on my face.

“Yah”, was my clever response. But then quickly decided to launch into an all-encompassing life pitch: “so yeah...I used to work in something unrelated back home, you know, liked what I did, but my passion just laid elsewhere. So I came here to pursue my dreams”. After a beat I passionately added: “And I can’t tell you how much I love and how important your movies were to me growing up.”

“Thank you, thank you very much”, he said in the most heartfelt and humble tone.

At this point I realized this was a good moment to make my exit – I had told him everything I would want to tell him. Not even in my wildest dreams could I have imagined a one-on-one conversation like the one I had just had with Steven Spielberg.  Why ruin it by stretching it beyond its natural conclusion? I also knew very soon an army of super Agents, just like the ones in The Matrix, would come to whisk him away to his meeting. If they saw me there casually talking with Their Number One ClientTM, I could get in serious trouble.

“Thank you. Well, have a good day”, I said as I walked away, and added: “sorry to have bothered you”.

“Oh no, no bother” he replied, as he went back to his iPhone.