Quiero abrazar a esta ciudad en la que caben tantas luces y
tantas cosas. Donde me ha pasado el pasado y me sigue pasando. Si se pudiera
tocar el espacio y en él
sentir lo que estuvo en su aire. Si se pudiera visitar un segundo lo que hubo en
el reflejo amarillo de las calles cuando no nos dábamos cuenta de que todo
cambia y el tiempo pasa. No me diría nada que no supiera entonces y que no sepa ahora, pero
quisera saberme dueña del ritmo revolucionado de las ocurrencias de las que ya
no me acuerdo. Se cumplen los deseos y se abandonan las ganas de tantas cosas.
Sorprenden cuando se las topa uno en las esquinas que ya no son iguales pero
son las mismas, igual que nosotros. Si se pudiera abrazar a la ciudad se podría
tocar todas las cosas que contuvo, podría uno sentirse a salvo de las
atrocidades que comete la memoria. Se me han olvidado tantas cosas, siento su
fantasma en los dientes cuando algo me da mucha risa, una risa fácil y antigua
que me da mucho últimamente. La ciudad cambia, cambia el aire, cambiamos por
dentro. Si pudiéramos abrazar a la ciudad, estaríamos a salvo de seguir
adelante olvidando toda clase de cosas. Sabríamos que va a pasarnos lo
insospechado, a veces en el tiempo exacto, a veces tarde. Si pudiera tocar el
aire sucio que atrapan los baches, tocar el cielo negro y claro que tocan los
edificios, me enteraría de que todo pasa siempre cuando debe, ahora y en unos
días. Sabemos todo y no se nos olvida cuando pensamos que todo cabe aquí, sobre todo lo que vendrá apenas. Quiero abrazar a esta ciudad de tránsito y estética precaria, donde anduve de niña chica y de niña grande, donde ando ahora y a veces cuando extraño. Quiero abrazar también a la otra, a la de
las palmeras en donde está mi casa con sus pies plantados y sus ojos brillantes;
y a la de los teatros y las luces donde tuve un cuarto inmenso y diminuto; y a
todas las cosas que le caben al tiempo y a los puentes y a la calles. Si se pudiera
abrazar a una ciudad, estaría todo bien. ¿Qué otra cosa imposible nos daría por querer?
domingo, 8 de febrero de 2015
viernes, 17 de octubre de 2014
Poca Sabiduría
Me aturde esta gana de saberlo absolutamente todo. Se las podría vender como sofisticación, pero es vil gana de chismerío. Gana de ver a esta mujer delgada de camiseta rosa que está sentada frente a mí en el café y saberle los secretos. Gana de ver al niño de cuatro años que exige huevos revueltos de su mamá y saber qué va a pasarle. Su mamá le dice a su amiga que su hijo no será malo como el hombre del que hablan. No sé si el hombre del que hablan es el de ella o el de la amiga. No sé si el niño de cuatro años se convertirá en un hombre del que dos amigas hablen mal. ¿Quedará mal con su madre? ¿Se enterará de que ella le tenía mejores esperanzas? Nunca voy a saber. No voy a saber nada. Este mesero que lleva los pelos parados en la frente, como esos niños de grupos corografiados de los noventas ¿Creerá que se ve bien? ¿Tendrá una novia o un novio o una abuela que le dice que se ve bien? ¿Se verá peor con el pelo largo hasta las rodillas? ¿O corto como militar? ¿Habrá tratado todo hasta llegar a este copete que una completa desconocida le está criticando? ¿Cuánto esfuerzo hay detrás de ese copete? Qué maldita curiosidad de saber.
Yo antes sabía más pero hay mucho ruido en el mundo. Me ataca Facebook con consejos sobre cómo ser una mamá más efectiva de unos niños que no tengo, o con información sobre cuáles eran las carreras de los niños de Harry Potter antes de salir en Harry Potter. Los niños de Harry Potter tienen cinco o más años menos que yo ¿Sabrán más? Seguro que sí.
En otra ventana adolescentes reaccionan al primer Nintento: lo que más los ofende es que sea beige. Ninguno se da cuenta de que hay que empujar el cartucho del juego hacia abajo después de insetarlo para que agarre. Yo sí sé eso. Y sé más cosas inútiles porque Facebook me ataca con ellas. Pero estos adolescentes que reaccionan al Nintendo no parecen saber nada y yo quiero saberlo todo de ellos. ¿Qué ira a pasarles? ¿Qué irán a ver que yo me pierda?
