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martes, 18 de agosto de 2009

Sálvame de mí, amor mío y otras consecuencias cortas de la mudanza.

Finalmente me contectaron internet en la casa angelina. Pero por supuesto al mismo tiempo I have officially entered panic: tengo que escribir dos impresionantísimas sinópsis que hagan a mis compañeritos desmayarse de emoción frente a mis talentos guionísticos y dramáticos, para que mueran de ganas de trabajar conmigo y me consideren para siempre lo máximo y ya así padre. La bronca es que no tengo nada.

Confieso que me puse a buscar formas de autoplagiarme para salir del paso (o buscar inspiración en mis glorias de antaño, como les parezca menos condescendiente), y leyendo mis sinópsis viejas encontré una cosa relativamente simpática que les dejo aquí. Es el resumen de un película falsa que mi emblemático maestro Ricardo me dejó hacer de tarea la primera vez que lo vi.

Me han pasado tantas cosas dignas de este espacio en los últimos días que me da un poco de tristeza dejar un refrito. Pero ni modo, la mezcla de flojera existencial y la cantidad de distracciones tramitológicas y escolares que me embargan estos días me tienen ofuscados la cabeza y el teclado. Y este pobre 400 lleva muchos días en el abandono, así que les dejo aquí la sinópsis del peliculón que sería este "Sálvame de mí, amor mío".

Igual y un día hasta la hacemos ¡chingá! ¿Cómo no? Va:


Sálvame de mí, amor mío (sinópsis imaginara para la solapa del DVD)

Del aclamado director de Sonaron tiros sobre Ocotitlán, Alberto Concepción García, llega esta divertida comedia de muerte y romance que promete hacerlo dudar y reír hasta el último minuto.

Cuando su cuñado decide terminar la relación adúltera que sostiene con ella, Rosa, una simpática y romántica ama de casa interpretada por Lupita Morales y Morales (ganadora del premio Ariel 2006 por Cuando Lola viva sola) cae presa de un ataque de celos que la obliga a asesinarlo con la pistola de su marido Marcelo. Cuando Marcelo llega a casa y Rosa alega haber actuado en simple defensa propia, el abnegado marido decide darse a la fuga para hacer creer a la policía que él es el responsable del asesinato.

Sin embargo las cosas se complican cuando Ramón, un policía mujeriego y desencantado del amor interpretado por Pedrito “el negro” Romero (Un hombre y sus seis pistolas) desconfía de la versión de Rosa y decide investigar. Por medio del hermano de Rosa, quien está ávido de venganza ya que al huír Marcelo se llevó su camioneta Voyager '96, Ramón descubre la verdad del crimen y promete informar a Marcelo obligando a Rosa a escapar también.

Este es el inicio de la hilarante carrera de competencia entre Rosa y Ramón en la búsqueda de Marcelo. Una carrera plagada de sorpresas en cuyo camino de encuentros y traciones ambos encontrarán un destino que jamás imaginaron.

lunes, 13 de abril de 2009

Un autoplagio

Les dejo un pequeño autoplagio referencial por que el blog nuevo necesita público fresco y por que soy una  fodonga. 

Hay guerra en los Arieles (guerra vieja, de hace algunas semanas, pero nosotros seguimos de clavados). Mi contribución a los dimes y diretes en:

http://permanenciavoluntaria.nexos.com.mx/

Si comentan allá se harán famosisísimos. 

A los que ya habían ido: me disculpo por la falsa alarma de este muy querido 400 y prometo, prometo,  como teporocho jurado, dejar algo bueno por acá muy pronto. 

sábado, 21 de febrero de 2009

Un descubrimiento sobre el autosabotaje

Vagando por mi computadora me encontré esta muestra botonera y antigua de mi esquizofrenia. Pobre de mí, carajo. El puro autosabotaje se me da desde hace un rato. Ahí va: 

 

 

10 razones para que no me guste el niño que me gusta.

(AKA – Snap out of it!)

  1. Es calvo y blanco como un huevo.
  2. Cuando me pongo tacones me llega al cuello.
  3. Cuando se emociona se le pone la voz aguda, como una ancianita checoslovaca.
  4. Usa expresiones (mentiras) como “me han lastimado mucho” y “tengo miedo a enamorarme de tí”.
  5. En los noventas tenía una barbita de candado. Como Horacio Villalobos.
  6. Conoció a su ex novia en una iglesia.
  7. Tarda media hora en contestar un mensaje y contesta puras incoherencias que no tienen que ver con lo que yo mandé. 
  8. Frecuenta antros a los veintitantos años. Antros fresas a los que hay que ir de camisa.
  9. Lloró cuando vimos  “La princesita”.
  10. Cuando me vio en un vestido de noche soltó una carcajada. 

