viernes, 28 de marzo de 2014

No es por pelear con lo de "femenino"

Porque de veras no es pleito ¿hay algo peor que la gente que pelea contra su buena fortuna por semántica? Peor, peor ¿hay algo peor que una mujer que pelea contra su buena fortuna por semántica?

No tengo cómo agradecer el cúmulo de bendiciones que me han caído en la última semana durante la primera presentación de nuestra película "Las Horas Contigo" en el Festival Internacional de cine de Guadalajara. No quiero describirla porque me haría quedar como una presumida desequilibrada. Sólo diré que ha superado todas mis expectativas. Todas. Y que me siento humilde y honrada de haber trabajado con la gente con la que trabajé. La mayoría de esa gente, por el motivo que fuera, resultaron ser mujeres. Y por lo tanto de pronto la peli se ha vuelvo un himno a lo femenino que yo (por ingenua, claro) no vi venir. Sí, la peli tiene muchas mujeres, así salió. Pero ¿qué no hay miles de películas que tienen muchos hombres? Nadie las vuelve himnos a lo masculino.

No sé si alguien haya descrito a "Perros de Reserva", película preciosa y brillante, llena de personajes complejos y sí, hombres todos ellos,  como un homenaje a la sensibilidad masculina. Es más, siento que si lo hicieran nos llamaríamos a engaño, porque habría la implicación de que las múltiples complejidades, virtudes, defectos, fuerzas, lealtades, horrores y maravillas de los Mr. Perros de Reserva son exclusivas al género masculino. Si yo fuera hombre me parecería grosero que alguien tomara la exclusividad de ciertos sentimientos y se los colocara como virtudes a un género al que no pertenezco.

La sensibilidad es de personas: hombre, mujer o todo lo contrario ¿no? Siento que es 2014 y que "de mujeres" ya no debería ser género cinematográfico. O en general. Han llamado a nuestra peli un homenaje a la sensibilidad femenina, y yo agradezco profundamente la primera parte de esa descripción porque todo lo que hicimos lo hicimos queriendo hacer un homenaje a la sensibilidad. Lo de "femenina" como categoría y/o calificativo-- me confunde.

Y ya. Hasta ahí. Me callo. Todo ha sido increíble y agradecible. Y este post un pretexto para mencionar mi peli y "Perros de Reserva" en el mismo aliento. ¡Qué descaro! Arriba las mujeres fuertes y los hombres sensibles, etc. ¡La pura felicidad!

miércoles, 29 de enero de 2014

No eres extraordinaria, me dijeron. Y no.

No eres suficientemente extraordinaria, me dijo mi abogado gringo. Y contuve el impulso de despedirlo en el acto porque es buen abogado y sus argumentos eran sólidos: "No tienes agente, no tienes premios, tus salarios no han llegado ni a los mínimos sindicales". Un golpe al hígado tras otro, conectó, el cabrón. Me defendí: "Hice una película". Él puso un tono gringo y compasivo: "Que no han estrenado y sólo ha entrado a un festival".  Pues sí, contra la verdad, nadie.

Todo esto me pasa en aras de convencer a las autoridades migratorias de los Estados Unidos de que me den una visa reservada para "talentos especiales" que me permita vivir en su país.  La existencia misma de semejante visa se presta a un ensayo sobre las prácticas hegemónicas del imperialismo en turno, y si me diera por ahí me declararía en contra de esta estructura dedicada al robo de talentos de todo el mundo para alimentar la máquinaria cultural y científica de un país con la moral en quiebra y la creatividad coja que demuestra a diario con sus industrias de consumismo, necesidades inventadas y -demonio de todos demonios- Hollywood y su cine falto de vida, falto de realidad, lleno de engaños animados por computadora, pan y circo. Ya. Tomen aire.

Lo malo, claro, es que no me da por ahí. Vivo en el país del norte, en la ciudad de las palmeras y me gusta tener su sol implacable de enero sobre los hombros.  Tengo que ir a pedir chichi con las autoridades migratorias de la maquinaria, a ver si me dan permiso de seguir pidiendo trabajo en el horrible y glorioso pueblo que este año nos dio Gravity y Grown ups 2.