Este viejo que abraza a una mujer de cuarenta años ¿es su papá? Nunca se sabe ¡porque no sabe nada! ¿Será su hija, su novia, su empleada? No hay mucha intimidad en el abrazo, pero tampoco hay mucha intimidad entre todos los padres y sus hijas, entre todos los novios y sus novias, y la hay en las amistades entre jefe y empleada, sobre todos cuando tienen edad como para recordarse a un ser querido que no está al alcance. ¿Por qué éstos dos no tendrán a sus seres queridos a su alcance? ¿O serán sus seres queridos? ¿El uno del otro? Qué desastre. No se sabe nada.
Hace mucho que no sé suficiente de mucha gente de la que alguna vez supe todo. Y los extraño todo el tiempo, en un rincón nostálgico con el que se aprende a andar, como un dolor de garganta que no termina de desdoblarse en ronquera pero tampoco se quita. Es difícil hablar de lo que uno ya no sabe, es dificil inventar lo que uno ya no entiende. ¿Y si uno se dedica a inventar? Ésa es la cosa. ¿Es uno un mentiroso? Inventar es una forma de saber. Y yo quiero saber. Quiero saber todo. Es una lata.
martes, 27 de mayo de 2014
La Historia sin Fin
“Te voy a dejar las
dos cosas que más quiero en el mundo aquí junto a ti, para que te protejan" - me dijo mi hermano Mateo, para consolarme porque nuestros papás se habían ido de viaje y yo tenía unos
desamparados siete años. Mateo tenía nueve y su prodigiosa imaginación había mitificado
dos objetos hasta volverlos amuletos con poderes inescrutables: el primero, un libro con tinta de dos colores editado en
esos tomos anarajados de la Biblioteca Infantil Alfaguara, La Historia Interminable de Michael Ende; el segundo mucho más raro, un bastón largo con cuernos de venado falsos
(espero que falsos) al que Mateo había vuelto su tesoro por quién sabe qué
capacidad fantasiosa, pero una que a la fecha me lo coloca como héroe de la
imaginería por encima del Bastian, protagonista del libro de dos colores (y eso que la cabeza
imaginativa de Bastian restauró todo un mundo). No me acuerdo de dónde salió el bastón de
venado de Mateo, no quiero preguntarle porque perdería la magia con la que lo
recuerdo. Siento que tenía que ver con mi tío Arturo, el dueño del jardín
frente a los volcanes poblanos donde el adulto Mateo se casó hace unos días. Mi
tío Arturo, su jardín, el bastón que se sentía tocado por un arte de comunión
con la naturaleza que Mateo veneraba como el niño de ciudad que
le tocó ser, y el libro de ficción que leímos hasta partirlo en tres: todos
mitos que hasta hoy usamos, quizá para reemplazar la fe más tradicional que nos
falta.
Hace unos días Dani, mi novio, me puso La Historia sin Fin en
“el pantallón” como llamamos al cine semi-profesional que su perseverancia ha
montado en la sala llena de ventanas de nuestra minúscula casita Angelina. Hace
mucho que no veía esa película, basada en el libro mítico de Mateo. Mi mamá nos llevaba a verla a uno de esos
cines que ya no existen, polvosos y con quinientas butacas rojas, con una pantalla
inmensa y un escenario que los niños más chicos -o los que no venenraban la
ficción como los hermanos Aguilar Mastretta- usaban para corretearse cuando los aburría
la película. Afuera del cine vendían Aurines de plástico: amuletos hechos de dos serpientes entrelazadas, mordiéndose la cola
y creando el infinito, iguales al amuleto que, en la película, la Emperatriz de Fantasía le entregaba al
guerreo Atreyu para protegerlo; como Mateo me entregó el libro y el bastón. Cada vez que íbamos mi mamá nos compraba un Aurín nuevo, porque habíamos perdido o dejado en casa el de la función anterior. La
vimos en el cine tantas veces que me acuerdo de esa vendimia de afuera como si fuera parte de la cinta. Cuando arrancó en "el pantallón" estuve a punto de darle
a Dani diez mil pesos de 1989 a cambio de mi Aurín de plástico y pintura de
plomo. La vimos tantas veces que sus amigos empezaron a llamar Matreyu a mi hermano y yo andaba con collares en la frente para sentirme la rubia emperatriz de Fantasía.