Bonus (como si hiciera falta): Me toca con cuidado y miedo, como si pudiera romperme. Es como un adolescente tembloroso e infantil. 

El hombre es un horror. 

Y me encanta. Me encanta. Me encanta.

Así es esto de la enfermedad. 

lunes, 16 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre la luz del DF

Me dicen mis parientes provincianos, que venerar a la Ciudad de México no es de gente que está bien de la cabeza. Me dicen los periódicos y las noticicas que salir a las calles del DF es una misión que uno sólo debe enfrentar con plena conciencia de que cada paso dado puede ser el último. Me dicen que en cualquier momento muero de enfisema,  que sería mejor mudarse, que el gris es un color que no le queda bien a nadie. 

Manejando hacia mi casa en jueves a las tres de la mañana, mientras me arrastro  por una carretera interminable y negra, me acuerdo de los sabios consejos de tanta prole y tiemblo de pensar que tienen razon. Mi coche baja lento desde la cabaña perdida por el Ajusco en la que terminé de fiesta por algún mal motivo. Me confundo con cada curva y  me tortura la voz adulta de mi hermano diciendo: “te vas con cuidado” con la certeza de quien invoca un mal.

Me muero de miedo en un segundo, me regaño por irresponsable, acelero para huir de quién sabe qué cosas terribles que seguramente me persiguen y entonces aparece a mis pies la masa de día en la que vive mi casa. Aparece la ciudad cautiva, durmiendo en guerra. Su luz se desborda en puntos de colores. Se expande con seguridad por las faldas y las  puntas de los montes que la vigilan, invadiendo  poco a poco los  rincones y los secretos de sus fronteras. La luz avanza transparente,  como un líquido terso, como un viajero consciente.  El valle se queja, se guarda de los intrusos que aun no conquista y nos protege de la  tranquilidad que reina más alla de sus límites.

La  Ciudad  de México duerme con un brillo terco y altanero, con el que amanece a todas horas. Ronca envuelta en un hálito amarillo: prueba clarísima de su naturaleza angelical. ¿A quién se le ocurre tener miedo?  Frente a tal desorden de lucidez,  sólo puede existir la alegría. Detras de cada punto de color hay una vida sin rumbo, una boca incapaz de guardar secretos, un genio callado que espera.  Yo quiero ser todas las mujeres que respiran en el DF, para ir probándolas a todas, para enterarme de ellas. 

Yo quiero ser la mujer que se desviste con gracia bajo anuncios de neon azul y la niña que tiembla sus malos sueños, envuelta en una de esas lámparas en las que giran peces y osos. Quiero ser la mujer que duerme con hambre de alguien, sin apagar su ventana, sin perder la ilusión de que venga. Quiero ser la que abre su miscelánea y espera entre latas la luz de mañana. También el sueter beige que camina en tacones las universidadades caras, anunciando a cada paso el ritmo de su cuerda floja.  Quiero ser  hija que sale de la fiesta y mamá que espera descalza que a mí se me ocurra llegar. Quiero ser ellas para enterarme de qué piensan, para saberlas de memoria. Quiero entender cómo sienten la noche cuando cae bajo sus pies, para ser dueña de sus imposibles.  Nuestra ciudad es el paraíso de la duda, sus calles están benditas de ficción. 

¿Cómo es posible que tantas cabezas, tantas ganas y tantas niñas entren completas en el aire gris que las alimenta?  En este amontonamiento de espaldas y dedos, cada uno se obsesiona y se mira con una gracia distinta. Entre las filas de los tinacos que decoran el cielo, cumpliendo con el horror de la estética chilanga, se acomodan un sin número de ideas indescifrables. En las azoteas de las casas sin pintar, en los hoyos de las calles cortas, entre las defensas de los coches que se saludan por las avenidas apretadas, hay un hilo de chismes del que nadie se entera.  Cada cabeza un mundo y cada mundo completo, valiente y cerrado. Sin irrumpir en los otros. Unidos sólo por las paredes y los edificios. Yo que soy curiosa antes que inteligente, me obligo a inventarlos a todos. Bendita ciudad que los puso en mi camino.