Pero no soy suficientemente extraordinaria, dijo el tipo. ¿Cómo convencerlos? Ojalá en vez de pedirme aplicaciones con listas de mercado sobre mis -pocos, sí- logros laborales y mediáticos, me pidieran un segundo de asomarse a mi cabeza. Y no es que mi cabeza sea particularmente extraordinaria, no escribo esto para que mis seres queridos salten a contradecirme con elogios y amor. Lo escribo para hacer un acto peor de proselitismo, para caer en un peor lugar común, que es el siguiente: los logros más impresionantes de todo el mundo están casi siempre escondidos. Mis conquistas más extraordinarias no las pregunta la entidad migratoria, nadie las pone en sus currículums, pero deberían.

No me he ganado un premio de reconocimiento internacional, pero me he aprendido a cabalidad los humores y miedos de otro, puedo recitar sus días iguales y me he ganado el privilegio de compartirlos. Me he pasado la vida entrenando y a veces he sabido consolar a mis amigas cuando les duele un novio, a mis hermanos cuando les duele un abismo, a mis sobrinos cuando una rodilla raspada.

No tengo agente pero me he deshecho del miedo que a los treces años me daba comerme una galleta y que se me fuera a los muslos. Dejar de sufrir por tonterías me fue mucho más difícil de lo que me ha sido escribir todos los guiones que he escrito o que iré a escribir y que un día, con certeza, me conseguirán un agente.

No tengo contratos pero tengo la energía de mi infancia -si la busco un poco- siempre ahí, lista para propagar su disposición inmediata a la felicidad. Tengo confianza, qué horrible trabajo cuesta la confianza y ya va, más o menos. Tengo el dolor curado de las primeras pérdidas; la certeza de que he tenido tanta suerte,  han sido tan pocas.

No he hecho nada y de cualquier modo he hecho cosas tan grandes que no se pueden listar, que se guardan en el centro de mi cabeza cada vez que quiero describirlas porque así comprueban que no están para explicarse.


Lo que es cierto es que el abogado gringo tiene razón: no soy extraordinaria. Todo el mundo hace cosas así. Todo mundo tiene sus verdaderos logros escondidos en un punto de luz que debería brillarles en la frente. Todo mundo se sabe dueño de conquistas inalcanzables que no se enumeran con facilidad. Todo el mundo. Todos los días. Qué ganas de saberlas todas. A todos les darían su visa. 

jueves, 31 de enero de 2013

Saturno y mi abuela que son de verdad


Estoy haciendo una película de ficción sobre mi abuela materna. Llevo años pensando en las palabras del libreto, luego imaginándome a las actrices que dirían las palabras, ahora buscando el espacio en el que las actrices maravillosas que hemos ido encontrando dirán esas palabras. Hay un abismo en el cine entre lo que uno imagina y lo que termina poniendo en la pantalla. Generalmente -y si hay suerte- es un abismo bueno, porque la realidad supera las mejores expectativas de la imaginación.  No hay imaginación capaz de crear a De Niro escupiendo "you takin' to me?",  por un ejemplo de millones. De cualquier modo antes de que la realidad se imponga hay que concentrarse en la ficción, que en este caso es doble porque es la ficción que inventé a partir de la irrepetible realidad que fue mi abuela. 

Me he impuesto la tarea de separar mis inventos de la realidad y juzgarlos por sus propios méritos, hacerlos míos, distintos, volverlos naturalidad falsa. De pronto me detengo a pensar si a mi abuela le gustaría lo que he inventado; y la maravilla sucede cuando la respuesta es "no". Porque mi abuela -un dios inventado la bendiga- odiaba la ficción.

En ese brete entre la realidad y la imaginería me encontró un post de mi prima Alicia, que es científica con mucho más fervor, talento y resultado comprobable del que yo dispongo para ser cineasta. Es un post sobre la construcción de un telescopio con el que hace años me enseñó Saturno, en vivo y a todo descolor, precioso y comprobable. Se lo enseñó también a mi abu, la de la realidad, a la que yo me aferro en detrimento de mi ficción. Pensando en abu y en mi cine me encontró mi prima Alicia avisándome que ella pensó en mi abu y en su ciencia,  porque así pasa con abu y quienes la pensamos, la recordamos unida a lo que más queremos. 

Alicia mi prima se llama como la hermana de mi abuela Ángeles, que se llama como mi madre y así siguen las conexiones y las confusiones de cariños y nostalgias. El hecho es que como verán, Saturno y sus anillos existen, y cautivaron a mi abu porque eran de verdad, cuando para ella, antes de que mi prima se los comprobara, habitaban en la ficción a la que nunca le dio la importancia, ya no digamos la veneración, que yo le otorgo. Saturno y sus anillos existen y como leerán son tan sólidos y tan inexpugnables como la marca que dejó Abu en todas las realidades y las ficciones de sus nietos. 