"¿Cómo la viste en el cine si es de 1984?" – me dijo Dani. No
sé. En 1984 no había salido de la panza plácida de mi mamá. "Habrá sido un re-estreno" - me dijo. No creo. ¿Será posible que
haya inventado nuestras visitas al cine y todo mi recuerdo de la mítica
peli venga de haberla visto en nuestra
telecita formato Beta Max? Lo de la vendimia del Aurín es seguro, pero quizá
fue casualidad de tianguis que seguía vendiendo parafernalia de películas pasadas.
“Pero si la vi en grande, muchísimas veces” – le dije a Dani,
convenciéndome más a mí que a él. “Pues es de antes de que nacieras” me dijo, teniendo de su lado la contundencia de google. Tras ese primer golpe de duda corrieron los créditos iniciales de La Historia sin Fin, una
música ochentera inundó nuestra salita y me devolvió completa al cine de
butacas polvosas y de niños correteando por los pasillos. Si lo inventé la
memoria es canija, la carita del niño Bastian me hace oler las palomitas
saladas y viejas de esos lugares
extintos. El crédito de Michael Ende, a quien corrimos a leer saliendo del
cine y cuyo libro se volvió la segunda posesión más querida de mi hermano,
no está. “Mira cómo ha cambiado Hollywood” – le dije a Dani. “El autor de la
novela no tenía crédito en los iniciales“- pensé en las conquistas literarias de
JK Rowling y cosas así triunfales. “Es que Ende odió tanto la película que le
quitó su nombre” – me dijo Dani, que sabe esas cosas. A Dani le encanta desmitificarme el pasado, por eso es tan reconfortante vivir con él en el presente. Mi infancia estaba
recibiendo una paliza callada. Ni vi La
Historia sin Fin en el cine, ni el cine le había hecho justicia al libro de los
dos colores. Quise pedir las sales. La Historia sin Fin pegó en mí y en Mateo
porque vivíamos de ficción. La ficción que consumíamos y la que inventábamos
seguros de que la haríamos realidad, igualito que Bastian.
Desperté a media noche con la emperatriz de Fantasía
hablándome directo a los ojos como le habla directo a la cámara en esa película
que, aunque haya enfurecido a su autor, a mí me volvió a dejar pasmada de felicidad
y de impresión durante su revival en "el pantallón". Los motivos, claro, fueron distintos: descubrí que el actor que hace de Atreyu, al que yo recordaba como un guerrero correcto, no
había llegado ni a la pubertad; y que el viejito de la tienda que le advierte a Bastian
de los males del libro con el Aurín en la portada, debe haber tenido máximo cuarenta
años; descubrí que Falcor, el dragón de la suerte que vuela por los aires de Fantasía y de
Chicago, es de peluche vil y que todo en ese cine fantástico de efectos especiales análogos es más antiguo y quizá por eso más impresionante
de lo que fue. Las palabras de la emperatriz me despertaron, sus ojos verdes y
redondos como canicas, suplicándole a Bastian que se creyera su ficción. Esa es La Historia sin Fin, dice: así como Bastian acompañó a Atreyu en sus aventuras, otros acompañaron a
Bastian: Dani, Mateo, yo; y todos los niños de los ochentas que sí vieron esa
peli en el cine, no como yo, que nada más recuerdo mis propios inventos. Y así sigue, la emperatriz me recuerda que a mí me acompaña mi hermano Mateo a los nueve años y sus amuletos
protectores, tan etéreos y verdaderos como cualquier buen invento; y la memoria de nuestra
infancia, redonda y azucarada como la mejor ficción. Me recuerda también que me acompaña el presente, que se hace ficción cuando pasa: mi hermano Mateo paradito en el jardín de los volcanes, vestido de novio, esperando a su mujer; nuestro hermano Arturo, hijo del dueño del jardín, teniendo dos hijos perfectos unos días después; el pantallón de Dani, la ficción que vemos todos los días y la que inventamos cuando nos ponemos a trabajar; mis papás en su casa, sin irse de viaje; mi recámara compartida, obscura y cálida; los ojos de la emperatriz. Todo ronda al mismo tiempo. En la memoria la ficción y la verdad se mezclan y da igual cuál es cuál. ¿Qué habrá sido de los dos tesoros pasados de Mateo? ¿Qué será de lo que atesoremos en el futuro? ¿Nos andarán protegiendo siempre, como los buenos inventos?
viernes, 28 de marzo de 2014
No es por pelear con lo de "femenino"
Porque de veras no es pleito ¿hay algo peor que la gente que pelea contra su buena fortuna por semántica? Peor, peor ¿hay algo peor que una mujer que pelea contra su buena fortuna por semántica?