La ciudad me da por ejemplo a la pareja de hombres que toman el sol en calzones, postrados en el techo de su casa. Su casa que tiene dos metros de altura y que a las tres de la tarde (hora perfecta para agarrar color en la azotea) tiene una vista  privilegiada de avenida Revolución y sus camiones de Coca Cola, sus niños saliendo de la escuela, sus humos mortales. Pero ellos no se inhiben, se encreman las espaldas y se echan a sudar su hartazgo,  con una pierna casi en la banqueta. Una señora en delantal se acerca cada tanto a sus vástagos, les lleva aguas de colores, les besa la frente sonriendo. Yo quiero ser ella. ¡Qué maravilla de loca enamorada!

A la misma hora un camión destartalado baja buscando la civilización desde el cerro de Sante Fe. Su espalda parece desplomarse en cada bache, incluso cuando ya cambió su carga de ladrillos, por dos jóvenes de cuerpo lacio y dientes blancos. El camión salta y agoniza, pero en su cajón descubierto y mugroso, los dos niños juegan a besarse muertos de la risa. Él la abraza mientras  ella le jala el pelo como a su hermano y después corre al otro lado del camión para escapar de su venganza. Él la persigue, le roba los labios y  le acerca un dedo al ombligo para sentirla alejarse con una carcajada.  Ninguno parece darse cuenta de donde está. A ninguno le importa llevar siete horas de brincos y semáforos. Yo quiero ser ella. Quiero enamorarme fácil, envuelta en el calor de tantos y tantos escapes. 

La ciudad caótica abraza como abuela enternecida. Se sabe dueña y responsable de tantas ganas de alegría.  La unión de sus habitantes es la risa como voluntad, a pesar de lo que (para público menos informado) parece el horror. La felicidad persigue a los chilangos en los lugares menos propicios. Tenemos el gusto de conocernos. Somos señores aventando albures en el amontonamiento de un pesero,  niñas que dan besos furtivos en los puentes peatonales, mujeres que se abrazan entre risotadas a las puertas de un panteón, desconocidos que amistan en los estacionamientos del tránsito, muertos que se acostumbran al ruido callejero de la eternidad. Nada mejor le pedimos a este valle de cemento. Nada mejor puede darnos.

La carretera del Ajusco se convierte poco a poco en avenida y mi coche nada tranquilo por el líquido espeso de sus luces.  Entro a mi casa y soy ya uno esos puntos amarillos, soy ya una de las mujeres que violentan a la oscuridad. De regreso en la capital del miedo, se me olvida la obligación del lunes, la tristeza del mes siguiente, la vital importancia del deber que no he cumplio. La ciudad me reconoce, me acomoda entre sus calles, me perdona lo que nadie. Es mi casa, en ella me da gusto conocerme.  Le pido a la calle  que me prometa el día siguiente, la vida siguiente de alguno de sus habitantes. Y la ciudad escucha y aprueba. Mañana me dará algo que inventar, me dará también,  alguien que me invente. Mañana voy a ver, recargado en alguna banqueta, alguien que se ríe sin tener de qué.

            Por lo demás, es seguro que mis parientes provincianos tienen razón, la cordura no va bien con este pueblo.  El DF es privilegio de los locos.

martes, 10 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre un hombre curvo

Ayer mientras caminaba por esta ciudad que parece estar custodiada por el diablo, sin perder la protección de una bondad  sin nombre, encontré que el mundo es una maravilla. Un señor literalmente curvo  caminaba hacia el metro. La forma de su espalda, insoportablemente vieja como toda su estampa, lo mantenía doblado sobre sí mismo como una hoja de papel. Solo y cargando dos bolsas que parecían pesar lo mismo que su cuerpo,  mantenía la vista a la altura de mis rodillas aunque era evidente que si hubiera podido enderezarse, hubiera sido más alto que yo. Solo en el metro de Nueva York a los ochenta años, o a los noventa y dos, o a los ciento cinco: cualquier edad era posible mientras fuera propia de un desvalido.

¿Dónde estaba la gente de ese hombre? ¿Lo esperaba en queens tejiendo sobre un sillón forrado de plástico? ¿Había en algún jardín dos niños sucios que lo llamaban abuelo entre carcajadas? ¿O una mujer curva que llevaba años doblándose junto a él? Quizá en el mejor de los casos. Sin embargo el hombre no parecía predestinado para el mejor de los casos.  Su falta de prisa no era la de un hombre que carga el mandado de alguien más. En las bolsas de wall mart el hombre  no cargaba chocolates para sus posibles nietos, sino leche en polvo para una despensa vacía: única cosa que lo esperaba en un departamento polvosito, tercer piso de un edificio de suburbio triste,  donde todas las vidas que pudo tener lo fueron dejando, como estaba entonces,  solo.