SATURNO Y SUS ANILLOS DESDE MI TELESCOPIO
Por Alicia Mastretta Yanez


En algún momento de las reuniones familiares decembrinas escuché que una tía mía nunca había visto y deseaba ver los anillos de Saturno. No en foto, sino en vivo, en un telescopio. De todas las veces que he visto los anillos de Saturno y las lunas de Júpiter, mi memoria saltó a la última noche del 2006. Estábamos en el jardín de casa de mis padres. Además de mis progenitores y de mis hermanas, estaban mi tía abuela materna y mi abuela paterna. Ambas con más de ochenta y algo años. Estaba también el telescopio.

Se trataba de un telescopio newtoniano, un tipo de telescopio reflector. Un telescopio newtoniano puede ser un simple tubo de PVC de más o menos un metro de largo con un espejo cóncavo en la base (el espejo primario); y un espejo plano (el espejo secundario) suspendido cerca de la abertura del telescopio y con un orificio donde se coloca un ocular y donde se fija con asombro la mirada.

La primera vez que me asomé temblé de la impresión, como si hubiera sido yo quien descubriera las cuatro mayores de sus lunas y no Galileo en 1610. Durante las primeras semanas que tuve mi telescopio pasé cada noche apuntándolo al cielo. Varias lunas llenas hicimos lunadas en las que armados con chocolate espumoso salíamos a ver los detalles de los cráteres hasta que la vista se cansara de tanta luz. Mis amigos siguieron siendo mis amigos después de que más de una vez los sometí a ser devorados por las hordas despiadadas de mosquitos que se instalaban en la azotea o el jardín tan pronto aparecía el telescopio.

De Saturno se pueden ver los anillos. Unos aros que rodean un círculo más pequeño que el que se ve en Júpiter. Los anillos de Saturno se ven nítidos, definidos de forma perfecta. No se pueden distinguir todas las divisiones, pero a veces sí la mayor: la División de Cassini. Así, lo que a simple vista es un punto brillante, una estrella apenas distinguible de las otras, gracias al trabajo de la óptica del telescopio se revela como un planeta, orbitado en el ecuador por millones de partículas de roca y agua congelada. Una belleza absoluta.

Eran poco antes de las 2 am del primero de enero del 2006. Apunto hacia Saturno. Enfoco. Cedo el ocular a mi abuela Ángeles. Veo su pupila dilatarse con la luz, la contracción de sus párpados. Se queda quieta. Me voltea a ver. –Sí existen, Saturno y sus anillos, existen– me dice a mí casi hablando para sí. Usa un tono que recuerdo bien y que me cuesta describir: calmo y prudente mas al mismo tiempo al borde del quebranto, como abrazado algo desde dentro.

La que hablaba era una mujer de 82 años que nació en el México postrevolucionario; que creció con todo el catolicismo de la muy conservadora ciudad de Puebla; que a los 55 años (viuda y con cinco hijos ya haciendo sus vidas) decidió estudiar la preparatoria; que años más tarde se recibió de la carrera de antropología; que dejó de ir a la iglesia los domingos creo sólo cuando la enfermedad la postró en la cama; que era una persona maravillosa y cálida, pero que no perdió ocasión para reprocharme con una severidad inverosímil los hoyos de los jeans y cualquier otra de mis faltas.

Qué habrá pasado con exactitud por la mente de mi abuela en el instante que sus ojos contemplaron Saturno y sus anillos es algo que sólo sus cenizas saben. Yo creo haber percibido en su rostro y sus palabras eso que se siente cuando se comprueba algo por uno mismo, esa sensación cuando la realidad se vuelve una pizca más descifrable y al mismo tiempo un tanto más asombrosa.

Llegó el turno de otros de usar el telescopio. Ajusté su posición. A mi abuela no le pregunté nada, no hablamos sobre el tema nunca. Pero ese momento es el más preciado de mis recuerdos sobre ella. Jamás me he vuelto a emocionar así, a sentir una felicidad tan súbita y silenciosa como la que me invadió cuando vi sus pupilas dilatarse y cuando la escuché decir que Saturno y sus anillos sí existen.