No tengo cómo agradecer el cúmulo de bendiciones que me ha caído en la última semana durante la primera presentación de nuestra película "Las Horas Contigo" en el Festival Internacional de cine de Guadalajara. No quiero describirla porque me haría quedar como una presumida desequilibrada. Sólo diré que ha superado todas mis expectativas. Todas. Y que me siento humilde y honrada de haber trabajado con la gente con la que trabajé. La mayoría de esa gente, por el motivo que fuera, resultaron ser mujeres. Y por lo tanto de pronto la peli se ha vuelvo un himno a lo femenino que yo (por ingenua, claro) no vi venir. Sí, la peli tiene muchas mujeres, así salió. Pero ¿qué no hay miles de películas que tienen muchos hombres? Nadie las vuelve himnos a lo masculino.
No sé si alguien haya descrito a "Perros de Reserva", película preciosa y brillante, llena de personajes complejos y sí, hombres todos ellos, como un homenaje a la sensibilidad masculina. Es más, siento que si lo hicieran nos llamaríamos a engaño, porque habría la implicación de que las múltiples complejidades, virtudes, defectos, fuerzas, lealtades, horrores y maravillas de los Mr. Perros de Reserva son exclusivas al género masculino. Si yo fuera hombre me parecería grosero que alguien tomara la exclusividad de ciertos sentimientos y se los colocara como virtudes a un género al que no pertenezco.
La sensibilidad es de personas: hombre, mujer o todo lo contrario ¿no? Siento que es 2014 y que "de mujeres" ya no debería ser género cinematográfico. O en general. Han llamado a nuestra peli un homenaje a la sensibilidad femenina, y yo agradezco profundamente la primera parte de esa descripción porque todo lo que hicimos lo hicimos queriendo hacer un homenaje a la sensibilidad. Lo de "femenina" como categoría y/o calificativo-- me confunde.
Y ya. Hasta ahí. Me callo. Todo ha sido increíble y agradecible. Y este post un pretexto para mencionar mi peli y "Perros de Reserva" en el mismo aliento. ¡Qué descaro! Arriba las mujeres fuertes y los hombres sensibles, etc. ¡La pura felicidad!
No tengo cómo agradecer el cúmulo de bendiciones que me ha caído en la última semana durante la primera presentación de nuestra película "Las Horas Contigo" en el Festival Internacional de cine de Guadalajara. No quiero describirla porque me haría quedar como una presumida desequilibrada. Sólo diré que ha superado todas mis expectativas. Todas. Y que me siento humilde y honrada de haber trabajado con la gente con la que trabajé. La mayoría de esa gente, por el motivo que fuera, resultaron ser mujeres. Y por lo tanto de pronto la peli se ha vuelvo un himno a lo femenino que yo (por ingenua, claro) no vi venir. Sí, la peli tiene muchas mujeres, así salió. Pero ¿qué no hay miles de películas que tienen muchos hombres? Nadie las vuelve himnos a lo masculino.
No sé si alguien haya descrito a "Perros de Reserva", película preciosa y brillante, llena de personajes complejos y sí, hombres todos ellos, como un homenaje a la sensibilidad masculina. Es más, siento que si lo hicieran nos llamaríamos a engaño, porque habría la implicación de que las múltiples complejidades, virtudes, defectos, fuerzas, lealtades, horrores y maravillas de los Mr. Perros de Reserva son exclusivas al género masculino. Si yo fuera hombre me parecería grosero que alguien tomara la exclusividad de ciertos sentimientos y se los colocara como virtudes a un género al que no pertenezco.