En Nueva York todo mundo anda solo. La única jerarquía que distingue esas soledades es la  cantidad de soledad a la que cada quien se dirige. No es lo mismo andar solo que estar solo. La ciudad termina por dividir a sus habitantes entre quien tiene alguien que lo espera y quien en su casa sigue igual de abandonado que entre sus calles. Quién es quien puede a veces adivinarse en la pupila iluminada de los acompañados. Pero en ese hombre que andaba solo, no había adivinanza posible. Solo y dando los pasos irónicos y cortos de la vejez, se subió al vagón plateado y obscuro que nos llevaba a todos juntos a lugares distintos. Soltó sus bolsas frente él y su mirada permaneció impávida a diez centímetros del suelo. Levantó unas manos blanquísimas y se aferró al tubo incrédulo que los demás pasajeros dejaron completo para él. Todo estuvo entonces en orden hasta que el tren arrancó con un jalón de mula que rompió de golpe el precario equilibrio que le había permitido al hombre llegar hasta donde estaba. Todavía tomado del tubo cayó de rodillas en el suelo. Su mirada llego todavía más abajo sin llegar a arrastrarse, cosa que yo hubiera calificado de imposible. En un instante que duró horas fue evidente que el viejo no podía levantarse solo. Todo el pasaje se disponía a ayudarlo cuando dos tipos gigantescos  y desafiantes tomaron la delantera. Vestidos diez tallas más grandes que sus cuerpos y colmados con la actitud rencorosa de todo hip hopero que se respete, se convirtieron de repente en los nietos del desconocido. La distancia de sus gestos cambió en un segundo por preocupación solícita. Tomaron al viejo de los brazos y lo levantaron con la gracia de una bailarina hasta que quedó acomodadito en la banca del rincón más cercano.  Los dos tipos se aseguraron de la propiedad del arreglo, pusieron las bolsas de Wall Mart cerca de las manos de su recién adoptado abuelo y palmearon orgullosos la  redondez de espalda que acaban de salvar.

Todo en la escena tenía un aire redentor que daba ganas de absolver al vagón completo. Y cuando el hombre levantó la cabeza por primera vez, nos otorgó la bendición definitiva: sin dejar de estar doblado en dos, se iluminó de pronto con una sonrisa bonachona que estaba fuera de contexto con el  resto de su situación. Les propinó a sus rescatadores un thanks guys tan alegre como la mejor de las noticias. Bajó sus ojos brillantes sin dejar de sonreír, como si estuviera en la sala de su casa y no en el mugroso carro del metro en el que estaba. Para coronar la coquetería se acomodó la solapa del abrigo con el revés de la mano, se peinó la calva blanca que en los viejos es elegante y dejó que el tren lo llevara hasta quién sabe dónde, hacia quién sabe quien, hacia cualquier cosa que tal vez lo acompañara. 

martes, 3 de febrero de 2009

Un texto viejo sobre otros tipos de gente

Yo soy el tipo de gente que disfruta riéndose de sí misma.  Dado que no faltan cosas de las que reírse y dada la convicción cómica que aqueja a casi todas las personas que me rodean, tiendo a burlarme de mis miserias antes de que se burle alguien más. 

Hay cierta ventaja en la autegradación: un intenso conocimiento de causa, por ejemplo. Cuando se trata con la cantidad de manías, fobias, prejuicios y autoconvencimientos de los que soy capaz, el conocimiento minucioso de mi neurosis se vuelve vital. Todo esto para contarles, queridos,  que mi mayor problema es que soy de ideas. Soy de ideas y permítanme aclarar que esto no involucra inteligencia ni pensamiento trascendental. No.  El ser de ideas consiste más bien en la disección de la neurosis crónica y la paranoia intelectual (no necesariamente inteligente) que me caracteriza. Que soy de ideas significa que convierto todas mis ocurrencias en verdades inapelables y en acciones sociales desastrozas. 

El ser de ideas me permite,  por ejemplo, inventarle intensas vidas interiores a la bola de hombres con expresión idiota y mirada perdida de los que decido (de nuevo, por que soy de ideas) estar, de súbito, profundamente enamorada. Miro su pelito grasiento y sus uñas negras y me imagino alguna razón de brillantez y un espíritu herido que nos les permite pasarse un cepilllo por la cabeza (o por los dientes). Caigo a sus pies de inmediato. Soy de ideas. 