Por restricciones de espacio me di el lujo gandalla de editar a mi brillante prima- si quieren dejar de ser mis víctimas, pueden leer el post completo con la explicación de cómo hacerse de su propio telescopio y ver la realidad de Saturno con sus propios ojitos - aquí: http://masciencia.org/blog/telescopio1 y aquí: http://masciencia.org/blog/telescopio2


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Segundo Piso


Mi sobrina nació en La Ciudad de México hace seis años y hace dos, llevada por su mamá hacia la natación o el canto o alguna otra de las múltiples actividades que su personita ejerce, se topó con una desviación por obra y preguntó: "Oye Mami ¿Cuándo van a terminar la ciudad?"

Toda su vida ha estado marcada por las señales anaranjadas y los taladros de la renovación urbana.  Hace unos días descubrí que también la mía. En el fondo (y en la superficie) soy un alma cursi que tiende al romanticismo de cualquier tiempo pasado, hoy por ejemplo, es domingo y ando nostálgica del miércoles. El miércoles fue un gran día, me comí un sandwich del tamaño ideal, trabajé seis horas productivas y abracé al novio Daniel un poco más tiempo del necesario. Oh miércoles, suspiro. Y así. La nostalgia me ve venir y se me pega como lapa porque sabe que soy un vehículo siempre cómodo y dispuesto.

Pero hace dos semanas llegué a casa de mis papás, a la ciudad en la que crecí y que me dio por abandonar,  me subí al que fue mi primer coche y tomé avenida Revolución hacia el sur. La nostalgia se arremolinó en mí como un gordo en su sillón más resistente. Mi coche que era nuevo como era nueva yo en la preparatoria, hoy gime y rechina cuando se para en los altos como para recordarme lo destartalados que andamos los dos diez años después. Es un jetta rojo jitomate, precioso, al que premonitoriamente llamé Daniel, que nos llevó a mí y a toda mi banda a cualquier cantidad de lugares míticos, como el boliche de Avenida Universidad.

Daniel mi coche huele regular porque lo choqué un día y se quedó con una fuga en la puerta por la que le entró lluvia todo un verano y lo llenó de moho. Lo limpiaron y acondicionaron pero el rastro de su historia se quedó en sus rincones irremediablemente, sin importar cuánto tiempo pasa. Así con todo su pasado a cuestas me llevó al segundo piso del periférico y me entregó al mío.

Todo me pasa al mismo tiempo. Subir el puente y bajar hacia Las Flores para tomar café con las mismas niñas con las que ahora voy a cenar, que son las mismas y son distintas. Antes nos reuníamos en el segundo Starbucks que abrió en el DF y bebíamos inconsciencias con chocolate blanco y leche entera que hoy me mandarían al hospital; ahora nos reunimos en sus casas, donde viven con hombres buenos, los cachetes y la respiración clemente de sus hijos. Pero cuando las niñas se ríen se iluminan y podrían tener la misma edad que cuando las conocí, la misma edad que tienen sus hijos los que no han nacido y la misma edad que tienen, todo al mismo al tiempo. Subir el puente y bajar en la calle empedrada donde vivía mi novio de segunda infancia,  sentarme en la banqueta a esperar al renuente elenco de las múltiples producciones con las que torturé a mis seres queridos desde que decidí que me daría por el cine. Ir al super, tropezarme con las piedras en tacones, despertar cantando y jugar a la casita. Cargar a Daniel mi coche con disfraces de todo tipo, hacer como que era alguien para ver si me enteraba de quién era. Y cada vez subir el puente. Dejar la ciudad iluminada abajo, quejarse de que todo está mal construido, de  que los entronques son ciegos y las salidas muertes certeras a pesar de que siempre nos llevaron a vivir. 

Todo pasa en este puente, la primera vez que manejé sola su construcción me mantuvo siete horas en un tráfico asfixiante, sentada junto al primer niño que me gustó de veras y que se quedó siendo mi amigo porque así son los gustos. Me llevó a su universidad fresa en el fin del mundo a ver las luces de la ciudad desde la montaña. Me da nostalgia la nostalgia, porque desde entonces sentía que lo que éramos había cambiado y seguiría cambiando hasta mantenernos irremediablemente juntos. Y así ha ido siendo, años después, todo al mismo tiempo. Pienso en las salidas hacia los antros y los teatros por los que pasaron nuestras caras frescas, sin arrugas, haciendo de Romeo y Julieta, aventándole frases de amor a los amigos en los que hasta hoy se me presenta la mejor versión de mi misma, la que no juzga y no cree en el futuro y no sabe lo que es meterse en su propio camino.