La sensibilidad es de personas: hombre, mujer o todo lo contrario ¿no? Siento que es 2014 y que "de mujeres" ya no debería ser género cinematográfico. O en general. Han llamado a nuestra peli un homenaje a la sensibilidad femenina, y yo agradezco profundamente la primera parte de esa descripción porque todo lo que hicimos lo hicimos queriendo hacer un homenaje a la sensibilidad. Lo de "femenina" como categoría y/o calificativo-- me confunde.
Y ya. Hasta ahí. Me callo. Todo ha sido increíble y agradecible. Y este post un pretexto para mencionar mi peli y "Perros de Reserva" en el mismo aliento. ¡Qué descaro! Arriba las mujeres fuertes y los hombres sensibles, etc. ¡La pura felicidad!
miércoles, 29 de enero de 2014
No eres extraordinaria, me dijeron. Y no.
No eres suficientemente extraordinaria, me dijo mi abogado
gringo. Y contuve el impulso de despedirlo en el acto porque es buen abogado y
sus argumentos eran sólidos: "No tienes agente, no tienes premios, tus
salarios no han llegado ni a los mínimos sindicales". Un golpe al hígado
tras otro, conectó, el cabrón. Me defendí: "Hice una película". Él
puso un tono gringo y compasivo: "Que no han estrenado y sólo ha entrado a
un festival". Pues sí, contra
la verdad, nadie.
Todo esto me pasa en aras de convencer a las autoridades
migratorias de los Estados Unidos de que me den una visa reservada para
"talentos especiales" que me permita vivir en su país.
La existencia misma de semejante visa se presta a un ensayo sobre las
prácticas hegemónicas del imperialismo en turno, y si me diera por ahí me
declararía en contra de esta estructura dedicada al robo de talentos de todo el
mundo para alimentar la máquinaria cultural y científica de un país con la
moral en quiebra y la creatividad coja que demuestra a diario con sus
industrias de consumismo, necesidades inventadas y -demonio de todos demonios- Hollywood y su cine falto de vida, falto de realidad, lleno de engaños animados
por computadora, pan y circo. Ya. Tomen aire.
Lo malo, claro, es que no me da por ahí. Vivo en el país del
norte, en la ciudad de las palmeras y me gusta tener su sol implacable de enero
sobre los hombros. Tengo que ir a
pedir chichi con las autoridades migratorias de la maquinaria, a ver si me
dan permiso de seguir pidiendo trabajo en el horrible y glorioso pueblo que este
año nos dio Gravity y Grown ups 2.
Pero no soy suficientemente extraordinaria, dijo el tipo. ¿Cómo convencerlos? Ojalá en vez de pedirme aplicaciones con listas de mercado
sobre mis -pocos, sí- logros laborales y mediáticos, me pidieran un segundo de asomarse
a mi cabeza. Y no es que mi cabeza sea particularmente extraordinaria, no
escribo esto para que mis seres queridos salten a contradecirme con elogios y
amor. Lo escribo para hacer un acto peor de proselitismo, para caer en un peor lugar
común, que es el siguiente: los logros más impresionantes de todo el mundo están casi siempre escondidos. Mis
conquistas más extraordinarias no las pregunta la entidad migratoria, nadie las
pone en sus currículums, pero deberían.
No me he ganado un premio de reconocimiento internacional,
pero me he aprendido a cabalidad los humores y miedos de otro, puedo recitar
sus días iguales y me he ganado el privilegio de compartirlos. Me he pasado la vida entrenando y a veces he sabido consolar a mis amigas cuando les duele un novio, a
mis hermanos cuando les duele un abismo, a mis sobrinos cuando una rodilla
raspada.
No tengo agente pero me he deshecho del miedo que a los
treces años me daba comerme una galleta y que se me fuera a los muslos. Dejar de sufrir por tonterías me fue
mucho más difícil de lo que me ha sido escribir todos los guiones que he
escrito o que iré a escribir y que un día, con certeza, me conseguirán un
agente.
No tengo contratos pero tengo la energía de mi infancia -si
la busco un poco- siempre ahí, lista para propagar su disposición inmediata a
la felicidad. Tengo confianza, qué horrible trabajo cuesta la confianza y ya va,
más o menos. Tengo el dolor curado de las primeras pérdidas; la certeza de que
he tenido tanta suerte, han sido tan pocas.
No he hecho nada y de cualquier modo he hecho cosas tan
grandes que no se pueden listar, que se guardan en el centro de mi cabeza cada
vez que quiero describirlas porque así comprueban que no están para explicarse.