Del mismo modo, ser de ideas me impide  relacionarme con lo que considero otro tipo de gente. Y antes de que se aloquen, aclaro que el calificativo otro tipo no está influenciado por clase social social, religión, raza o cualquier otro rubro políticamente incorrecto. No, no. Otro tipo de gente se refiere al grupo de individuos que con una sola acción, en apariencia menor y poco trascendental, me da elementos para citar diferencias irreconciliables con absolutamente toda su  estampa. Es otro tipo de gente, ni mejor ni peor. Pero sin duda distinta e innegociable. 

Algunos ejemplos:

La gente que a las once de la noche junta sus manitas con ilusión pueril y dice “como que se me antoja un huevito estrellado pa la cena”. Otro tipo de gente. 

La gente que usa expresiones como “voy a hacer del baño”, o el clásico inolvidable “me anda de la pipí”. Otro tipo de gente. 

Las mujeres que lloran por asuntos de trabajo en públlico, cual plañideras inermes. Otro tipo de gente. 

La gente que de chavita comía duvalín de fresa y no de chocolate.  Otro tipo de gente. 

La gente que canta Thriller en lugar de La chica de humo en un cantabar. Otro tipo de gente. 

Yo soy de ideas. Esa gente no es mi gente. Les sobra paz interior; les falta mugre y autocomplacencia. El resultado de mis fobias es que mi círculo social es más bien un punto, en cuyo centro resido, mirando a los lados con compasión y terror. 

Cuando uno es de ideas tiene 13 años de resistencia y 70 de acidez. No queda más que reirse de uno mismo. Aunque sea en defensa propia. Aunque uno no sea ese tipo de gente.

martes, 23 de diciembre de 2008

Un balcón de infancia: Último recurso

Es un barbaridad que llevo casi un mes de no dejar nada aquí. Y como no se ve para cuando, les dejo un refrito - refritero - isimísimo. Una carta de amor vieja - viejísima - isimísima.  

Es un ejemplo perfecto de la pubertad ilustrada (porque yo era una puberta ilustre, banda, nada más para que lo vayan sabiendo). Noten por favor la falta absoluta de acentos o coherencia gramatical.

Cómo la armábamos de pedo a los 16 ¿verdad? Tan padre... 

Tienen permiso de abandonarla en cuanto se les atore el aburrimiento. Pero tiene su encantín y la economía está derrumbada y nos embarga la aridez mental... así que ahí va un balcón de infancia: 


Hay gente que paga por amor. Me gustaria estarte pagando para poder reclamarte, para que tuvieras que quererme a fuerza y asi yo te quisiera tambien.

A veces me gusta querete, y entonces odio que no me quieras, siempre quiero quererte y que me quieras.

Me gustan tus labios cuando estan sobre los mios, me gustan tus ojos cerrados y tus manos indecisas. Me gustan tus pestañas cortas y tus pasos tontos.

Me gusta que me gustes y no saber por que.

No quiero y quiero decirte las cosas. Quiero que sepas que te necesito, que te quiero aqui malvestido y mio.

Pero quiero que te vayas cuando yo llegue, quiero que me abraces con la guerra de tu risa y firmes tratados de paz con mis uñas y con mis muñecas, para que me digan que no eres tan buen guerrero, para dejar de tenerte miedo.

Le caes mal a mi pelo, a mi ombligo y a mis pies, les das desconfianza. Mi piel les dice que ella te quiere, pero no les importa. A ellos no les gustan las ansias que les provocas. Ellos no te quieren y si pudieran te odiarían, ellos son amigos de esa nada que me dice que estoy sola cuando estoy contigo.

Te quiero aqui en este instante, para decirte lo importante que eres y para dormir contigo, pero sobre todo para que mañana se te olvide que me interesa conocerte.

Quiero que necesites conocerme para saber quien soy, siento que sabes de más...

Quiero que seas el niño de mis sueños y que nunca te canses de visitarme en las noches. Quiero que seas mi hada, mi duende y mi muerto para llorar que te pierdo o que no existes, para querete siempre porque a lo real le pierdo la ilusion.

Tu tienes la culpa de la angustia que tengo, tu tienes la culpa de mis ganas de llorar, porque no entiendes lo que yo no entiendo y no me lo puedes explicar.

Tu tienes la culpa de que yo sea tan feliz y este tan triste. Tu tienes la culpa de no entender que hay que quererme siempre y bendecir cuando me voy.

Tu tienes la culpa del miedo que me da decirte que te quiero. Tu tienes la culpa de que te quiero y de quererme tu.