Subo el puente y todo me pasa hoy, que es un hoy mejor que todos esos días  a pesar de que lo asedia la realidad que el pasado tiende a perder. El tiempo es una mentira en ese coche, en ese pedazo de ciudad, lo abarca todo: todas las que fui y todos los que fuimos, todo lo que nos pasó juntos, cómo nos fuimos haciendo quienes somos, separándolos o cambiando siempre bajo la mirada de los otros. Las niñas a las que me dirijo son mi familia, son dispares, están hechas de cosas radicalmente distintas, pero las quiero hoy mucho más de lo que las quería cuando teníamos más cosas en común. Todo me pasa en la subida del puente, menos el tiempo. El tiempo no pasa y al mismo tiempo nos pasa por encima.

No terminan la ciudad y mi sobrina habrá de extrañar alguna señal anaranjada que la marque. Y yo en ese coche que fue el primero y está en las últimas. Y así la nostalgia. Lo bueno es que para manejar uno tiene que ir viendo para adelante. 

jueves, 26 de abril de 2012

Deseos cumplidos


Se nos va ocurriendo querer tantas cosas, posibles e imposibles, que cuando se nos cumple un deseo menor se nos vuelve como una promesa. Cuando era muy chica deseaba ganarle a mi hermano en un carrera, tener un perrito, una maleta de Hello Kitty; después quise cosas más sufridoras, ser más flaca de lo que era, o ser más divertida de lo que era, o ser el sueño de los muchos niños de la secundaria que no sabían que existía. He querido cosas fáciles, desde sacar diez en un examen o entrar a una universidad, hasta un vestido del rojo exacto y un evento al que llevarlo; y he querido cosas imposibles, desde tronar los dedos y hacer feliz a alguien que quiero, hasta estar en paz.

Ahora quiero de todo, quiero vivir lejos y cerca de mi casa, quiero que algún ente metafísico decida qué habrá de cena todos los días, quiero hacer una película, darle la mano a Woody Allen,  reírme a carcajadas con alguien que me conozca, pintarme las uñas de azul clarito, quiero que los chistes malos me den risa y que algunas cosas me dejen de doler. Quiero muchas, muchas cosas, pero tengo también la alegría de los deseos -fáciles e imposibles- que se me han logrado.  

Todo esto viene a cuento porque recientemente fui testigo de un deseo tan bien logrado que me contagió el gusto.  Un deseo de infancia que se volvió importante no tanto por él mismo sino por el sin número de deseos que alimentó. 

Muchos años antes de que yo entendiera qué hacía el director de una película, Dani quiso conocer al director que lo hizo enamorarse del cine. Luego quiso muchas cosas, entre ellas mudarse a Los Ángeles en dónde -sin querer- se topó conmigo, que sólo de verlo empecé a tener muchos deseos.

Hace unas semanas Dani conoció a su director de cine y se le cumplió ese deseo inicial, que alimentó tantos otros. Y fue el deseo más cercano, la promesa más clara, porque aunque en apariencia se haya tratado de conocer a un desconocido (que finalmente no es más que un señor), el desconocido es más que una persona, un director de pelis buenas, un tipo. El desconocido - que para efectos del deseo seguiría siéndolo incluso si se volviera amigo íntimo- no es un desconocido cualquiera, sino el símbolo de todas las cosas que se han deseado y la promesa de que pueden estar cerca.

Les dejo aquí el deseo cumplido de Dani, que es -entre otras cosas- el mejor de mis deseos cumplidos.  Promesas, promesas, a ver qué más nos va pasando. 




 THE DAY I MET HIM

I knew he was coming into the office Tuesday morning for a meeting with the head of my company. Even though it was a long-shot, there was a possibility I’d see my childhood idol walking into the office. Or perhaps coming out of a conference room. Or maybe even actually share an elevator with him! (yeah, right).

I parked my car in P4 – we assistants are made to park as far underground as possible – and walked up the first of five escalators at 8:15am, all the while thinking about where I’d position myself so I could maybe see him walking into the building. I thought that waiting (let’s call it waiting rather than stalking) immediately outside the building, where the valet area is located and where he would be pulling in, was the best option.

The only problem was that I had no idea at what time he would be coming in. It could be 10am. It could be 11am. It could be 9:30am. By 9am at the latest I had to be sitting at my desk, so waiting outside by the valet area if his meeting was after that time would most likely make me look like an idiot. I had heard, however, that he is always extremely punctual and tends to arrive very early for his meetings. So if I was lucky enough that his meeting happened to be at 9am I might catch a glimpse of him before going up to my desk. It was a long shot, but definitely worth the awkwardness of me hanging out by the valet area for 45mins.