Lo que es cierto es que el abogado gringo tiene razón: no
soy extraordinaria. Todo el mundo hace cosas así. Todo mundo tiene sus
verdaderos logros escondidos en un punto de luz que debería brillarles en la
frente. Todo mundo se sabe dueño de conquistas inalcanzables que no se enumeran
con facilidad. Todo el mundo. Todos los días. Qué ganas de saberlas todas. A todos les darían su visa.
jueves, 31 de enero de 2013
Saturno y mi abuela que son de verdad
Estoy haciendo una película de ficción sobre mi abuela
materna. Llevo años pensando en las palabras del libreto, luego imaginándome a
las actrices que dirían las palabras, ahora buscando el espacio en el que las
actrices maravillosas que hemos ido encontrando dirán esas palabras. Hay un
abismo en el cine entre lo que uno imagina y lo que termina poniendo en la
pantalla. Generalmente -y si hay suerte- es un abismo bueno, porque la realidad
supera las mejores expectativas de la imaginación. No hay imaginación capaz de crear a De Niro escupiendo "you takin' to me?", por un ejemplo de millones. De cualquier modo antes de que la realidad se imponga hay que
concentrarse en la ficción, que en este caso es doble porque es la ficción que
inventé a partir de la irrepetible realidad que fue mi abuela.
Me he impuesto la tarea de separar mis
inventos de la realidad y juzgarlos por sus propios méritos, hacerlos míos,
distintos, volverlos naturalidad falsa. De pronto me detengo a pensar si a mi abuela
le gustaría lo que he inventado; y la maravilla sucede cuando la respuesta es "no". Porque mi abuela -un dios inventado la bendiga- odiaba la ficción.
En ese brete entre la realidad y la imaginería me encontró
un post de mi prima Alicia, que es científica con mucho más fervor, talento y resultado
comprobable del que yo dispongo para ser cineasta. Es un post sobre la construcción
de un telescopio con el que hace años me enseñó Saturno, en vivo y a todo
descolor, precioso y comprobable. Se lo enseñó también a mi abu, la de la
realidad, a la que yo me aferro en detrimento de mi ficción. Pensando en abu y
en mi cine me encontró mi prima Alicia avisándome que ella pensó en mi abu y en
su ciencia, porque así pasa
con abu y quienes la pensamos, la recordamos unida a lo que más queremos.
Alicia mi prima se llama como la hermana de mi abuela
Ángeles, que se llama como mi madre y así siguen las conexiones y las
confusiones de cariños y nostalgias. El hecho es que como verán, Saturno y sus
anillos existen, y cautivaron a mi abu porque eran de verdad, cuando para ella, antes de que mi prima se los comprobara, habitaban en la ficción a la que nunca le dio la importancia, ya no digamos la veneración, que yo le otorgo. Saturno y sus
anillos existen y como leerán son tan sólidos y tan inexpugnables como la marca que dejó
Abu en todas las realidades y las ficciones de sus nietos.
SATURNO Y SUS ANILLOS DESDE MI TELESCOPIO
Por Alicia Mastretta Yanez
En algún momento de las reuniones familiares decembrinas escuché que una tía mía nunca había visto y deseaba ver los anillos de Saturno. No en foto, sino en vivo, en un telescopio. De todas las veces que he visto los anillos de Saturno y las lunas de Júpiter,
mi memoria saltó a la última noche del 2006. Estábamos en el jardín de
casa de mis padres. Además de mis progenitores y de mis hermanas,
estaban mi tía abuela materna y mi abuela paterna. Ambas con más de
ochenta y algo años. Estaba también el telescopio.
Se trataba de un telescopio newtoniano,
un tipo de telescopio reflector. Un telescopio newtoniano puede ser un
simple tubo de PVC de más o menos un metro de largo con un espejo cóncavo en la base (el espejo primario); y un espejo plano
(el espejo secundario) suspendido cerca de la abertura del telescopio y
con un orificio donde se coloca un ocular y donde se fija con asombro
la mirada.