Tu tienes la culpa y por eso me gustas, porque eres todo lo que no quiero, te quiero porque no me quieres y no te quiero porque eres lo que siempre he querido.

Te quiero con todo el egoismo que me cabe entre los ojos y pienso que mas te vale quereme a mi manera.

Me gustaría poder querte como yo quiera sin pedir tu opinión, me gustaría que fueras tu como eres, pero otro, cercano y ajeno.

Quiero que me quieras sin democracia y sin compasión. Quiereme con la cabeza y con toda la idiferencia que tengas entre los dedos.

Quiereme como quieras, cuando quieras y mientras puedas. Hasta que no quiera pelear por nada que no seas tu.

Para que te quiera, quiéreme como se te de la gana, con más contradicciones, olvidos y besos de los que seas capaz. Como yo te quiero a ti: sin saber cuánto ni por qué.

Me gustaría pagarte para que me quieras como yo quiero.

lunes, 13 de octubre de 2008

Un texto viejo de tristeza, dudas y ficción.

En la película hay un foro negro, enorme y lastimado por la idea que alguien tuvo de lo que debe ser el cielo cuando la vida es maravillosa.  Dos manos grises recogen piedras de plástico  y despiertan el vidrio de la ventana que las mira desde muchos pisos arriba. Se asoma con gracia la perfección en falda. 

“Ven a ver la luna falsa”- le gritan desde abajo las manos.  Cuando la vida es maravillosa en blanco y negro, las piedras tocan la ventana y el amor precoz es fácil.

Pienso que yo quiero piedras en mi ventana.  Por eso me enamoré del desconocido que no hace tanto las lanzaba contra la ventana de otra mujer.  Me enamoré de mi deseo cumplido, el deseo de la recién llegada, cumplido en las ganas de la mujer oficial.  Tuve entonces la certeza de que el desconocido podía cumplir en mí el deseo de cualquier otra.

 Mejor que todo  es la certeza como el deseo primario, que se cumple en línea recta, fuera de los espirales propios del instinto que se enamora.  Me enamoré en un circulo recto, como una esfera fácil.  Y fue un lugar limpio, completo, irrepetible.  Después vino el mundo, callado, a mover esa fragilidad larga como si empujara a un equlibrista. Mi mundo cortó la cuerda, se cerraron las bocas y el circo. Nadie quizo entrar. Había elefantes flacos y cubetas muriendo en las esquinas. Había esa música fría y terrible que hace llorar a los payasos y a los niños. Una música de farsa que clama por la siguiente entrada.

Después de la esfera viene el mundo, el instante se termina, entra un dolor que se dobla sobre sí mismo para crecer y viajar como la miel. Así siento la tristeza salirme de los ojos, como miel que no se contiene, que me recorre lenta. En las noches la siento moverse con mi cuerpo: todo el peso a la derecha; una vuelta y el líquido se recorre con gravedad hacia la izquierda. Miro hacia arriba y la siento equilibrarse como ancla sobre mi cama. Me pesan los tobillos con ese líquido duro que no ha terminado de volverlse agua para salir fácilmente. No es un peso violento, sólo cansado. Estoy llena hasta la mitad de esa miel que me empuja a estar inmóvil. Cuando camino se mueve en mis piernas y vacía mi cabeza irremediablemente. Entonces pienso en cómo se siente su línea de dolor espeso en mi cintura. Me entrego a esa miel de tristeza para ver si me innunda, para ver si me desprende de mí por completo y me permite salir de mi amor por mí.  Salir a mi amor por alguien.

Me gustaría aprender a hablar hacia una sola persona cuando los cuartos se llenan. Mi mejor amigo se llama como esos pájaros negros que no parecen extrañar nada. Lo quiero porque sabe hablar sin pena de un sólo par de piernas. El par que le gusta. Sabe declarar que nada le importa más que la mano que tiene en la curva de alguien. Yo le creo porque su declaración tiene una arrogancia indiferente al aburrimiento. Se entrega sin la gracia espontánea de quienes hablan para el cuarto entero. Se entrega con la certeza de que no habla para nadie que no haya estado junto a él en un cuarto húmedo y cerrado. El cuarto lleno lo odia mientras la curva se pega a su mano, agradecida de inicio por la intimidad expuesta. Yo me burlo, el cuarto me admira, y así los reconozco como mi mayor aspiración de entrega. Yo quiero aprender a hablar para un sólo par de manos, quiero aprender a darme hasta ser el agua limpia que se mueve por algún cuerpo.

