jueves, 10 de julio de 2008

Los tres pasos de Clinique

Me atacó la señorita de Clinique.  

Entré como la ignorante que soy a decir que mis amigas informadas me habían mandado a comprar los famosos tres pasos de su marca. Me sentó en una silla banquísima, rodeada de luces y cremas blanquísimas. Todo era como un set de Odisea del Espacio. Me colocó  frente a un espejo/lupa que enseñaba la realidad con una violencia innecesaria. Empezó a hacer preguntas y a marcar mis respuestas en una tablita luminosa, que hubiera fascinado a mi semi fascista maestra de primero de primaria.  

- "¿Dirías que tienes la piel grasa o seca?" – me preguntó mientras su dedo se paseaba sobre mi nariz, comprobando de antemano si iba yo a decirle la verdad.

- "No sé. Grasa. Creo" – dije. Y su dedo resbalándose por toda mi grasienta cara, estuvo de acuerdo.

- "¿Qué usas ahorita para cuidar tu piel?"

- "Nada."

Me miró como si la hubiera insultado

- "Bueno" - dije tratando de redimirme - "un jaboncito limpiador" 

Pero las dos sabíamos que mi jaboncito limpiador era palmolive.

Y de ahí, el espanto: mi piel no sólo es grasa sino que tiene áreas de intensa resequedad. El contorno de mis ojos camina peligrosamente hacia el envejecimiento prematuro. Tengo atisbos de grasa enquistada en las mejillas, que también tengo resecas, por supuesto. Mi zona T mejor ni mencionarla. Mis poros son como cráteres porque no me despinto en la noches. Tengo tendencia a las manchas y  no uso crema de día. Conclusión: mi piel era un embargo de inicio y encima tiene que compensar 23 años de exposición irresponsable a los elementos.  Diagnóstico aterrador, si alguno.  Me lo merezco por ir a meterme al palacio de Hierro un martes en la mañana, en lugar de hacer algo útil.  La señorita y sus inmensísimas pestañas me recetaron siete productos distintos y una rutina de tenía que dedicarse sólo a ellos.  No me vio muy convencida.

- "¿No quieres que te apliquemos el primer tratamiento de una vez?" – me dijo, encaminándome  hacia un cuartito trasero, altamente sospechoso.

Pero que no nos íbamos a tardar nada. Y que no me iba yo a arrepentir. Y que me iba a dejar como nalga de princesa. Y que yo la sigo hacia el cuartito, demostrando el libre albedrío de un ganso.  Me acostó en una silla no tan blanca pero mucho más cómoda que la de afuera. Me envolvió el pelo en toda clase toallias y toallotas con velcros estratégicos y demás tecnologías misteriosas.  Y ya que me  tenía acomodada y bajo su absoluto control, la señorita de Clinique me llenó la cara de madres. No pude saber cuántas, ni cuales. Cada vez que trataba de abrir los ojos sus manos me recibían con un nuevo embadurnamiento y una nueva instrucción.

- "Este exfoliante es muy suave" – mintió mientras me tallaba la cara con una especie de piedra volcánica. – "Este astringente se pone una sola vez y en una sola dirección. Me dices si te arde" – y aplicó una sola vez y en una sola dirección una  especie de thiner sobre mi súper exfoliada carne viva.

- "Me arde un poco" – dije con la voz castigada. Y para contrarrestar me bañó en una crema fantástica que fue como abrigarse con agua tibia.

- "Tienes una erupción en la frente" - No es broma, así me dijo - "te voy a poner un producto. Este si te va a arder un poco" - y atacó a mi frentecita con una especie de lanzallamas.  

Así siguió con una crema y con otra. Cada una se fue volviendo un poco más irresistible que la anterior. Cuarenta minutos después mi tratamiento culminó con un masaje de ojos que apeló a mis más tiernos recuerdos de infancia.  Salí medio dormida de la mano de la señorita. Sentía como que mis ojeras escupían luz y mis cachetes eran de terciopelo.  Como que mi cara completa era un gran regalo para un buen novio.

Le compré todo a la señorita de Clinique. Tanto, tanto que me regaló una cosmetiquera espantosa y un rímel.

- "Muchas gracias por su compra señorita Aguilar. Cuando necesita algo más, soy Julissa, a sus órdenes" – me entregó mi bolsota y me mandó a la calle.

Con la piel mejor lograda del planeta caminé por todo el centro comercial y hasta mi coche. Con un orgullo y un propósito de enmienda dignos de Julissa y sus inmensas pestañas. 

Bajé el espejo de la vicera para admirar mi recién adquirida brillantez: me veía como la novia de chucky. Las múltiples cremas me habían corrido el rímel y quitado todo atisbo de maquillaje.  El grano de mi frente estaba rojo y encabronado. Mis ojeras parecían  bloqueador de futbolista. Mi natural color verdecito era lo único que resplandecía.

Seis días después el único producto al que sigo fiel es mi jaboncito limpiador.  El astringente me sigue ardiendo, por ahí del jueves se me olvidó si la crema rosa iba antes  o después que la amarilla y todo el sistema colapsó. 

Me atacó la señorita de Clinique. Julissa a mi órdenes. Infeliz.

 

7 comentarios:

D.Mastretta dijo...

rei y rei y rei.... te quiero ver, te extraño...

gabriel dijo...

no olvides: las 400 pizzas

Lum! dijo...

a mi también me atacó! me rei años.

Julieta dijo...

wow!! no sabes como me hiciste reir! Te quiero amiga

Pequeña capitalista dijo...

Jajaja es lo padre de los faciales: te prometen que te verás divina, lo que no te advierten es que para eso primero tienes que quedar horirble jajajajaja

besos

veronica dijo...

Malvada Catalina: No he parado de reirme con tu relato de clinique. Se lo debes mandar a Nuria y a Arturito.No tiene desperdicio ,cabroncita. Lueg dicen que soy mala ¿habrás heredado de mí esa perversidad? Nada me daría más gusto que un solo gramo de tu humor negro lo hayas heredado de tu malvada tía. Te quiero:Verónica

Serch dijo...

Podría haber sido peor. Podrías haber sido alguien del género masculino el cual al estar sentado en la sillita todos voltean a ver asumiendo que eres metrosexual o gay. O aún peor, ser ése mismo hombre un año después aplicándose relidiosamente los productos...