La primera vez que me asomé temblé de la
impresión, como si hubiera sido yo quien descubriera las cuatro mayores
de sus lunas y no Galileo en 1610. Durante las primeras semanas que
tuve mi telescopio pasé cada noche apuntándolo al cielo. Varias lunas
llenas hicimos lunadas en las que armados con chocolate espumoso
salíamos a ver los detalles de los cráteres hasta que la vista se
cansara de tanta luz. Mis amigos siguieron siendo mis amigos después de
que más de una vez los sometí a ser devorados por las hordas despiadadas
de mosquitos que se instalaban en la azotea o el jardín tan pronto
aparecía el telescopio.
De Saturno se pueden ver los anillos.
Unos aros que rodean un círculo más pequeño que el que se ve en Júpiter.
Los anillos de Saturno se ven nítidos, definidos de forma perfecta. No
se pueden distinguir todas las divisiones, pero a veces sí la mayor: la División de Cassini.
Así, lo que a simple vista es un punto brillante, una estrella apenas
distinguible de las otras, gracias al trabajo de la óptica del
telescopio se revela como un planeta, orbitado en el ecuador por
millones de partículas de roca y agua congelada. Una belleza absoluta.
Eran poco antes de las 2 am del primero
de enero del 2006. Apunto hacia Saturno. Enfoco. Cedo el ocular a mi
abuela Ángeles. Veo su pupila dilatarse con la luz, la contracción de
sus párpados. Se queda quieta. Me voltea a ver. –Sí existen, Saturno y
sus anillos, existen– me dice a mí casi hablando para sí. Usa un tono
que recuerdo bien y que me cuesta describir: calmo y prudente mas al
mismo tiempo al borde del quebranto, como abrazado algo desde dentro.
La que hablaba era una mujer de 82 años
que nació en el México postrevolucionario; que creció con todo el
catolicismo de la muy conservadora ciudad de Puebla; que a los 55 años
(viuda y con cinco hijos ya haciendo sus vidas) decidió estudiar la
preparatoria; que años más tarde se recibió de la carrera de
antropología; que dejó de ir a la iglesia los domingos creo sólo cuando
la enfermedad la postró en la cama; que era una persona maravillosa y
cálida, pero que no perdió ocasión para reprocharme con una severidad
inverosímil los hoyos de los jeans y cualquier otra de mis faltas.
Qué habrá pasado con exactitud por la
mente de mi abuela en el instante que sus ojos contemplaron Saturno y
sus anillos es algo que sólo sus cenizas saben. Yo creo haber percibido
en su rostro y sus palabras eso que se siente cuando se comprueba algo
por uno mismo, esa sensación cuando la realidad se vuelve una pizca más
descifrable y al mismo tiempo un tanto más asombrosa.
Llegó el turno de otros de usar el
telescopio. Ajusté su posición. A mi abuela no le pregunté nada, no
hablamos sobre el tema nunca. Pero ese momento es el más preciado de mis
recuerdos sobre ella. Jamás me he vuelto a emocionar así, a sentir una
felicidad tan súbita y silenciosa como la que me invadió cuando vi sus
pupilas dilatarse y cuando la escuché decir que Saturno y sus anillos sí
existen.
Por restricciones de espacio me di el lujo gandalla de editar a mi brillante prima- si quieren dejar de ser mis víctimas, pueden leer el post completo con la explicación de cómo hacerse de su propio telescopio y ver la realidad de Saturno con sus propios ojitos - aquí: http://masciencia.org/blog/telescopio1 y aquí: http://masciencia.org/blog/telescopio2
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Segundo Piso
Mi sobrina nació en La Ciudad de México
hace seis años y hace dos, llevada por su mamá hacia la natación o el canto o
alguna otra de las múltiples actividades que su personita ejerce, se topó con
una desviación por obra y preguntó: "Oye Mami ¿Cuándo van a terminar la ciudad?"
Toda su vida ha estado marcada por las
señales anaranjadas y los taladros de la renovación urbana. Hace unos días descubrí que también la
mía. En el fondo (y en la superficie) soy un alma cursi que tiende al romanticismo
de cualquier tiempo pasado, hoy por ejemplo, es domingo y ando nostálgica del
miércoles. El miércoles fue un gran día, me comí un sandwich del tamaño ideal,
trabajé seis horas productivas y abracé al novio Daniel un poco más tiempo del necesario.
Oh miércoles, suspiro. Y así. La nostalgia me ve venir y se me pega como lapa
porque sabe que soy un vehículo siempre cómodo y dispuesto.