El problema es que soy juventud agradecida en lugar de rencorosa. A mí no me enseñaron nada que no sea digno de recordarse. Mi padres no se dejaron, tampoco se besaron como niños frente a mí, ni me convencieron de que era bueno ser malo en la cama. Mis maestros no me dijeron que las grandes mentiras eran buenas explicaciones, mucho menos me obligaron a aceptarlos como una verdad libre de apelación. No tuve curas expositores de la culpa que se hereda y los castigos espirituales. No soy  juventud desencatanda de lo que me han dicho.  Vivo, más bien, en el pánico de la perfección teórica. Tengo completa libertar de elección doctrinal. Campo abierto para ser inalcanzable. No conozco los juicios filiales, por eso no estoy preparada para decidir  lo que no quiero ser.

No existe en mí la mujer fácil, administradora del ingreso conyugal que a todas nos viene tan bien desde siempre.  Tampoco existe en mí la mujer sola, dueña de su impacto y desdoblada sobre su propia eficacia.  No hay rastro en mí de una mujer  absolutamente fuerte, ni de una infinita, ni de una frágil. No existe. La duda es la única falda que se reconoce en mí.

Lo que me queda un cuerpo incómodo y expectante que se mueve conmigo por límites claros.  Lo que me queda es la alegría aprendida; un par de imágenes con propósito de enmienda. Lo que me queda es el orgasmo limpio, solitario, trabajando en el olvido de su entrega tácita. Lo que me queda es el peso de la humedad individual y los dientes apretados y las ganas de rendirme.  Me queda la incertidumbre del final de las batallas; el temblor de su único principio. Me queda la vida. Me queda el mundo. Me queda el agua corriente.

Soy el miedo de las rebeliones contra lo perfecto. No quiero moverme nunca de esta película blanca. Yo quiero entregarme a  dos manos para que la vida sea maravillosa y falsa. Yo quiero tener mentiras que olvidar; mentiras que no me haya dicho yo. Yo quiero tener la certeza de los cristales y de los hombres. Yo quiero (fácilmente) tener piedras en mi ventana.

viernes, 4 de julio de 2008

Una carta vieja de amor o de algo así

Yo soy brillante. Soy brillante sin alteraciones. Hablo con éxito de fenomenología y hermenéutica. Uso palabras mayores sin aires de respeto y todos me admiran como lo que a veces quisieron ser. Yo soy brillante, sin duda. Dicto importantes análisis de caso sin necesidad de hacer peguntas y siempre tengo la razón. Tengo ocurrencias que se disfrazan fácilmante de grandes verdades. Tengo la cabeza puesta en cualquier cantidad de barbaries grandielocuentes: el mundo, el orden, las trampas, tú. Brillante como soy tengo la cabeza puesta en tu estulticia, llevada sin exigencia hacia todas tus simplicidades. Brillante como soy, me tienes a tus pies, idiota ¿Qué te sientes ahora? ¿importante? Muy bien.

Miro tus ojos cansados, vacunos, inmensos. Estudio tu cuerpo lacio, tus heridas frescas, tu ropa de vago millonario, pasada por la plancha de mamá. Te miro con método y con estructura para conlcuir que nunca serás nadie porque nunca serás mío. Tú no eres nadie más que un tipo que ha estado en mi cama, una piel sin memoria de mis manos. Te desconozco por completo y sin embargo tus huesos son mis viejos amigos. Tú no existes en mí. Existe, tal vez, tu cuerpo prensado y sucio, colgado de mi boca y así mío de vez en cuando. Tu piel y mi razón tuvieron un matrimonio de vino barato y un divorcio que no dió para una cruda digna. Boda de mal tino que dejó sólo tu espacio y mis ansias.

Mi genialidad tiene el mal gusto de tu risa boba. Qué inútil ser brillante cuando a ratos no me concentro más que en evadir la fluidez de tu mirada. Que límite tan terrible el de la inteligencia coartada por las ganas de alegría. Te quiero. Podría quererte mucho más. Pero el amor inflama la imbecilidad y yo (si soy algo) soy brillante.

miércoles, 2 de julio de 2008

Un texto viejo de mentiras, hombres y futuro.