All these thoughts were flying through my brain as I walked up the fifth and final escalator, the one that leads you directly to the office entrance. At the top of the escalator you can make a left and walk into the  main lobby, or you can continue straight and exit the building through a set of glass doors that lead directly into the valet area, a.k.a. the area I had strategically chosen as my stalking spot.

As I reached the end of the escalator and my line of sight rose to street level, the first thing I saw through the glass doors was a man sitting on a bench just outside the building by the valet area. He was sitting with his back towards me, but I immediately and almost subconsciously picked up three small-yet-crucial details: he was wearing sneakers, he was wearing jeans and he had graying hair. Even though his third trademark was missing – baseball cap – I immediately knew this was Steven Spielberg. Take that Sherlock Holmes.

My heart began to race.

I stepped outside onto the valet and after walking a safe distance turned around to look straight at the man. And indeed it was The Man. Though there had been no doubt in my mind, my eyes could now reassure me of what my heart had immediately known – it was Steven Spielberg. He was sitting alone, typing furiously into his iPhone, a cup of coffee resting next to him.

This was it. This was the moment I had dreamed about since I was 13 years old. And I really mean that; I would actually day-dream that Steven Spielberg was a friend of my dad and would one day come to our home for dinner. I’ve seen every single interview with the man. To this day I have every single poster of his movies up on the walls of my childhood bedroom back home. I can quote every line and hum every musical queue in every one of his movies, from Jaws to Saving Private Ryan; Close Encounters of the Third Kind to Raiders of the Lost Ark; E.T. to Jurassic Park. Now I had to live up to the promise I had made myself many years ago: if I ever had the chance to speak to Steven Spielberg I had to take it. Being an extremely shy person, this was no easy feat. However, I did not hesitate for a single moment. I took a deep breath, and I walked towards him –

“Mr. Spielberg”, I said in a confident voice that concealed just how terrified I was.

“Yes” He looked up from his iPhone and straight at me over his glasses.

“I just wanted to tell you how much I love your movies”, I barely managed to spit out. My heart was beating extremely fast now.

“Oh thank you, thank you so much”, replied Mr. Spielberg as he stretched out his hand to meet mine, “What’s your name?”

“Daniel”. At this point I pleasantly realized Steven Spielberg was engaging in a conversation with me. At the same time, I tried to block from my mind the fact that Steven Spielberg was engaging in a conversation with me.

“I am from Madrid, Spain. Used to be an engineer, but just loved film so much I decided to come here to pursue my dreams.” My voice quivered a little; I was no longer able to conceal just how petrified I was. My legs were jell-o by this point.

“Quite a journey you’ve taken!” he said, slightly overwhelmed with the amount of information. “Where do you work?” He then asked me, with genuine interest.

“I work here” I pointed at the glass doors, not unlike E.T. pointing out of Elliott’s window towards his “home”.

“Oh really. Which department?” 

“I work for Rupert Batch. We do the financial modeling and back-end deal analysis. We work with Shelly a lot”. I surprised myself with this sentence. Not because it’s not true; it is. But because despite my nervousness I was able to think on my feet and give him the name of his lawyer – someone I know he speaks with often.

“Oh, yeah, I know Shelly. What’s great about that is you’re getting to see both aspects of the film industry. Well perhaps one day we work together!” He said very matter-of-factly, surely not grasping that these are words I will take to my grave one day with a smile on my face.

“Yah”, was my clever response. But then quickly decided to launch into an all-encompassing life pitch: “so yeah...I used to work in something unrelated back home, you know, liked what I did, but my passion just laid elsewhere. So I came here to pursue my dreams”. After a beat I passionately added: “And I can’t tell you how much I love and how important your movies were to me growing up.”

“Thank you, thank you very much”, he said in the most heartfelt and humble tone.

At this point I realized this was a good moment to make my exit – I had told him everything I would want to tell him. Not even in my wildest dreams could I have imagined a one-on-one conversation like the one I had just had with Steven Spielberg.  Why ruin it by stretching it beyond its natural conclusion? I also knew very soon an army of super Agents, just like the ones in The Matrix, would come to whisk him away to his meeting. If they saw me there casually talking with Their Number One ClientTM, I could get in serious trouble.

“Thank you. Well, have a good day”, I said as I walked away, and added: “sorry to have bothered you”.

“Oh no, no bother” he replied, as he went back to his iPhone.

jueves, 19 de abril de 2012

Es gandalla manipular al indeciso, ¿X quién chingados voy a votar?