Pero hace dos semanas llegué a casa de
mis papás, a la ciudad en la que crecí y que me dio por abandonar, me subí al que fue mi primer coche y
tomé avenida Revolución hacia el sur. La nostalgia se arremolinó en mí como un
gordo en su sillón más resistente. Mi coche que era nuevo como era nueva yo en
la preparatoria, hoy gime y rechina cuando se para en los altos como para
recordarme lo destartalados que andamos los dos diez años después. Es un jetta
rojo jitomate, precioso, al que premonitoriamente llamé Daniel, que nos llevó a
mí y a toda mi banda a cualquier cantidad de lugares míticos, como el boliche
de Avenida Universidad.
Daniel mi coche huele regular porque lo
choqué un día y se quedó con una fuga en la puerta por la que le entró lluvia
todo un verano y lo llenó de moho. Lo limpiaron y acondicionaron pero el rastro
de su historia se quedó en sus rincones irremediablemente, sin importar cuánto
tiempo pasa. Así con todo su pasado a cuestas me llevó al segundo piso del
periférico y me entregó al mío.
Todo me pasa al mismo tiempo. Subir el
puente y bajar hacia Las Flores para tomar café con las mismas niñas con las
que ahora voy a cenar, que son las mismas y son distintas. Antes nos reuníamos
en el segundo Starbucks que abrió en el DF y bebíamos inconsciencias con
chocolate blanco y leche entera que hoy me mandarían al hospital; ahora nos
reunimos en sus casas, donde viven con hombres buenos, los cachetes y la
respiración clemente de sus hijos. Pero cuando las niñas se ríen se iluminan y
podrían tener la misma edad que cuando las conocí, la misma edad que tienen sus
hijos los que no han nacido y la misma edad que tienen, todo al mismo al
tiempo. Subir el puente y bajar en la calle empedrada donde vivía mi novio de segunda infancia, sentarme en la banqueta a esperar al
renuente elenco de las múltiples producciones con las que torturé a mis seres
queridos desde que decidí que me daría por el cine. Ir al super, tropezarme con
las piedras en tacones, despertar cantando y jugar a la casita. Cargar a Daniel
mi coche con disfraces de todo tipo, hacer como que era alguien para ver si me enteraba de quién era. Y cada vez subir el puente. Dejar la ciudad
iluminada abajo, quejarse de que todo está mal construido, de que los entronques son ciegos y las
salidas muertes certeras a pesar de que siempre nos llevaron a vivir.
Todo pasa en este puente, la primera
vez que manejé sola su construcción me mantuvo siete horas en un tráfico asfixiante,
sentada junto al primer niño que me gustó de veras y que se quedó siendo mi
amigo porque así son los gustos. Me llevó a su universidad fresa en el fin del
mundo a ver las luces de la ciudad desde la montaña. Me da nostalgia la
nostalgia, porque desde entonces sentía que lo que éramos había cambiado y
seguiría cambiando hasta mantenernos irremediablemente juntos. Y así ha ido
siendo, años después, todo al mismo tiempo. Pienso en las salidas hacia los
antros y los teatros por los que pasaron nuestras caras frescas, sin arrugas,
haciendo de Romeo y Julieta, aventándole frases de amor a los amigos en los que
hasta hoy se me presenta la mejor versión de mi misma, la que no juzga y no
cree en el futuro y no sabe lo que es meterse en su propio camino.
Subo el puente y todo me pasa hoy, que
es un hoy mejor que todos esos días
a pesar de que lo asedia la realidad que el pasado tiende a perder. El
tiempo es una mentira en ese coche, en ese pedazo de ciudad, lo abarca todo:
todas las que fui y todos los que fuimos, todo lo que nos pasó juntos, cómo nos
fuimos haciendo quienes somos, separándolos o cambiando siempre bajo la mirada
de los otros. Las niñas a las que me dirijo son mi familia, son dispares, están
hechas de cosas radicalmente distintas, pero las quiero hoy mucho más de lo que
las quería cuando teníamos más cosas en común. Todo me pasa en la subida del
puente, menos el tiempo. El tiempo no pasa y al mismo tiempo nos pasa por
encima.
No terminan la ciudad y mi sobrina
habrá de extrañar alguna señal anaranjada que la marque. Y yo en ese coche que
fue el primero y está en las últimas. Y así la nostalgia. Lo bueno es que para
manejar uno tiene que ir viendo para adelante.
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