Trato de pensar. Pensar. Pensar. Tengo un pleito constante entre lo que quiero saber y lo que voy aprendiendo. La juventud es un instante insoportable. Las posibilidades se averguenzan de si mismas. Se plantean como un abismo. Un espacio negro que no se llena con luz sino con luces, todas paralizantes. El presente se distingue sin saberlo. Se mueve inexorablemente hacia atrás, hacia atrás siempre con la ilusión de futuros inpostergables que no se tocan y no se sienten legítimos. Habiendo tantas causas mayores soy un joven que no se mira, no se encuentra, no se interesa. No tengo en mi un pensamiento cierto, sólo certidumbres temblorosas. Tengo un temblor de cigarro y de obsuridad. Un temblor. Un miedo que espera. Tengo un hombre que tiene una mujer. En realidad no tengo nada en esta abundancia externa que me va llevando sin mayores planes hacia lo que quiero querer. La nostalgia de los jovenes es patética pero profunda. Debería ser inexistente porque en realidad tenemos muy poco que extrañar. Vivimos haciendo chistes malos de arrogancia y presunción cuando la verdad es que la mayor parte del mundo podría prescindir de nosotros, de mí sin duda. Busco asideros en arenales inmensos. Me aferro a los pocos granos que se quedan entre mis piernas. Me abruma, me detiene cada paso esta ansia de ceridumbre que debería estar en movimiento. Otra vez las grandes causas, otra vez lo que deberíamos hacer. Toda la responsabilidad y la única importancia de lo propio. Volcarse sobre otros debería ser una obligación, los otros que son cercanos y sirven sólo para entender que estás volcado sobre tí mismo.
Muchas personas me mienten. Estoy segura de que es mi culpa. Me mienten porque de algún modo saben que no me importa, que a veces me hace gracia la ficción que se siente verdadera. Me mienten los mayores, los líderes que me impongo, los hombres, por supuesto. De algún modo no me importa. ¿Por qué no ha de mentirme cualquiera? ¿Un cualquiera que trate de darse importancia? Me miente porque puede.
Quiero a ese hombre que no me mira. Por el motivo idiota de que no me mira. Peor que eso: me mira a ratos. Me siento observada de cualquier manera y tiemblo. Siempre tiemblo mucho más de lo que debería. Se me impone como el mundo que no debo detestar. Que no detesto porque odiar al mundo es cosa de gente mediocre. Y aunque a ratos me gusten mis malas caras (me gusta ser como soy a veces tonta, egoísta y malcriada) la mediocridad como estilo de vida me aterra. Hay que obligarse a querer al mundo, por ingrato, por consentidor, por traicionero: por guapo. Me pregunto siempre siempre cuál de todas las luces que me deslumbran en el camino estaría bien seguir. Cuál de todas las posibilidades de pena, de delirio, de juventud.
La incertidumbre de la corta edad es una obviedad dolorosa, es por eso que creer en los mentirosos es el único camino para exorcisar la duda. Las mentiras existen más claramente que las verdades porque las mentiras están respaldadas por un plan que el mentiroso elabora con cuidado. Las verdades en cambio simplemente suceden, sin propósito ni intención lógica, felices porque su condición de verdad las hace de inmediato inapelables. Las mentiras, benditas ellas, son la única forma concreta que hace la abstracción de la corta edad soportable. Mentir es hacer creer y las creencias son certezas. El fraude es más claro que la realidad. Tal vez agradezco a quien me miente porque me aclara la vida un segundo. Me da un momento. Y el momento certero es la mayor de las dichas.
Siento que paso mucho tiempo indagando lo que son las cosas, lo que son de verdad. Pero llego tan rápido al límite de mi capacidad conceptual que prefiero vivir de ficción. Confundirse es el mejor camino a la comodidad. Las mentiras acomodan. Son verdades aparentes en las que no hay nada que investigar. Calman el ansia de aclaraciones. Toda mi vida, mi corta, cortísima vida me he sentido vieja y por lo tanto sabia y por lo tanto digna de arrogancia. Pero estoy cansada de poseer lo que considero sabidurías ancestrales. Trato de pensar siempre. Entablo pleitos irreconciliables con la realidad impuesta.
Generalmente pienso y pienso sin lograr mayor cosa: el mundo es así, yo soy así, él es así. Si fueramos diferentes tal vez esto o aquello podría pasarnos. Como no somos diferentes, sino que somos como somos, me consuelo formulando hipótesis de realidad que son, otra vez, mentiras. Me miento rápidamente para neutralizar el ataque de la verdad. Mentiras suyas, mías y sobre todo del mundo hacen un esbozo de realidad certera. Quizá sea bonito pensar. Pensar en el futuro, pensar en el arrastre del tiempo, pensar en los hombres sinceros. Yo de verdad o de mentira, sólo trato de pensar.