Nunca hablo de política porque es de mala educación y yo soy muy educada. Pero me encontré con una cosa digna de mención nada más por su empeño en pasarse de lista. Haciendo mi recorrido usual por tuiter me topé con el link a una página que se llama ¿X quién chingados voy a votar? Con eso de que habrá que elegir a un presidente en breve y siendo parte de los muchos indecisos que no ven en el horizonte la manera de dejar de serlo, me pareció irresistible.

Total que entras a la página -muy bien diseñadita- y tomas un test para ver qué candidato es el más compatible con tu forma de pensar. La página te hace una serie de preguntas sobre el país que quieres, las políticas que te gustaría apoyar, etc. Tú eliges una respuesta -de entre tres opciones- y la página te dice qué candidato está de acuerdo con tu respuesta. Todo bajo la bandera, absolutamente noble, de ayudarnos a votar con inteligencia.

Rápidamente se vuelve sospechoso el asunto, al leer el contenido de las preguntas y las respuestas que te ofrecen. Primero porque elegir es abandonar y los creadores de las preguntas eligen y abandonan temas con cierta conveniencia, pero más bien porque dentro de lo que eligen, la formulación de sus preguntas y sus respuestas son más o menos así, parafraseo:

Pregunta: ¿Qué tipo de país te gustaría que fuera México ?

-Respuesta uno: Un país gandalla en el que los ricos sean más ricos y los corruptos más impunes. La eliges y la página determina que el candidato que más se parece a tu forma de pensar es: Enrique Peña Nieto.

-Respuesta dos: Un país simplemente espantoso, en el que la iglesia decida sobre tu embarazo, el ejército pueda entrar a tu casa a matar a tu papá y las empresas no paguen impuestos. La eliges (porque eres malo y/o imbécil) y la página determina: el candidadto que más se parece a tu forma de pensar es: Josefina Vázquez Mota.

-Respuesta tres: Un país feliz y fraterno en el que haya justicia social, educación, salud, trabajo y seguridad para todos. La eliges y la página determina que el candidato que más se acerca a tu forma de pensar es Andrés Manuel López Obrador.

Vuelvo a aclarar que parafraseo, pero leyéndolas sin mucho detenimiento queda más o menos claro que el contenido de las preguntas trae jiribilla. Pero eso es lo de menos.

Ya que estaba obsesiva y sospechosa, me puse a hacer la cuenta. Los números (que no parafrasean ni editorializan como una bloguera inconsciente) son más claros. La página ofrece dieciocho (18) preguntas, con tres respuestas posibles cada una, para dar un total de cincuenta y cuatro (54) posibles respuestas. De esas cincuenta y cuatro, veinte (20) resultan en que piensas igual que Andrés Manuel López Obrador. No se necesita una gran mente estadística para saber que lo más probable es que si llegas al final del test, pienses igual que López Obrador. Tus posibilidades de pensar como Josefina están en segundo lugar, con catorce (14) respuestas que resultan en ella. De cerca le sigue la posibilidad de que no pienses como Ninguno de los candidados, con diez (10) respuestas que declaran eso. La posibilidad de que pienses como Peña Nieto es baja dado que su nombre aparece en sólo seis (6) de las cincuenta y cuatro respuestas, es decir en menos de la mitad de las dieciocho preguntas. Y si eres fan de Quadri estás perdido, con sólo cuatro respuestas asignadas, no hay posibilidad matemática de que al final del test estés de acuerdo con él.

Es pena suficiente (pena de verguenza y pena de tristeza) que no haya en los cuatro candidatos presidenciales uno sólo por el que se pueda votar con la consciencia tranquila -y sí, quizá es de pusilánimes decir eso en estado de consternación/resignación, estirarse y salir a comer- pero es un síntoma más feo que iniciativas ciudadanas (incluso tan chiquitas como ¿X quién chingados vas a votar?) resultan tan tramposas como el sistema que no nos da a alguien digno al que apoyar en las urnas.

Me parece admirable la gente con convicciones políticas, si le vas a López Obrador, ¡qué maravilla! y bien por ti. Pero los que no podemos encontrar una convicción electoral tenemos suficientes problemas ya, como para que algo que nos venden como ayuda nos salga traicionero.

Es gandalla manipular al indeciso.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Soñar con Abu

Mi abuela materna hizo la maldad de morirse hace casi cuatro años. Más bien algo le hizo la maldad a ella, porque se murió a pesar de haber estado empeñada en vivir con la energía más concentrada que habré de ver jamás. Mi abuela materna -mi Abu- se murió a pesar de estar más viva que nadie.

Siempre fue una abuela vital, a todas las edades vivía remodelando su perfecta casa, vivía enterándose de las preocupaciones de sus nietas, echando pleitos por causas políticas, emprendiendo largas caminatas, trabajando ocho horas diarias. Era una abuela llena de actividades en apariencia impropias para su edad, pero las llevaba a cabo con tal naturalidad que lo que parecía impropio era su edad misma. La vejez estaba fuera de lugar en mi Abu, porque ella se antojaba eterna, una adulta interminable que eventualmente sería más joven que sus hijos, luego más joven que sus nietos. Nadie se imaginó que esa mujer independiente, solitaria, flagrantemente viva, fuera a morirse. Retirarse de mi Abu fue una traición de la vida, que como un novio ingrato, la abandonó a pesar de que ella se le había entregado con tanto abandono.

A últimas fechas me ha dado por soñar con mi Abu. La sueño viva como estuvo siempre y sin embargo -en esas vueltas de tuerca que traen los sueños- todos sabemos que ha muerto aunque ande deambulando. La sueño caminando junto a mí, cocinando, escuchando mis historias adolescentes como si fuera ella misma una quinceañera sabia. La sueño escalando montañas, nadando hasta atravesar el Océano Atlántico y caminar hasta Madrid para ver la casa donde creció mi novio Daniel, la primera parte de mi familia que ya no pudo conocer. Sueño a mi Abu viva pero hasta en el sueño sé que no lo está, tanto que antes de despertar siempre me dice que se va; y yo sé que se está muriendo y sé también que no pasa nada, que esa muerte es la misma de la que vino y que es una tragedia terrible, pero no novedosa.

Ayer la soñé en su casa en mitad de la reunión familiar que vendrá con las fiestas de Navidad aun sin ella, porque la vida -cabrona como es- sigue así. Estábamos en el sueño todos sus hijos y todos sus nietos, Abu sentada en la cabecera de su mesa dirigiendo que la comida nos llegara. Luego peleando con encender la chimenea para calentar a la gente que se cambió de sillas para agruparse en distintos rincones.

Finalmente mi Abu se sienta junto a mi familia nacida en Madrid y lo observa por primera vez. - "¡No alcancé a conocerlo, qué bueno que ahora ya! - me explica, porque ella está tan consciente como mi sueño de que murió antes de que yo lo conociera. Mi Abu habla con él, lo aprueba, le ríe dos chistes y luego me dice que está cansada, que se va a dormir. Entonces yo la levanto de su silla, la cargo como al bebé en que se convirtió durante los últimos días y la llevo hasta su cama, donde encuentro - porque así son los sueños - que ella misma ya está dormida. Tengo dos Abus en su cama, una viva y una frágil, me acuesto junto a ellas y las siento unirse hasta desaparecer, sabiendo que lo que se me escapa no lo hace por primera vez.

A pesar de estar confundidos entre quién anda vivo y quién no, no hay nada siniestro en mis sueños, no los recuerdo como malos sueños, ni me angustian al pasar. El hecho de la muerte es sólo eso: un hecho. Abu está muerta aunque ande deambulando. En la construcción abarcadora de los sueños eso es lógico. No es el horror sino la realidad, que aunque vaya mal con los sueños, en éstos míos se impone; una realidad triste pero más que nada pragmática, innnegociable. Yo me despierto extrañando a mi Abu como el primer día, con un punto negro en el centro del cuerpo. La extraño porque mis sueños, a pesar de tener reglas tan absurdas, la recuerdan con una presición extraordinaria: su mirada, su voz, su escépticismo, su control, su cuerpo, todo aparece con la claridad de una visita. No me da miedo soñarla en movimiento aun sabiendo que no es la vida quien la mueve, porque me da gusto verla moverse, aunque sea así en sueños, a medias, doblemente a medias porque hasta en el sueño es tiempo prestado el que usa para caminar, comer, escucharme y arreglar su casa ya perfecta.

Hace casi cuatro años, cuando acababa de morir, la muchacha que se quedó trabajando en su casa quiso irse porque decía que mi Abu todavía por ahí andaba, que la había visto ya tres veces, que se le acercaba caminando en su camisón rosa. A ella sí que le daba miedo, y me decía que estaba loca cuando yo le decía, jugando pero más bien suplicando: "Juanita, cuando se le aparezca otra vez llámeme, invíteme, que yo muero de ganas -pero muero de veras- por verla otra vez."